La expectación no cabía en la plaza de Huesca, tampoco todo el público. Morante de la Puebla regresaba a los ruedos después de un mes de intensa recuperación. Para tal ocasión Antonio Bañuelos escogió con esmero a los seis mozos de su ganadería: de parejas edades (todos de cuatro hierbas), también de parejas hechuras y trapío. No se sentían muy atraídos por los corceles, con lo cual los tercios de varas fueron de poco lucimiento. Las cuadrillas cumplieron con sus funciones. Ha sido una tarde de calor, alegría y generosidad. Joselito Adame y Ginés Marín salieron a hombros del coso oscense, pero Morante, aunque saliera por su propio pie, firmó una de las mejores faenas de la tarde.
Sonámbulo (1º 4/19), no le sentaba nada mal su nombre, fue capeado por Morante con insistencia sólo para descubrir su talante adormitado y soso. Cuando se creía que el bicho iba pacato, éste le desarmó a Alberto Zayas, tomó la vara de Aurelio Cruz al relance y se fue a probar si el picador de la puerta llevaba la vara menos dura. Morante, pegado a las tablas, recogió la embestida del bicho por airosos trincherazos para conducirlo a los medios. Todo su temple no bastó para mantener la escasa codicia del astado: anduvo gazapeando o arremetiendo a la desesperada. Los ayudados por alto y unos pases de aliño por abajo como preludio de la estocada entera y tendida que hizo al toro rodar sin puntilla. Encimero (4º 5/19) protagonizó una gran faena a su pesar. El bicho hizo lo posible para desalentar al torero con su actitud: salía huyendo, haciendo tarascadas destempladas. Morante, al calar el talante del contrario, encontró una solución: le veroniqueó, persiguiéndole y enmascarando su desganada embestida con arte. El comienzo por estatuarios, y no de los “pasa torito”, sino dirigiendo la embestida, abrochando la serie con un molinete luciendo los vuelos de la muleta. Un pie como el eje, al cual devanaba los pases suaves y templados, hasta completar el ovillo de la faena. Sin rectificar los terrenos, Morante tuvo que multiplicar su temple para realizar series por ambos pitones. Cerró con una serie a mano derecha y un pase flexionado rodilla en tierra. La estocada aguantando la sorpresiva embestida del toro, dejando un pinchazo hondo. La ejecución que pocas veces se ve, considerada en el pasado de mucho mérito y hoy sin reconocimiento, fue eficaz. Descabelló al toro que se tapaba. Una ovación.
Joselito Adame fue el máximo triunfador: desorejó a ambos de su lote. Voladero (2º 4/19) se emplazó para observar tan divertido espectáculo, mas tuvo que aceptar pronto su protagonismo. Adame estiló capotazos elegantes y eficaces para la lidia, sobre todo, el quite por ceñidas chicuelinas, abrochadas por una serpentina. Al son de España cañí, Adame comienza por abajo, cogiendo la altura adecuada para mantener al toro fijo en la franela. Las tandas cuajadas, cortas, pero con arte, hasta que el morlaco desistió de la pelea. Adame lo mantuvo hipnotizado entre molinetes de pie y de rodillas. Ejecutó la estocada a mucha distancia y a paso de baderillas: entera y desprendida de rápido efecto. Belloto (5º 5/19) salió de estampía y se encontró con los lances de capote desmayado. El diestro lo puso en suerte por chicuelinas de paso, rematadas con una larga cordobesa, y coronó la obra capotera con maravillosas zapopinas. Al morlaco le sentaron mal los primeros estatuarios, perdió las manos, Joselito recapacitó, se ajustó a la embestida y comenzó construir una sólida obra: el mínimo cambio de terrenos, ni un pase perdido, todo ajuste y líneas rectas, mientras el toro dibujaba la curva a su derredor. El toro iba agotándose, Joselito provocaba su embestida de rodillas y en el primer pase se vuelve dejando al diestro sin terreno y le pisa y aprovecha para dar un pitonazo en la cabeza del diestro. Con mucha destreza y pundonor, Joselito acaba la serie de rodillas, toca los pitones, se adorna y da una gran estocada.
Ginés Marín es tan inteligente y tan confiado que puede engañarse hasta a sí mismo. ¡Qué decir de su lote! ¡Qué decir del público! Todas las asperezas quedan limadas por su compostura y poder. ¡Menuda ecuación le quedaba por resolver entre el clásico Morante y el barroco Joselito! Se enfrentó a sus oponentes con entereza y compostura, cortando tres orejas. Silencioso (3º 5/19), fue agujereado, pero se quedó sin picar. La faena estuvo bien de rodillas, una vez de pie, el diestro no paró de perder pasos, con matemática regularidad. El toro franco, como sus antecesores, seguía la muleta. Sobraban los arrimones al tronco del astado. Con los aceros, Ginés Marín fue poco franco: salió de la suerte y dejó un eficaz golletazo. Una oreja. Con Concavito (6º 5/19), apretado por la competencia, se esmera tanto con el percal como con la pañosa. El toro no regalaba las embestidas: escarbaba y se resistía. Otra faena, formalmente impoluta, de mucha compostura y mucha colocación, pero cangrejeando, es decir, yéndose para atrás, cediendo el terreno. Debe de ser algún resabio adquirido por el diestro que desluce el conjunto, añadiéndole un toque mecánico, repetitivo. La estocada hasta los gavilanes.