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TRIBUNA

La urbanidad evaporada de la urbe

lunes 14 de agosto de 2023, 20:03h

Con el fuego del calor creciente y con el que vendrá ha surgido una nueva forma de estar en la vida, que consiste en ir sin camisa o camiseta por la calle, algo que sorprendió a aquel rey de la fábula que murió asombrado de que el hombre feliz que él mismo deseaba ser carecía de jubón, dada su extrema pobreza. Pues eso: a la felicidad por los pectorales fuera. Santos pechos al aire, y que suenen las campanas; a disfrutar, que son dos días.

Los nuevos dueños de las ciudades son casi siempre en nuestra era los efebos troquelados por el gimnasio, que de este modo aprovechan para marcar pectorales y gruesísimos bíceps, que comparados con los míos son diez veces más poderosos, no se puede ser el número uno en todo. De la playa han dado el salto al paseo marítimo, y del paseo marítimo a las calles céntricas e incluso a los chiringuitos y restaurantes, donde cumplen con su objetivo principal, que es el de ser vistos, mirados, admirados, deseados, estar a la altura de sus sobaqueras. No digo yo que no tengan sed de agua o de cerveza, pero sobre todo tienen ansia de ser contemplados, como corresponde a los buenos Narcisos deshidratados. Pronto tendremos parlamentarios y parlamentarias en biquini o en monoquini para ganar en fuerza argumental. ¿Irán los reyes de la misma guisa para ser más felices?, ¿también los republicanos que les son contrarios?

La adorada vuelta a la naturaleza sólo podrá ser frenada con multas municipales anti-descamisamiento. Esperemos que la sanción sea baja para que no se vuelva a producir el motín de Esquilache. Podría ser diver.

Mi sobaco huele bien, porque es mío; pero que nadie se llame a engaño: es mi sobaco, no mi axila, por si axila tuviera algo que ver con axiología. Además el sobaco del machomán ya no güele como antes -lo de “huele” va desapareciendo- a fuer de depilado y de encoloniado. Además, quienes exhalan perfumes caros son los pibones más codiciados e intensos, con los cuales no se puede competir. En estas condiciones, ¡qué dicha sentarse en un restaurante al lado de estos Donceles bien odorados! Aunque hoy cueste trabajo creerlo, allá por los años sesenta los más codiciados eran los peludos, los osos de pelo en pecho, los pechipeludos, tanto que las hembras alemanas más acuciadas venían a buscarlos a las puertas de las residencias obreras para pasar con ellos el fin de semana, con la consiguiente frustración de los menos pelocotudos. Fui testigo del espectáculo en muchas ocasiones. A mí no me hubieran elegido.

Ahora bien ¿tiene algún límite la incesante reivindicación de los descamisados? ¿Les parecería bien pasearse como sansculottes con el culo al aire? Si tal cosa no fuera del agrado de los amigos de los calzoncillos hasta los tobillos, ¿por qué llevar lo de arriba al descubierto y lo de abajo a lo encubierto, o a la inversa, qué criterios objetivos podrían argüirse o redargüirse en uno y otro caso?

Si todo el mundo tiene derecho a hacer lo que quiera con sus bíceps, más aún lo tendrá a poner a tope los altavoces de sus radios. El volumen no sólo puede resultar ensordecedor, sino que la música puede no gustar al vecino, el cual, si se atreve a rogar que bajen los decibelios o centibelios, puede ver retorcida su cabeza por las poderosas tenazas de gimnasio. Y, como las playas no son exactamente monasterios de cartujos, por lo general lo más elegante que sale de los potentes altavoces son las melodías raperas a las finas hierbas con su delicada monorrima, o el reguetón con sus cadencias corporales, sus movimientos de caderas y sus finos postureos.

En realidad el problema es mayor si cabe: ¿quién puede descansar tranquilo en su casa con algún vecino trasnochador amigo de los decibelios delirantes o de las tertulias a voces de madrugada? Llame usted a la policía, que acudirá con su música de reguetón…

A lo anterior debe añadirse el problema del espacio en los días de asueto. ¿Dónde poner el propio cuerpo, si las playas se encuentran petadas por hamacas y sombrillas alquiladas por los Ayuntamientos mismos, o instaladas al asalto por los corsarios particulares, que se levantan a las seis de la mañana para okupar lo que ellos llaman “primera línea de playa”, que es como el frente de Aragón primera línea de fuego. Y suerte si no hay algas que te inflan con sus picores psicodélicos como un globo, pues la playa va acumulando cada vez más peligros que un torero en la plaza de toros. La playa al rojo poblada de arco iris.

Por una parte está la España vacía, por otra la del abarrote, otra vez las dos Españas. Mas ¿cómo evitar los peligros crecientes y acumulativos? Los bañistas, o son daltónicos, o desconocen el peligro que anuncian los diferentes colores de las banderas, o los socorristas tienen diplomas caducados, o resulta imposible vigilar tantos espacios a rebosar por tantas gentes hacinadas, y la prueba es el incremento de ahogados cada verano, a los que hay que añadir los cánceres de piel por ausencia de cuidados paliativos. Una delicia cada vez más cara y prohibitiva que es como un rito de paso obligado. Ya que no enrojecemos de vergüenza, enrojezcamos de piel, es la venganza de los pieles rojas contra los rostros pálidos. Hay cangrejos menos rojos que los atorrados humanos, nueva especie de animales voraces cuyas tenazas te atrapan a poco que te descuides, y cuya sed no se sacia, pareciendo en los carísimos chiringuitos barriles cerveceros para paliar la deshidratación. Deshidratarse para mejor rehidratarse, y allá a su frente la sequía, que no impide la proliferación de los campos de golf.

En medio de todo, ha comenzado la lucha por la moralidad playera entre los nudistas y los “textiles”, como ahora se les llama a falta de vocabulario más adecuado. Parece que los nudistas molestan a los textiles, ya sea a ellos mismos o a sus hijos pequeños, o a cualquier otro que pase por allí como los antiguos personajes de Mingote asfixiados de ropa, cuyas miradas libidinosas eran reprimidas por sus augustas esposas gordas y empoderadas. Axioma: el textil del tapado es al portador del bañador como el portador del bañador al nudista integral. Henos aquí ante una cuestión de centímetros, a veces de muy pocos centímetros, pero bastante disputada. Además, el nudista integralista podría en su defensa del desnudo total replicar al partidario de ir al agua en modo islámico que semejante adefesio le irrita, y entonces ¿qué moral mide a la otra moral, o incluso a la otra religión?, ¿la obra de misericordia es vestir al desnudo, o desnudar al vestido? Miren por donde la religión que se expulsó por la puerta entra furtivamente por la ventana.

Porque llevar a los denodados desnudados a un reclusorio o a una parcela remota de playa donde no pueda verles nadie, como si fueran apestados, significaría para sus abogados una conculcación de los derechos humanos, pero para los abogados de la contraparte lo punible, sin llegar a la castración de lo escolingante de las parte pudendas. Mirado desde otro punto de vista, el estético, los desnudos decadentes o decaídos son mucho más antiestéticos que los cuerpos bien trajeados: una buena capa todo lo tapa, es decir, sin el brutal acto de capar. ¿Habrá que apelar a la estética sin ética ni religión para dirimir la cuestión?

En fin, que entre estas cuestiones, las del footing, las de las comidas veganas y mediterráneas, y las de la báscula, el cuerpo está bien publicitado: no hay periódico ni telediario de ninguna cadena que no te dé la murga con todo eso. Lo peor es que el invierno se convertirá también en un infierno al paso que vamos, sin que parezca que queramos buscar otras alternativas. Y vivan los rebaños. Y biban las caenas.

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