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ORIENT EXPRESS

Celebración de los húsares

Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
domingo 20 de agosto de 2023, 19:29h

Los he visto desde la distancia.

Allí, a lo lejos, a miles de kilómetros, están los húsares como guardia de honor en la celebración del 20 de agosto, día de la fundación del Estado húngaro y de la memoria de San Esteban, primer rey de Hungría.

Resultan inconfundibles en sus uniformes: la chaqueta verde -el famoso dolmán que en Hungría se llama Atila- decorada con alamares, lazos y nudos que evocan lo que en el pasado fueron cadenas que protegían el pecho de los sablazos; los pantalones rojos y los caballos blancos, los chacós en alto, los sombreros cilíndricos adornados con plumas y los sables relucientes que fueron el terror de los enemigos de Hungría.

Había que tener muchos arrestos para ir a la guerra como marchaban estos jinetes: colores que los hacían visibles, toques de corneta y gritos de guerra. En la distancia, podían parecer un blanco fácil para los fusileros, pero al galope no era tan fácil acertarles. Un banco en movimiento que se lanzaba a la carrera contra su enemigo. Si la primera descarga no les acertaba, se tardaba más o menos un minuto en recargar y, para entonces, la infantería ya los tenía encima repartiendo mandobles a diestro y siniestro. Cabalgaban contra las posiciones artilleras de lado, fuera del tiro de los cañones. Era imposible girarlos a tiempo. Los caballos saltaban las baterías y de nuevo volvía la escabechina. Dos mil húsares a la carga debían de ser algo terrorífico.

Estos húsares son húngaros. De este pueblo de jinetes, que llegó a la cuenca de los Cárpatos hace más de once siglos, nació esta unidad formidable cuyos orígenes se remontan a la Edad Media. Hay una referencia a ellos de tiempos del rey Matías Corvino (1443-1490), que nació en Koloszvar, la actual Cluj, tomó Viena y tuvo la mayor biblioteca humanística de Europa Central. Pocos representaron como este rey la hermandad de las armas y las letras.

Están ahí. Puedo verlos allá en lo alto de sus caballos lipizzanos. Cada húsar debe aprender a domar a su caballo. Uno y otro se necesitan en el combate. El caballo aprende a obedecer y el jinete se hace uno con su montura. En la batalla, ella avisaría al jinete de peligros y rompería el círculo de los enemigos a patadas y a saltos. El húsar aprende a manejar el sable y la pistola para luchar a lomos de esta criatura bellísima. Con el verde y el rojo, el pelaje blanco forma los colores de la bandera de Hungría.

Ahora podríamos recordar a los grandes húsares de la historia como András Hadik (1710-1790)-aunque debiera decir Hadik András, así a la húngara- que sirvió a los Habsburgo en la Guerra de los Siete Años y ocupó brevemente Berlín en 1757 con unos cinco mil húsares aprovechando que los prusianos dejado desprotegida la ciudad. Accedió a marcharse después de exigir un cuantioso rescate en metálico y, según cuentan, dos docenas de guantes de seda para la emperatriz María Teresa. En el castillo de Buda hay una estatua ecuestre de Hadik que, milagrosamente, logró sobrevivir a la batalla de Budapest (1944-1945) sin sufrir daños.

Sin embargo, hoy prefiero escribir sobre los húsares vivos.

Después de siglos al servicio de Hungría, en el Imperio Austriaco, en la Monarquía Dual y en el Reino de Hungría después de Trianón, los comunistas decidieron acabar con el cuerpo de húsares. Al terminar la Segunda Guerra Mundial, lo fueron diluyendo hasta hacerlo desaparecer. En la Hungría comunista, los húsares eran un símbolo incómodo de la milenaria historia de los húngaros. Para reescribir la historia, había que borrar su recuerdo.

Sin embargo, los comunistas podían reordenar las fuerzas armadas, pero no podían borrar lo que los húsares representaban y representan: el patriotismo, la caballerosidad, la valentía, el arrojo, la religiosidad, el sacrificio. Ese espíritu se mantuvo vivo en familias y grupos de amigos que durante las décadas del comunismo conservaron las tradiciones de los húsares: la doma, la monta, las formas de combatir, el sentido patriótico que lo inspiraba todo. Los uniformes se transmitían de abuelos a nietos. Algunos los tomaban como modelos para encargar los suyos a sastres que conocían las viejas técnicas. Se entrenaban para manejar la pistola, el sable y la lanza. Aprendían a fundirse con el caballo como si fuese una extensión de su propio cuerpo. De maestros a discípulos, la tradición se mantenía. Los comunistas habían eliminado un cuerpo, pero era Hungría misma la que vivía en esas tradiciones que se resistían a morir. El pueblo húngaro les dio un reconocimiento y un honor que las autoridades comunistas pretendían olvidar. Los húsares no habían muerto. La llegada de la democracia abrió nuevas posibilidades. Los húsares podrían terminar volviendo a las fuerzas armadas.

Y así fue. Los húsares han regresado al puesto de honor que se han ganado a la largo de la historia.

Así que ahí pueden verlos en la televisión y en las fotos. No hay turista que deje pasar la oportunidad de fotografiarse con estos jinetes de chacó, dolmán y sable sobre caballos blancos. Ustedes me dirán que es un cuerpo protocolario y no operativo. Responderé que ustedes se equivocan. Los húsares son soldados, están integrados en las Fuerzas de Defensa Húngaras -que es como se llama el ejército- y tienen entrenamiento militar. Les diré también que, en determinados terrenos, un caballo puede tener ventajas tácticas y que no me gustaría enfrentarme en combate con estos tipos que se ejercitan todos los días en una tradición guerrera de varios siglos.

Sin embargo, añadiré acto seguido que estos húsares, que hoy veo desde la lejanía, pudieron haber elegido otros destinos, pero escogieron no sólo un modo de defender a la patria, sino un modo de vivir a su servicio como símbolos vivientes de una historia milenaria. Quien ve a estos jinetes, cuyos sables brillan al sol frente al Parlamento, no ve sólo la herencia de la caballería ligera más famosa de la historia, sino el espíritu mismo de Hungría, que hoy celebra la fundación de su Estado.

Por eso, en este 20 de agosto, esta columna rinde hoy homenaje a los húsares húngaros.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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