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LA BÁMBOLA

Rubiales, dimisión ya o cese fulminante

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
martes 22 de agosto de 2023, 19:57h

El beso en los labios, el pico machirulo e infame, de Luis Manuel Rubiales Béjar a la futbolista Jenni Hermoso, pasmada e indefensa ante la afrenta, debe traer ya el cese profesional del primero frente a una situación inadmisible como Presidente de la Real Federación Española de Fútbol. Primero fue el toqueteo de los huevos morenos, estiramiento y contracción de cipote bajo el pantalón de traje, junto a la Reina. Luego el beso de la baba y abuso entero de poder, paralizando la cabeza de la futbolista entre las dos zarpas como si fuera un melón. Finalmente, el intento de que la propia víctima, bajo presiones, saliera en su defensa. Dicho primate solo puede estar en el zoo.

Conocí a muchos babosos de la cofradía de los coderos; el codo es la parte donde se empieza la batalla, primero se agarra el codo de la víctima, generalmente con ánimo parlamentario o de simple charleta, y luego el orangután puede subir sin disimulo, empujado por una verba potente, hacia la región norteña de los pechos duros como rocas y los pezones tiesos como gomas de borrar, o bajar, por el contrario, hacia el sur caliente y con rumor a musgo. El codo era un recurso, ya digo, de aproximamiento más o menos social, más o menos diurno y a la vista de todos. Otro, más taurino, era el de meter directamente taleguilla, las manos quietas, pero toreando con la cintura, hasta que la otra parte distinguiese la espada bajo todas las blondas y encajes de la vestimenta, justo por debajo del pico último de la corbata, donde la hebilla del cinturón ya amenaza con abrirse. Los babosos del cuchicheo, la lengua en el oído ajeno, entre boa y ventilador, también comían sus migas.

El deporte es o debería ser la limpieza absoluta de cualquier abuso de poder, la jerarquía está clara como en el ejército y los ejercicios para la victoria vienen siempre presididos por el esfuerzo, la renuncia, el sudor entre todos y un arte bello de la guerra que jamás conoce las malas maniobras. ¿Qué podría haber hecho Jenni Hermoso sino soportar al mono que se le viene encima con los incisivos, paletos y molares al aire fresco de la noche en ciernes? Solo pudo advertir lo que las redes sociales recogieron: “Esto no me gusta”. ¿Cuál es la intención de ese morreo público e impúdico en pleno ejercicio profesional de un directivo frente a su plantilla de subordinados y trabajadores? Se equivoca de tribuna, se equivoca de platea, se equivoca de escenario. Lastra y ensucia la imagen de España en unos juegos internacionales, con ojos viéndolo en todo el mundo, presidido el evento por nuestra Reina y con una armonía general que era la de la felicidad. Ni un minuto más puede seguir Rubiales con mando en plaza y debe regresar al bar de su pueblo donde, seguro, están a punto de comenzar los campeonatos de lanzamiento de huesos de aceituna o de eructos superlativos tras la birra.

Vuelve el fútbol, el deporte de élite, a mostrar las dos caras de Jano, bifronte y jugoso. Por un lado, la pasta gansa y negra de comisiones, pagos a árbitros, mundo truculento lejos de la opinión pública, negocietes y amigotes, puros y reservados, borracheras ocultas, lucros íntimos. Por el otro, bajas pasiones, fiestas con putas, más reservados en discotecas de modas, alguna violación como ha habido en procesos penales ya cerrados, desbarre y desatino, mucha juerga nómada lejos de los focos, a veces salvaje, primitiva y jurásica. Tampoco Rubiales, cuando han tocado las dos murgas anteriores, el dinero negro y las fiestas locas, nos lo ha explicado por antena qué pasaba, por qué pasaba y desde cuándo pasaba. No hay negocio que mueva tantos millones como nuestro deporte nacional. Luz y taquígrafos llevan pidiendo muchos desde las bacanales de Jesús Gil y Gil al frente de sociedades deportivas que eran inmobiliarias y luego mafiosas y finalmente corruptas hasta el tuétano, la médula y el entrecejo cejijunto porcino.

El beso de Rubiales es completo abuso de poder. Tocarse los adminículos junto a la Reina es el mal tono que emborrasca y denigra una competición deportiva del mejor nivel. Finalmente, el arte del enredo, comenzar a enredar para no salir él mismo a dar explicaciones, y queriendo que le defendiera la propia jugadora, resulta vomitivo. Vinieron a decir nuestros defensores del obreraje limpio, Pepe Álvarez con su fular de poeta y Unai Sordo, barbado y melancólico, que este “ejemplar” no puede estar donde está. No hay solución para el caso Rubiales y, siguiendo a la mejor literatura, ese beso trajo la muerte como veneno mayúsculo.

Gustavo Adolfo Bécquer: “Por una mirada, un mundo;/ por una sonrisa, un cielo;/ por un beso… yo no sé/ qué te diera por un beso”. Pablo Neruda: “En un beso sabrás todo lo que he callado”. Joaquín Sabina: “Lo bueno de los años es que curan las heridas, lo malo de los besos es que crean adicción”. Paul Géraldy: “El más difícil no es el primer beso sino el último”. La adicción al beso solo puede cortarse de raíz, porque ese silencio de beso esconde mucha prosa, mucho quijote, muchas ganas, y a veces toda esa verba solo se sube a los ojos y se baja al bolo, pero sigue siguiendo incomprensible, salvo para quien lo sufre. Decía Ángel González que el alcohol se le “subía” a los pies, explicando que la cabeza seguía lúcida pero no podía caminar. El beso más difícil es el último y, en las presentes condiciones, no cabe otro. Este señor no está aquí para dar besitos a nadie, ni castos ni dispuestos a comerse un filete con la lengua. Mucho menos a frotarse así el bolo.

Diego Medrano

Escritor

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