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TRIBUNA

La ciudad y los perros

martes 22 de agosto de 2023, 19:58h

No quisiera yo convertir esto en la historia de la mala relación de los perros conmigo, pero hoy he tenido mi tercer rifirrafe con ellos por tercer día consecutivo, créaseme o no. Esta vez la señora llevaba tres, familia numerosa. Por cierto que al encontrarme hace años en la calle con un personaje famosillo que llevaba a sus dos perros en cada uno de sus brazos, y tras los primeros saludos, lo primero que me preguntó fue si todavía estaba yo casado con la misma persona y, al responderle afirmativamente, me soltó como si tal cosa la siguiente genialidad: “¡No me digas, a los que llevan más de siete años con ‘la misma’ habría que penalizarles por carencia de imaginación!”. Como correspondía, pase entonces a interesarme yo por su situación familiar, a lo que me respondió: “No, ya no tengo mujer, tengo muchas, estos son mis dos mis hijos”, señalando a los dos bebés cachorros recién saliditos de la peluquería. Lo que pasa es que a mi pregunta “¿y cómo se encuentra la perra de su madre?”, tuvo sus dificultades para darme el parte sobre el parto. Como no he vuelto a verlo, no puedo saber cómo anda su prole, ni qué carrera habrán emprendido, probablemente la de galgos, que está bien cotizada en los canódromos.

Pero volvamos a la señora de este mismo mediodía, que iba hablando con ellos tan animadamente y tan de igual a igual llevándoles bien sujetos con sus correspondientes correas y arneses. A uno de ellos, el de peores modales, iba reconviniéndole con estas palabras: “No me fío de ti porque te portas últimamente muy mal”. Palabra de vidente, pues en el preciso instante en que pasa a mi lado con su troupe se suelta de la correa y se pone a ladrarme como una loca, con una intensidad tan fuerte, que me asustó. Las cosas no pasaron de ahí, pero mi excitación era tanta y tan inmoderada que increpé a la señora como sigue: “La próxima vez que me ladre su bicho le voy a meter una buena patada para que entre en razones”, amenaza harto altiva y arrogante por mi parte, pues no estoy físicamente preparado para su posible contraataque. Y fin de la historia.

Como les digo, voy a bronca por día, y no sé que habrá de depararme la fortuna o el infortunio para los próximos días, o si voy a tener que exiliarme a un país que no sea Perrilandia, o si bastará con releer La ciudad y los perros para ver si aprendo a comportarme, o a encontrar el sosiego en la perrera de esta ciudad. Igual me tratan allí mejor que en la calle.

Tampoco sé si tomar criado o ponerme a servir, si seguir contando mis desventuras caninas o tragármelas sin soltar palabra, pues por el momento estoy haciendo el hazmerreir con todos mis amigos, el último de los cuales me lanza esta andanada: “Veo que tienes un imán perruno. Si sigues así, acabarás diciendo: ‘dejad que los perros se acerquen a mí’. Yo, que te quiero mucho y velo por tu integridad, voy más allá que tu hijo y te aconsejo que pasees por zonas de gorriones (¡que los gatos arañan!). Un abrazo. Miguel Ángel”. Abrazo rechazado.

Nunca tuve perro por distintas razones, pero a pesar de lo dicho hasta aquí me encantaría sinceramente. Admiro a Konrad Lorenz, que amó a cada uno de sus compañeros de viajes, y cuyos nombres recordó uno a uno después de muertos, narrando su compleja y variada personalidad. Sin embargo, por estudiar al ritmo en que vengo haciéndolo, carecería del tiempo necesario para ocuparme de él. Estoy seguro de que alguno de ellos serían grandes coloquiales, pero no los de pedigrí de divas y divos, y de sus atontados dueños que les contaminan: a dueño tonto, perro tonto.

En El coloquio de los perros, una de sus novelas ejemplares, Cervantes nos hace asistir a la conversación de Cipión y Berganza, dos perros que guardan el Hospital de la Resurrección de Valladolid y que adquieren la capacidad de hablar durante las noches. Durante el relato, Cipión explica la experiencia con los distintos amos que ha tenido -recordando de algún modo al relato de El lazarillo de Tormes- recorriendo distintas ciudades del sur de España hasta llegar a Valladolid. La enseñanza moral de Cervantes resulta clara: ¡qué vida de perros nos damos los humanos entre nosotros mismos, y qué forma de azuzar las peleas y las riñas entre ellos! No sé por qué, pero me gustan menos los ejemplares de perros que viven sólo para sus amos, como Troylo para Antonio Gala, o Milú para Tintín.

¿Qué haría yo, silo tuviera, con un perro? Lo primero enseñarle a que no me ladrase ni se me tirase al cuello, algo que a veces no se logra pese a su buena doma. Sin embargo, quisiera que él mantuviera su libertad, sin anularle, ni amilanarle, ni achantarle, ni reprimirle hasta la esclavitud. Me repugnan los perros sumisos, esclavos, favoritos para la mayoría de la población que recurre a ellos después de no tener ninguna compañía humana con la que convivir sin imposición. Los perros son tan obedientes porque sus dueños son tan tiranos; a veces pienso que el perro de compañía es el bálsamo de Fierabrás para los amos autoritarios y frustrados. El chucho es su flotador, su baluarte, su cobardía envalentonada.

Quisiera, pues, que mi perro me entendiera, y albergo incluso la fantasía de que pudiéramos dialogar, casi como lo planteaba Martin Buber en el epílogo de su fascinante Yo y tú, pero eso es imposible porque no estamos en el mismo plano, a pesar de las ñoñerías de los animalistas; me gustaría que hablara, pues su forma atenta y educada de mirar cara a cara abre un campo dialógico interesante, palabra derivada del latín inter/esse, tener entre ambos una cierta comunidad afectiva. Incluso le enseñaría axiología, para que no mordiese a nadie, dando de su barrilete la reconfortante bebida al caído, como el perro de san Bernardo. Quisiera que cuidara a los demás lo mismo que los demás a él mismo. Eso lo intentaría yo a pesar de cuantos pesares hay bajo el cielo, como hasta ahora he venido intentándolo con los humanos y conmigo mismo, aunque en demasiadas ocasiones fracasando en el intento: ¡mira que si al final entendiera mi perro o perra (aún no he pensado su nombre) mejor que algunos humanos los axiomas de la convivencia! ¿Sería posible educarle sin ladrar ni y olisquear?, ¿o, todavía mejor, crear un esperanto antropo/canino, con proyección para todos los animales del mundo?, ¿sabría contarles cuentos de perros evolucionados, capaces de enseñar a sus dueños, como lo intentaron los monos de El planeta de los simios? Desde luego, nunca le compraría unas gafas de profesor ni le disfrazaría con toga y birrete, por mucha filosofía que aprendiese conmigo. Sabiduría no es carnaval.

Tendría que escribir un libro que se llamara Filosofía para perros, o Perrosofía, del mismo modo que ya existen otros denominados Filosofía para niños, o Filosofía para torpes, pero ¿quién dijo miedo? El miedo paraliza cualquier intento de acercamiento al perro por parte del hombre, y al hombre por parte del perro. No hay imagen más patética que la de un perro apaleado, con el rabo entre las piernas temblando de miedo pero con la mirada suplicante a su maltratador. Nadie con un poco de compasión podría permanecer indiferente ante semejante espectáculo. En fin, y dicho todo lo cual, no quisiera pasarme lo que me quede de vida regañando a los perros por el solo hecho de que carezcan de modales en su acercamiento desmesurado a mi muy humilde persona.

A lo mejor, lo que hago un día de estos es acercarme a una asociación protectora de perros maltratados y comprar su libertad, como lo hacía la Orden de los mercedarios con los esclavos durante la época de Cervantes.

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