Ha sido una sorpresa para todos que PP y Vox no consiguieran la mayoría absoluta en las pasadas elecciones. Todas las encuestas la daban por hecha. Esa era la opinión general. ¿Qué motivó la inesperada abstención de muchos votantes de derechas?
La respuesta más convincente es poner la causa en la evidente falta de principios de Feijoo y Abascal. En vez de enarbolar en común la bandera de España, y denunciar a Sánchez como el peligro real e inmediato contra su unidad, lo único que vieron los votantes de derechas fueron las mezquinas y egoístas disputas entre Vox y PP por gobernar en autonomías y ayuntamientos. El caso más llamativo fue el de Extremadura. Es decir, sólo pudieron observar una miope lucha a la conquista de ventajas inmediatas en vez de principios a largo plazo y convicciones sinceras.
Un votante puede conocer los principios de los políticos a los que apoya, si es que los tienen y los proclaman suficientemente. Y no sólo conocer, sino sobre todo compartir. Lo que el votante no conoce, y menos aún puede compartir, son los entresijos a corto plazo que mueven a los que viven de la política en sus secretas negociaciones. Esa es una información a la que no tiene acceso el ciudadano. Ignora las encuestas para uso interno de los partidos. Menos aún conoce las relaciones de amistad o enemistad entre políticos concretos. O la influencia de los múltiples intereses económicos, y hasta familiares, que interfieren en las ocultas negociaciones de los políticos para repartirse el poder.
La consecuencia es obvia. Sólo está asegurada la fidelidad electoral a los políticos con principios. Dejemos de lado incluso que éstos sean buenos o malos. Lo que cuenta ahora es que sean siempre los mismos, que no varíen de la noche a la mañana, que permanezcan en el tiempo. Esos principios son sentidos como propios por el votante, y justo este detalle es lo que explica su fidelidad. Es un mero hecho sociológico, que ocurre al margen de que los principios sean moralmente correctos o equivocados.
Y lo contrario ocurre con los políticos cortoplacistas, que únicamente persiguen ventajas inmediatas, en vez de defender principios o convicciones. El votante no puede compartir lo que ni siquiera conoce. Ignora cuántas y cuáles puedan ser esas conveniencias del momento. Por tanto, se produce un distanciamiento, un alejamiento sentimental entre votantes y políticos, que fomenta la abstención de los que piensan que son marginados o ninguneados.
Hablando en general, la carencia de principios en nuestros políticos actuales ha sido la causa mayor de la degeneración actual de nuestra democracia. El ejemplo de Sánchez a este respecto no puede ser más clamoroso. Nunca el cinismo del que manda había llegado tan alto, ni tan bajo el respeto debido al ciudadano.
Volvamos al atractivo que el político serio y con principios despierta en el ciudadano medio. El tirón electoral que todos reconocen a Ayuso estriba precisamente
en que el votante percibe en ella una persona que defiende con lealtad justo las propias convicciones personales que él tiene. Y lo mismo puede afirmarse del ex presidente Trump. La explicación de esta fidelidad, en cuanto realidad estrictamente sociológica, está en la comunión de sentimientos entre él y sus seguidores. Están incluso dispuestos a perdonarle sus dudosas conductas, incluso aunque éstas se conviertan en evidencias judiciales. Volverán a votarlo, porque lo esencial es la continuidad a largo plazo de unas convicciones compartidas de corazón entre el votante y el votado.
La diferencia aquí estaría más bien en que la mayoría de los principios de Ayuso parecen moralmente defendibles, mientras que muchos de los que proclama Trump son de muy dudosa ética. Pero insistamos. El aspecto moral, por importante que sea en sí mismo, no hace al caso en el tema que ahora nos ocupa. Lo que tratamos de enfatizar es el hecho sociológico de la mayor fidelidad que suscitan en el ciudadano medio los políticos que profesan convicciones estables. Los que tienen las mismas convicciones le serán fieles. Y por el contrario, los que se mueven por ventajas inmediatas y cambiantes provocan la abstención del votante que se siente dejado de lado. No sabe lo que hay detrás de las famosas negociaciones entre los partidos. En realidad no sabe qué es lo que vota exactamente.
Es posible que la actual carambola legislativa en España acabe en la convocatoria de unas nuevas elecciones. En ese caso, lo mejor que podría hacer Feijoo sería retirarse y ceder el sitio a Ayuso. Sería la manera honrosa de arreglar su reciente y lamentable fracaso. La mayoría aplastante de los españoles, que ante todo quieren defender la unidad de España, se convertiría inmediatamente en una indiscutible mayoría absoluta en el Parlamento. Quizá incluso en una mayoría absoluta del PP. Podría repetirse en España entera lo que ha ocurrido en la Comunidad de Madrid.
Y lo mejor que podría hacer Sánchez es marcharse a su casa y dar ocasión a que el PSOE se regenere como un partido realmente democrático y respetuoso con los ciudadanos. Porque lo está dejando literalmente para el arrastre, al menos en cuanto se refiere a su credibilidad como partido político honesto.