Veintimuchos de agosto. El final del verano llegó y tú partirás. Atrás queda la canícula, un concepto que caduca sobre el quince de agosto y que, como si del árbol de navidad fuese, nos guardamos durante el resto del año para volver a airearlo a principios de julio. La chaquetita mató ya a la camiseta de tirantes.
¿Y el verano qué tal?, ¡pues hombre no me va mal!, como diría Siniestro Total. Debo ser el español al que le ha tocado mesa electoral en dos comicios distintos y consecutivos. En las municipales de mayo fui vocal raso, en las generales de julio ascendí a presidente, pero he de suponer que no por méritos propios. Todo ello pude haberlo contado en su momento; les confieso que había esbozado en mi mente un artículo en el que les hablaba de que para la administración no existían las tildes y también reivindicaba el cargo de presidente de mesa electoral como el de maestro de ceremonias de la fiesta de la democracia, pero confieso que en verano soy incapaz de escribir una sola palabra ni articular un texto mínimamente creativo, máxime cuando mis elucubraciones no son más que meros ejercicios situacionistas que le interesan a un par de lectores por ahí perdidos que entre bostezo y bostezo les da por leerme y por hacer bulto en la estadística de lectores de la prensa digital. No, el verano no es para mí. Yo doy un ser de invierno, quizás también de otoño, y cuando las temperaturas suben no puedo más que vivir un nuevo letargo si acaso roto por breves anotaciones una Moleskine pequeña, poco más. En la playa garabateé algo con las manos grasientas de leche solar y las páginas llenas de arena. Tengo dos hijos pequeños que quieren bañarse, jugar al frisbee, al balón, con la colchoneta, con las palas y con el cubo y los trastos de hacer castillos y túneles, y créanme, la ingeniería playera no se lleva muy bien con la bohemia. No me imagino a Umbral surcando a braza su piscina de Majadahonda más de lo meramente imprescindible o a Galdós bebiéndose una Tropical para refrescarse del calor de su tierra natal. No, el verano para mi está hecho para descansar, pero no puedo sentirme más que culpable, como casi todos los años, cuando se acerca su final y veo lo exiguo de mi obra en este periodo estival. He dedicado mucho más tiempo a ver a un señor haciendo cafés con ingredientes de Mercadona en TikTok que a escribir. El invierno me resarcirá.
Admiro a quienes descansan trabajando. El catedrático y académico epicúreo, hedonista y vitalista Emilio Alarcos decía que le encantaba su trabajo. Teclas de máquina de escribir día y noche, verano e invierno. El ocio también era picar con la Olivetti, la misma de su famosísimo libro de COU de la editorial Santillana y crear. La mente siempre clara y nunca adormecida. Descansar trabajando, disfrutar con lo que se hace, no distinguir la vida laboral de la personal. La plenitud humana y profesional, sin más.
Otros viven en un verano eterno. Saramago en su refugio de Tías, en lo alto de ese promontorio está la casa hecha de libros en la que vivió y escribió en un verano de once meses y medio. Tuve la suerte de poder visitarla, pero para mi sorpresa no encontré en toda la isla un solo lugar donde poder comprar uno de sus libros. De vuelta a Fuerteventura, de donde había partido, tuve que parar en el aeropuerto para comprar “El viaje del elefante”. No sé por qué, pero los paraísos y la alta literatura no se llevan bien.
Tuve que estar perdido en Doñana para leerme en un par de semanas todo lo que me faltaba de lo traducido al castellano de la obra de Lem y luego recorrer casi treinta kilómetros para hacerme con un “Crimen y castigo” que me merendé en un par de días para luego volver a la misma librería y comprarme un Quijote y poder volver a tiempo para ver las perseidas y conseguir cabalgar con el Hidalgo y su escudero hasta principios de septiembre, cuando, ya en casa, obras más ligeras suelen ocupar el otoño cálido. Otro verano jugué al tenis con Foster Wallace y “La broma infinita” y en La Mata, Alicante, devoré en dos o tres días “Últimas tardes con Teresa” después de escuchar a Juan Cruz en la radio decir que ese libro era sinónimo de libertad.
El reciente premio “Celsius” de la Semana Negra de Gijón, Mariano Antolín Rato, también lo tiene claro. Vive en la provincia de Granada donde escribe y traduce afirmando necesitar más de treinta y ocho grados centígrados y cantidades ingentes de cerveza helada para evocar a las musas literarias. Pienso en Gabo en la insoportable Ciudad de México en verano, con más de cien grados Fahrenheit y un humilde ventilador funcionando con corriente de ciento veinticinco voltios. Cuentan que cuando escribió “El otoño del patriarca” no conseguía que hiciese calor en el libro porque en el Madrid de aquellos días tampoco lo hacía. Lorca evoca el sol en su plenitud, el polvo del camino y la luz que solo un poeta andaluz puede reflejar en sus textos, y qué decir de los vates y escritores del desierto o de la selva húmeda de épocas antiguas. Nómadas con trescientos sesenta y cuatro días y medio de calor extremo y las musas con abanico bailando por sus humildes aposentos sin electricidad ni agua corriente día y noche mientras la pluma baila el rock and roll de la fantasía sea invierno o verano. Descansar trabajando o trabajar descansando. El agua estancada es la primera en pudrirse. El uno de septiembre es el verdadero inicio del año. Las playas paradisíacas y el Bartebly que habita en mí todos los veranos se despide hasta el próximo julio.
Estimados lectores de EL IMPARCIAL, feliz otoño nuevo.