Era la penúltima semana del calurosísimo mes de junio de 2023 y el doctor Fernando Bandrés y un servidor fuimos a visitar a Amando de Miguel a su castillo de Camelot, una fortaleza casi medieval sin murallas, pero escandalosamente rebosante de libros. Haciendo tiempo para que llegáramos los visitantes, había él bajado a su parcela, enorme, agreste, anfractuosa, en una hondonada arbolada, un lugar muy mediterráneo en la sierra de Madrid para ver si su higuera daba sus frutos a esas alturas del año. Apoyándose en una muleta se había atrevido, pese a su mermada salud, a descender y visitar aquel increíble jardín del Edén.
Sobre las higueras existen multitud de relatos: el recaudador de impuestos Zaqueo subió a una de ellas para ver a Jesús, Judas se ahorcó en otra para no verle más. Entre sus cientos de variedades, la higuera de Amando de Miguel era frondosa, acogedora, no de esas otras que alcanzan más de veinte metros de altura pero con frutos desabridos. “Volverás a mi huerto y a mi higuera”, escribió Miguel Hernández en su elegía a Ramón Sijé. La higuera a la que se refería todavía sigue en la casa del poeta de Orihuela y está acabando su ciclo natural de vida; por eso, algunos botánicos cultiva esquejes para que el símbolo de Hernández no muera. Yo quisiera cultivar los esquejes de la higuera de Amando, que cavó infatigablemente en el suelo árido sin esperar a que ningún fruto le cayese maduro. Los frutos que han caído de sus árboles han sido sudados hasta la extenuación, pero con esa alegría con que los campesinos de las zarzuelas recogían sus mieses mientras cantaban.
Pronto subió nuestro amigo. Su mujer, Paquita, también de salud muy frágil, nos estaba acompañando acogedora y amablemente como otras veces en el enorme salón del castillo, cuyo puente levadizo conduce hacia un mar de libros inigualables, un mar abierto sin murallas ni saeteras ni arcabuceros que lo defiendan. Esta vez, supongo que por el golpe de calor, no venía Amando enfundado en una bata gruesa, vestía unos pantalones rojos cortos que combinaban perfectamente con una camisa de manga corta de alegres tonalidades. Al sentarse en su lugar habitual del sofá, debajo del cuadro que aparece en la portada de sus Memorias, parecía haber recuperado la vitalidad de hacía cuarenta años atrás. Allí estaba el enamorado de la pintura de Soroya, fundidos ambos en su recíproca luminosidad táctil.
En esos encuentros que llaman a otros encuentros cada sujeto va más lejos de su propia soledad, deviene acontecimiento comunitario; cuanto más se empapan los interlocutores de la amistad que les congrega, tanto más la liberan para la humanidad. A esta dinámica de empoderamiento/des/empoderamiento podríamos denominarla sencillamente con el término de cultura, parecida a la “toma del montón” de los anarquistas: dar lo máximo de la propia cosecha para quien lo necesite al máximo. En cuanto a mí, cada vez más gustoso de los abrazos y de los besos, comencé a tratarle de ese modo desde el primer momento sin el menor esfuerzo, como lo hace un hijo con su padre, acaso por efecto de mi propia senilidad desinhibida y carente del sentido del ridículo. Si en todo ser humano existe una triple relación padre/adulto/niño, en la mía con Amando de Miguel pesaba sobre todo la relación filial desde un inmenso respeto por el sabio y por el hombre decente que él es para mí. Quién no recuerda, en llegando aquí, el encuentro entre el zorro y el Principito.
Aunque dicha relación paterno/filial estuvo por mi parte inmersa desde el comienzo en un aura de admiración, sin embargo también desde el primer instante el viejo catedrático rechazó la superioridad que yo le atribuía sobre mí, y entramos en la relación de sana admiración recíproca. Cuantas veces yo le llamaba maestro, otras tantas y un poco avergonzadamente refunfuñaba él que no es mi maestro. No lo fue en las aulas, pero lo ha sido y lo es y lo será allí donde debe ser: en el espíritu.
Con el célebre personaje Amando de Miguel yo no había cruzado una sola palabra anteriormente, a pesar de la coincidencia de ambos en algunos ciclos de conferencias académicos. Sin embargo, nos estábamos esperando, por decirlo un poco epigramáticamente. Tal y como yo había imaginado a este adusto personaje de nariz aguileña, un poco judía y en la misma medida un poco emprendedora, husmeadora, que crece con cada una de sus requisitorias e investigaciones, jamás hubiera pensado en alcanzar su amistad. Amando me había venido pareciendo un hombre reservado, zamorano, castellano viejo, guardador de mendrugos en el arca como en la literatura castellana medieval y barroca, no dado a manifestaciones afectivas excesivas, ni a cercanías cualesquiera, aunque desde luego con un finísimo sentido del humor, unamuniano, tan fontanal. Entre don Miguel de Unamuno y el Ingenioso caballero de la Mancha (el Cervantes del Quijote, no el de las aburridas novelas ejemplares), no nos hacía falta el lema “Santiago y cierra España”.
Me encantaba su modestia, una modestia que no renuncia al reconocimiento gozoso de los demás, incluso aunque venga acompaña en no pocas ocasiones por la envidia y el cruel resentimiento de los del gremio: “Me refiero a las de un alma cándida como la mía, un valetudinario. No me llena mucho la vanidad de haber tallado la piedra angular de la Sociología empírica en España (el llamado Foessa 70). Naturalmente, el mérito no lo han reconocido la mayor parte de los colegas” (Vacilaciones, vanidades y vicisitudes. In Actualidad Almanzora, 26 de junio, 2023).
Constituye un privilegio imparable el discipulado respecto de alguien tan sabio y tan interesado por muchas cosas que también a mí me interesan cual gemelos univitelinos antes de la creación del tiempo. Me admiraban y me admiran sus temas, los propios de un humanista que también a mí me inquietan. Me gusta su vocabulario (más que su sintaxis: él decía que dentro de diez años yo escribiré como él, ¡pasémoslo, maestro!), gozo con sus libros científicos, costumbristas, con sus novelas de fondo autobiográfico, me encantan sus artículos diarios en la prensa que ya necesitan una gran lupa de aumento, me satisface la ingente vastedad sin límites de su magisterio universal, su sapiencialísima tertulia, le quiero mucho. Que aquel maestro firmase mis libros hubiera constituido una alegría sin par, desaparecido yo en él, sin derechos de autor.
Las opiniones que sobre sí mismo tiene Amando las pone casi siempre dialógicamente en sus novelas en boca de otros, un hermoso recurso literario. Esto dice de sí: “Mirando, ahora, hacia atrás, tengo dudas de si escogí bien mi carrera de Ciencias Políticas. Tendría que haber estudiado Letras (Geografía, Filología, Arte), que es lo que, siempre, me ha gustado. Al terminar los cursos de Políticas, me decidí por la Sociología por un mero azar. Fue el inesperado encuentro con Juan J. Linz, con el que mantuve un intensísimo discipulado en Nueva York (Columbia) y en California (Palo Alto). Tampoco, di el paso de acercarme del todo a la Sociología política de mi maestro. Me convertí en un grafómano, sobre todos los aspectos posibles de la sociedad española, y así, sigo. Apunté una creciente curiosidad por el lenguaje.
Una biografía tan movida, como la que me ha sido trazada por el destino, me ha provisto de una defensa: el estudiado pesimismo. Sobre el particular he escrito mucho, un libro entero (El final de un siglo de pesimismo), que es el resultado del método del análisis tipológico. Es un sello de mi maestro Merton en Columbia.
No parece que, en España, cunda mucho el altruismo, verdaderamente, desinteresado. El valor dominante en nuestra sociedad es hacer dinero, trabajando lo menos posible. Por lo menos, en este campo, yo he sido un disidente, un puritano.
La decepción más fuerte han sido los repetidos casos en los que he intentado ayudar a algunas personas cercanas. Los apoyos comprendían aspectos profesionales, psicológicos y hasta económicos. El tiro me salió por la culata, tan mal pude hacerlo. Naturalmente, me echo la culpa, por mi carácter puritano, lo contrario del narciso, lo que no disminuye mucho mi perplejidad.
En la sociedad española, muchos individuos consideran humillante el reconocimiento de tener problemas económicos, de salud, de relación interpersonal y, especialmente, los de orden psicológico. Por eso se sienten dolidos al recibir algún tipo de apoyo para salir del atolladero. Lo entienden como una alteración del ridículo igualitarismo, que es el clima general de las relaciones interpersonales. Es una respuesta de frustración, que, naturalmente, lleva a todo tipo de reservas y agresiones. Podríamos recordar, aquí, las múltiples aventuras de Don Quijote, en las que el ingenioso hidalgo recibe palos y venganzas por parte de las personas a las que había decidido socorrer. Esta sí que es la apología del pesimismo.
Bien es verdad que, en España, las relaciones interpersonales pretenden desenvolverse en un tono de simpatía, que las hace, en principio, muy agradables. Empero, ese gesto suele esconder un sutil aire de disimulo y disfraz, la teatralidad, el ‘postureo’. El resultado es que, con ello, se dificultan las relaciones íntimas y profundas. Ese efecto se produce, incluso, entre parientes. No se olvide que el carácter social más valorado por los españoles es el extravertido.
Hay dos situaciones en la vida, particularmente, dolorosas. Las expuso, de forma magistral, Miguel de Unamuno en su novela Abel Sánchez. Corresponden a dos tipos complementarios: los que ‘dan’ envidia y los que ‘sienten’ envidia. No hay palabra para el primero, que es el que me ha tocado en suerte tantas veces, sin comerlo ni beberlo. El envidioso resulta dañino porque carece del sentido de culpa, que lo manifiesta como resentimiento. Suele ser su propia víctima. Todas estas son divagaciones erráticas de un ocioso valetudinario. El cual se despide de este mundo igual que como vino a él: inter faeces et urinam. Todo lo demás es literatura”.
Pero volvamos a nuestra amistad. Delante de Bandrés, y dirigiéndose a él, en un momento dado de intensificación afectiva, le dice: “Tú eres testigo de que Carlos va a escribir un libro sobre mí, aunque aparezca póstumamente. Ahora ya puedo morir realmente tranquilo”. Y mirándome a mí, añade: “Porque tú y yo somos hermanos, como tú me dices”. Quedaba firmado de ese modo un pacto sinalagmático entre hermanos. Mi emoción aún perdura. Tengo casi todos sus libros, incluso los originales del Informe Foessa, por mí no quedará. Querido Amando: detrás de tu espíritu aparentemente frío, analítico, había un hermano que confiaba en mí. ¿Es posible algo más?
Descansa en paz, hermano. Mientras yo viva tú no morirás, aunque contigo tenga el mismo presentimiento: “Me muero, no tanto por la metástasis, como por la confusión que me invade al no entender qué está pasando en este mundo enloquecido”.