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TOROS

Melilla: la Fiesta Taurina a lo grande

Melilla: la Fiesta Taurina a lo grande
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(Foto: Efe)
jueves 07 de septiembre de 2023, 08:55h

Una tarde dedicada a la Virgen de la Victoria en la ciudad de Melilla es un acontecimiento per se. De las ocho o nueve plazas que hay en África, es el coso de Melilla el único que mantiene viva la tradición de una tarde de toros. Es una plaza que rezuma de estilo y de gracia. Hoy el ruedo lucía el escudo de la ciudad y un eslogan: Melilla: ¡ven y enamórate! Superadas las dificultades de logística, de la báscula fuera de funcionamiento y demás adversidades, los toros de La Palmosilla y Alvaro Núñez llegaron sanos y salvos (cuatreños, excepto 2º). Los astros coletudos trenzaron el paseíllo con ilusión y dos, Talavante y De Justo, sin montera: fue su primera aparición en este maravilloso coso. El tercero, Gonzalo Caballero, triunfó aquí el año pasado. Retrasaron el festejo por el aluvión en las taquillas, pero mereció la pena esperar: el respetable acudía con parsimonia y ataviado con sus mejores galas. Flores, mantillas, trajes de feria… Daba gusto ver los tendidos casi llenos de gente feliz y benévola. Era una de esa pocas tardes donde sabes que aquí habrá orejas y triunfos. El presidente, Don Justo, cumplió su función con generosidad y sin aspavientos. Las varas no se destacaron por su precisión y las cuadrillas se lo apañaron según el ánimo del bicho que les caía en suerte. Muchas veces el conflicto se resolvía a capotazos.

Alejandro Talavante es uno de los pocos espadas actuales que mide sus faenas. Lo que no sabremos, es si lo hace por desgana o por ganas de dosificar su arte por entregas: en cualquier caso es de agradecer. Solitario (1º La Palmosilla) se mostró con ganas de perseguir lo que le echen en cara. Talavante aprovechó su buena intención con creces: lo llevó pegado a los vuelos del capote, hizo el quite por chicuelinas y comenzó de rodillas, quedando desarmado al primer pase cambiado. Se repuso e hizo una tanda de rodillas fina. La plaza no cabía en sí de gusto. Y su apoderado, don Simón Casas, tomaba nota. El bicho resultó una maravilla que se prestaba a todo, bueno, a veces intercalaba algún que otro intento de desarme, pero el experimentado diestro sabía esquivarlos. Una estocada, algo atravesada con derrame. Dos orejas. Sosegado (4º Alvaro Núñez), el segundo que le tocó a Talavante, no hizo honor a su nombre, porque tenía mucha mala uva. El animal hizo un lío de los dos primeros tercios: rápido, avispado, iba donde le daba la gana amargando la vida a toda la cuadrilla. Talavante lo enfrentó sin probaturas y silueteó pases de trazo profundo que llegaron a ser redondos y los pases de cierre paraban el tiempo. La originalidad no estaba entre los criterios del respetable, con lo cual se ovacionaron las manoletinas. Un par de metisacas precedieron una media tendida.

Emilio de Justo siguió la estela de chicuelinas y manoletinas con Billetero (2º Alvaro Núñez). Lo malo fue que este ejemplar se paraba más que el tren de Extremadura: sólo para sacarlo al redondel se tardó un cuarto de hora. Emilio de Justo tendría un conjuro especial para mover esta mole hasta los medios y para hacerlo pasar al son de ovaciones. Poco duró la fiesta porque el toro se siente molesto, embiste sin clase, aunque el espada logró alargar la faena. La estocada entera, quizá con cierta travesura acabó con tedio. Una oreja. Talismán (5º La Palmosilla) llevaba de velocidad lo que faltó al anterior: recorrió el ruedo una media docena de veces antes de acometer el capote de Emilio de Justo. El matador ilusionado que, por fin, le prestara la atención le hace una docena de ceñidas chicuelinas hasta que el burel se dio un volteretón. Su sino fue aguantar un sinnúmero de capotazos de brega. Llegó a la faena resabiado, es decir, desarmaba con agilidad. De Justo ligó varias tandas por el pitón derecho, en el centro del coso. Pero las protestas del astado iban a más. Imponiéndose sobre los caprichos del bicho, el diestro cerró con unos derechazos, cimbreando la cintura, y abriéndole la Puerta Grande. El estoque cayó entero, desprendido. Una oreja.

Gonzalo Caballero quiso superarse a sí mismo con Currito (3º). El ejemplar de Alvaro Nuñez, rápido, ágil, de finas hechuras, aunque escurrido de carnes, tenía las orejas bien puestas y no quiso cederlas a nadie. Reventó un burladero y se caía en los lances por el celo con que seguía el engaño. Estaba pendiente de todo lo que sucedía en el callejón. Se picó sólo y se quitaba la vara él sólo, hizo tomar el olivo a media cuadrilla. No sé si Caballero llevaba en vez de estoquillador una varita mágica, pero el morlaco hizo un mutis y se mostró noble, presto al cite y se dejó hacer unos desplantes gallardos. Gonzalo Caballero salió airoso de un intento de desarme. La espada lo echó todo a perder. Un aviso. El triunfo no se hizo esperar. Su lote de La Palmosilla anduvo despistado o desganado en los primeros tercios hasta que el matador lo llevó por pases altos, para luego hacer una faena a base derechazos de trazo firme que iban in crescendo. El diestro supo aprovechar el gran fondo del toro y lo remató de una estocada entera. Dos orejas.

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