“¡Deberías haber sido un zapatero!”, le espetó el gran Bach a su organista durante el ensayo de una cantata, en Leipzig, tras arrancar la peluca de su cabeza y tirársela a la cara. Mal genio, malos modales, desde luego, pero si lo decía Bach es que el organista no sabía ni papa, o al menos no sabía lo suficiente para fugarse con él en su sublime acceso a lo divino. Lo procedente hubiera sido tal vez despedirle inmediatamente, aunque sin menosprecio ni insultos, y contratar a alguien mejor, aunque a la hora de la verdad el recién llegado tampoco fuera lo suficientemente bueno, y hubiera que repetir el escándalo ritual y regularmente.
Pero el nivel es tan bajo que, a mí mismo me ocurre algo similar –¡a mi paupérrimo nivel!- con la falta de dignidad profesional de la mayoría de los colegas o semejantes. Aunque mi lengua no sea fácil de sujetar, necesito hacer acopio de energía y, a veces, no teniendo posibilidades de expulsar a nadie dada mi nula posición ejecutiva en la vida, lo que hago es desaparecer yo mismo del colectivo después de haber rellenado mi pliego de cargos. Por este motivo no he hecho en mi longeva vida ni una pequeña parte de lo que hubiera podido hacer sinérgicamente con los demás. Si eso es soberbia, pues venga Dios y lo vea y, si lo es, pues que por favor me perdone.
Puede parecer algo trivial lo que estoy queriendo decir, pero este “zapatero a tus zapatos” es más necesario actualmente, a tenor de la gravedad de las cuestiones. Hoy mismo mi queridísima amiga y doctísima mujer, Adela Cortina, escribe en El País: “algunos tecnocientíficos recordaron una vez más que su propósito consiste en crear robots inteligentes, autónomos, con sentimientos, que en tal caso deberían ser reconocidos como personas morales, y no solo legales, con todos los derechos que en ese caso les corresponderían. ¿Por qué ese empeño en ampliar el círculo de los seres a los que debemos considerar personas? ese afán cobra fuerza al hilo de las reivindicaciones de los movimientos animalistas, y que en el primer tercio del siglo XXI ha tomado un giro inesperado con la idea de persona electrónica y con las promesas poshumanistas.
En principio, considerar a un ser como persona supone reconocerle un conjunto de derechos que los Estados y las demás personas deben respetar y proteger. ¿Cuál es el criterio por el que se distingue a las personas y las hace acreedoras a esos derechos? Desde recurrir a un criterio fuerte, reclamando características como autoconciencia, autonomía, intimidad, emoción y capacidad de diálogo, a rebajar el nivel de exigencias contentándose con la capacidad de sufrir, pero refiriéndose a los animales superiores. Hoy se acusa de incurrir en especismo a quienes vinculan el concepto de persona a los seres humanos, porque eso supone conceder a la especie humana un estatus moral más elevado que al resto, pero los defensores de los derechos de la naturaleza consideran “generismo” reconocer solo derechos a los animales, obviando a la naturaleza. Pero hoy la discusión sobre el valor de los animales y la dignidad de los humanos se amplía al incluir a las personas electrónicas y a las superinteligencias prometidas por el poshumanismo, que rebasan el límite de lo biológico.
Si se llegara a crear sistemas inteligentes con sensibilidad y con la misma capacidad de sabiduría que un humano, ¿el humano y la máquina no tendrían el mismo estatus moral y, por supuesto, legal y político? Si dos seres tuvieran la misma funcionalidad, la misma experiencia consciente, y solo se distinguieran por el sustrato de su implementación, ¿negarles el reconocimiento como personas no sería equivalente a repudiar a alguien por el color de la piel o la raza? ¿No sería, a fin de cuentas, incurrir en otra discriminación? Si es posible, como promete el poshumanismo, superar a la especie humana creando una especie nueva de superinteligencias, de modo que los humanos dejen su soporte biológico y pasen su inteligencia a las máquinas, el sustrato de la inteligencia artificial sería de silicio, los seres humanos serían un elemento más en la cadena de la evolución que culminaría en esos seres singulares, y la singularidad reclamaría renunciar al especismo humano, al generismo animal, pero también al biocentrismo. Exigiría entender que un cerebro en un sustrato de silicio es una persona, a la que hay que exigir el cumplimiento de deberes y proteger en ella unos derechos, porque no hacerlo sería discriminatorio. No se trataría solo de que una persona humana se convierta en un cíborg, sino de que un sistema inteligente sea persona.
En un mundo poshumano, ¿cómo habrá que tratar a las superinteligencias cuando lleguen, si es que llegan? No lo sabemos, pero es asombroso contemplar cómo se desatiende a millones de personas que mueren diariamente de hambre y miseria y, sin embargo, el empeño con que se pretende llegar a una poshumanidad y a la vez se incluye a nuevos socios en el club de lo que se considera personas. Según Naciones Unidas, 24.000 personas mueren al día de hambre o por causas relacionadas con el hambre, los derechos civiles y políticos están muy lejos de protegerse en países autocráticos y totalitarios, en democracias iliberales y en democracias imperfectas, que olvidan fortalecer las instituciones y renuncian a la separación de poderes; los derechos económicos, sociales y culturales son inexistentes en una gran cantidad de países, de la paz se habla como de una utopía que no tiene ni tendrá lugar. Potenciar los sistemas inteligentes al servicio de las actuales personas es indispensable, no sea cosa que las tecnociencias acaben convirtiéndose en ideología en la línea neoliberal de Silicon Valley o en la del capitalismo comunista chino”.
“¡Deberías haber sido un zapatero!” hay que decir con rotundidad inteligente y dinámica, como Adela Cortina, a los que se cubren la cabeza con la peluca del humanismo degradatorio y del inhumanismo mineral, vegetal y animal, a costa del humano. Esta forma de hacer los inverosímiles experimentos con gaseosa, ¿quién lo pagará cuando ya nadie haya que lo pague? Semejante pregunta no procede del miedo personal, como algunos favorables a este rebenque podrían maliciarse, sino la pequeña forma de llamar a rebato, sin arrebato, a la humanidad que parece tan feliz con estas tarascadas. Pobre humanidad: no teniendo bastante con el desastre terricida, ahora brinda por el eco/antropologicidio para entregarse al hedonismo aburrido, siempre guiado por los pijoprogres de la historia que han ido a colegios de pago católicos. Católicos lo son, desde luego, por la universidad de sus aberraciones.
Y de momento mi vecino me rompe los oídos con su estridente hiphop, el otro día me mordió un simpático perro en Burgos, al que afortunadamente no transmití la rabia por miedo a que me mordiera su amo, y aquí estamos con el género tan fluido en este valle de incertidumbre, que dentro de unos días voy a tenerme que operar de la próstata, a ver si averiguan al fin qué es lo que me pasa; de momento, el diagnóstico del urólogo que me concedió tres de sus generosos minutos para mi exploración, fue lacónico pero tumbativo: “tiene usted una próstata de caballo”. Vean ustedes cómo esto del animalismo lo encarno en primera persona, lo que aumenta mi invencible protagonismo como narcisista. Peor fue lo que le ocurrió a Cipriano Mera, un anarquista célebre en la historia del movimiento obrero español, que trabaja de albañil y que fue el segundo de a bordo de Buenaventura Durriti: cuando estaba subido en el andamio, la guardia civil lo arrestó y los tribunales le aplicaron la ley de vagos y maleantes. Está visto que buscar un empleo o ejercerlo es cuestión de vagos. No tiene sentido ser juzgado por la ley de vagos y maleantes para luchar para la obtención de un trabajo, de cuya ausencia muere cada día uno de esos 24.000 parias de la tierra de que habla Adela Cortina.