La ideología comunista más radical y retrógrada ha invadido el PSOE de Pedro Sánchez. Los postulados socialdemócratas han sido desterrados para mantener al líder del partido en La Moncloa, obligado por sus alianzas con Podemos y los separatistas. Las purgas de Nicolás Redondo y Joaquín Leguina son el mejor ejemplo de la visión estalinista del poder. Como suele, lo ha explicado a la perfección Felipe González al recordar que a él “no se le pasó por la cabeza expulsar” al padre de Nicolás Redondo, entonces líder de UGT, el sindicato socialista, a pesar de haber convocado y celebrado una masiva huelga general contra su Gobierno que paralizó y conmocionó España. Es la diferencia entre el que fuera histórico líder del PSOE y el actual. Uno respeta el derecho de opinión, de expresión y de manifestación de los españoles. El otro, no.
Pedro Sánchez y sus voceros han insultado a José María Aznar al llamarle “golpista” por convocar una movilización de la sociedad civil en contra de la ley de amnistía que prepara el presidente en funciones. Una movilización a la que, por cierto, se ha apuntado Alfonso Guerra que ha declarado que “no le importaría ir” a la convocada por la SCC por el mismo motivo. Aunque le gustaría, Sánchez no se atreve a purgar al que fuera vicepresidente y, menos aún, al expresidente, a pesar de que ataca sin cesar al PSOE actual por vivir a expensas de los comunistas y separatistas que quieren desguazar la Constitución. Si, al final, se conforma un Gobierno Frankenstein al cuadrado, no hay que descartar que promueva un decretazo para mantener el derecho de manifestación a los partidos de izquierdas y separatistas, pero prohíba “por golpista” las convocadas por la derecha. Se podrán celebrar concentraciones “democráticas” para exigir que los etarras más asesinos sean excarcelados o que los golpistas catalanes, amnistiados. Pero no será posible criticar al nuevo Ejecutivo en la calle por arramplar con la Constitución para complacer a sus socios.
Joaquín Leguina fue un excelente presidente de la Comunidad y es un socialista de la vieja guardia, de los que defiende la democracia y la libertad. Al igual que Nicolás Redondo, el valiente político vasco que plantó cara a ETA. Y ambos han sido purgados por Pedro Sánchez con la excusa de su “reiterado menosprecio a las siglas del PSOE”. Un menosprecio que, en realidad, es el actual líder socialista el que lo ejerce sin paliativos, sin medida y con una ira totalitaria. Un menosprecio al PSOE histórico que contribuyó a que la democracia se implantara en España gracias a una Constitución aprobada por la inmensa mayoría de españoles. Esa Constitución que será papel mojado si Sánchez gobierna los próximos 4 años a las órdenes de Puigdemont, Junqueras y Otegui.
Pedro Sánchez no es comunista; menos aún, socialista. Su ideología sólo se basa en su adicción al poder que le lleva a pactar con el diablo del color que sea con tal de mantener la poltrona. Y, ahora, para complacer a sus socios con una inadmisible ley de amnistía se transforma en un estalinista de la vieja guardia. Porque ni siquiera admite que sus propios compañeros de partido, además de históricos socialistas, critiquen sus alianzas para ser investido presidente. Y, para ello, recurre sin pestañear a aplicar las purgas estalinistas.