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AL PASO

El consuelo de la vida, según Ignatieff

Juan José Solozábal
martes 19 de septiembre de 2023, 19:52h

1-Michael Ignatieff se ha planteado en su libro (En busca de consuelo, Taurus, 2023) la pregunta de si cabe en los tiempos duros que vivimos encontrar consuelo, y en definitiva hacerlos más llevaderos. Los tiempos que vivimos, colectivamente, han sido los de la Covid, cuando la sociedad se paralizó, bajándonos los humos y quizás poniendo en tela de juicio todo credo profano; y se corresponden ahora con la guerra que ha aparecido en Europa y cuando muchas democracias han de afrontar los riesgos de su desvirtuación o su propia quiebra institucional. Individualmente el futuro es inevitablemente el envejecimiento y la ruina nuestra y de quienes nos rodean (envejecer, morir es el último argumento de la obra, Gil de Biedma). Hallar consuelo es percatarse de la situación, cayendo en la cuenta de su sentido, y afrontarla con esperanza, que no es lo mismo que con optimismo: este no es la convicción de que algo saldrá bien, sino la certeza de que algo importa, con independencia de cómo acabe saliendo (Havel). Se trata de encarar la vida con “esfuerzo y ánimo”, diríamos cervantinamente. Por el libro de Ignatieff van desfilando hombres y mujeres que vivieron circunstancias catastróficas. Sus historias nos dan perspectiva para ver nuestra propia época y nos inspiran con su lucidez. Se trata de un relato fascinante, servido con una erudición admirable y en muchas ocasiones de soberbia belleza.

2-Decía Jacques Chevallier que el historiador de las ideas había de esforzarse por averiguar el secreto o la clave de cada autor que se estudiaba. En el repaso del pensamiento filosófico que hace Ignatieff el secreto a resolver de cada autor es encontrar su consuelo para su propia vida y la de sus contemporáneos, esto es, en qué cifran la felicidad o la desdicha.

La reflexión sobre el consuelo ofrece un primer modelo llamémosle idealista: la referencia es la justicia divina, esto es, el orden querido por Dios (Libro de Job, Salmos, San Pablo) o el decoro (estoicismo, Cicerón, Marco Aurelio). Job se consuela porque termina su vida seguro y sumiso ante el orden cósmico de Dios, aunque no lo comprenda. La integración en el orden divino proporciona la seguridad de la certeza inmutable. “Mis días se desvanecen como humo; Tú, en cambio, eres siempre el mismo, tus años no se acabarán”. San Pablo ofrece un consuelo, el de la fe, que es universal: no hay judío y griego, esclavo y libre, pues que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús. En el despotismo piensa Cicerón no hay consuelo posible: cuando la República está agonizando, en su ruina institucional, la vida política carece de sentido. Pero aun en esta situación cabe el decoro, que exige oponerse a la adversidad con fortaleza: si queremos ser virtuosos debemos despreciar la muerte y el dolor. En los diarios de Marco Aurelio lo que las generaciones posteriores pueden hallar, dice Ignatieff, es su franqueza sin igual sobre la soledad, el desánimo, el miedo y la muerte que nos hacen buscar consuelo.También su convicción de que nada impide practicar la virtud en el presente. Lo que debía inspirar a un hombre era un pensamiento justo, unas actividades consagradas al bien común y un lenguaje incapaz de engañar.

La visión idealista de la consolación, esto es, la conformidad con el orden de la justicia divina o de la vida, queda reflejada en el cuadro del Greco, el Entierro del Conde Orgaz: no hay, dice Ignatieff, ninguna imagen del infierno ni de la condenación. El Conde asciende directamente al paraíso: así como en el paraíso de Dante, el cuadro retrata la alegre certeza de la salvación y el inmenso consuelo que tal visión puede aportar a los fieles .

3-El segundo periodo de la reflexión sobre el consuelo es, podíamos expresarlo así, individualista. Montaigne en lugar de confiar en la salvación de Dios, incluso en su misericordia, confió en el apego más profundo que tenemos, que es nuestro amor a la vida misma. Rechaza el consuelo de la filosofía, y lo halla “en los placeres con los ritmos y la resistencia del propio cuerpo humano”. Contrarios a la felicidad son el extremismo ideológico y el parroquialismo exagerado. Como dice Ignatieff, treinta años de contiendas civiles habían hecho a Montaigne aborrecer a los fanáticos religiosos y su convencimiento de que las simples ideas y doctrinas los autorizaban a asesinar y saquear. Montaigne era gascón y sentía un intenso apego a su dialecto, a sus tradiciones de hablar claro y a sus instituciones locales, pero de sus reflexiones está ausente el placer del arraigo de sentirse vinculado a un lugar.

Hume creó una nueva forma de consuelo: la autobiografía como relato de autorrealización. En su caso, no necesitó el consuelo religioso y no sentía más inquietud al imaginar la vida después de la muerte que al imaginar la vida anterior a su nacimiento.

Ignatieff ofrece un contraste entre las ideas de Marx, de una parte, y las de Max Weber y Camus sobre la salvación, necesariamente universal en el primer caso e individual y modesta en el otro. Lo que la utopía marxista pretende es, sobre la riqueza de la sociedad capitalista y los últimos avances científicos y tecnológicos, realizar el pleno potencial humano de toda la humanidad. La revolución no se queda en la toma del poder, pretende crear una auténtica comunidad de hermanos y hermanas. Se trataba de un humanismo cuyo objetivo era devolver al hombre su verdadera naturaleza, emancipando sus capacidades creativas como hacedor del mundo (Francisco Rubio). Ciento cincuenta años después, dice Ignatieff, su visión, la que había elaborado en París con Jenny, su esposa, a su lado, continúa siendo la única utopía que sigue en pie, el único intento de concebir sistemáticamente un mundo más allá del universo del capitalismo global.

El capítulo de Ignatieff dedicado a Weber explica la salvación de Weber del abismo de la depresión, a la que quizás le habían llevado las miserias de la vida académica y los encontronazos con su padre, recurriendo al trabajo científico, y a la misión educadora con la juventud universitaria. Estamos solos y no podemos esperar que Dios nos salve. Hemos de luchar con nuestros demonios interiores y alcanzar una vocación a la altura de lo que exigen los tiempos .Sabiendo que la ciencia moderna, con todo, no puede proporcionar a los hombres y mujeres una imagen del cosmos dotada de sentido. Educar a la juventud es suscitar su esfuerzo, recordando que « en este mundo no se arriba jamás a lo posible si no se intenta repetidamente lo imposible », y proponiéndole abrazar la responsabilidad en lugar de huir en el odio o refugiarse en la ilusión.

La peste es la respuesta a la pregunta sobre qué hacer al vivir en una época sin esperanza, la de la Francia ocupada, sin relato, sin posibilidad de escape, en la que ha de resistirse aun a sabiendas de que la victoria es imposible, aunque otras personas sean cómplices con el invasor o lo disculpen. En esta circunstancia el consuelo no es filosófico, sino ético. Ante la muerte y el mal, lo que más importaba a Camus no era quién tenía razón, sino quién consolaba a los que sufrían. Aunque vivamos fuera de la gracia no vivimos sin esperanza ni ejemplos. Siempre hay buenos ejemplos: una anciana que vela en la epidemia en silencio junto a la cama de un desconocido, haciéndole compañía de noche, para que no muera solo.

Evitar la soledad en el trance último, es lo que inspiró la obra de la Sra. Saunders, creadora en Londres de una red asistencial para enfermos terminales. « Velad conmigo » , dijo Cristo a sus discípulos mientras rezaba en el huerto de Getsemaní y« Velad conmigo » se convirtió en la frase que Saunders utilizó para expresar lo que significaba el consuelo: la compañía en la aflicción.

Sentirse consolado, concluye Ignatieff su bello libro, relatando su encuentro, al lado de su esposa Zsuzsanna, con el poeta Czaslaw Milosz, es reconciliarse con unas pérdidas, ver asumida la vergüenza y los remordimientos, “y sentirse, a pesar de todo, vivo ante la belleza de la vida”.

PS: esta vez no he podido, como en otras ocasiones, adelantarme en la reseña, muy transcriptiva por otra parte. Un comentario excelente al libro en cuestión es el dedicado por Jordi Amat recientemente en Babelia, que me puso sobre la pista.

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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