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TRIBUNA

Lo único que le interesa a la gente

martes 19 de septiembre de 2023, 19:55h

Andreas Matthias ha sido uno de los pioneros en proponer la inclusión de los autómatas en el ámbito del derecho, cargarlos jurídicamente, entendiendo que, frente a las máquinas clásicas, donde el operario era el que marcaba el comportamiento y, por tanto, el responsable, el hecho de que haya máquinas formadas a partir de redes neuronales y, en general, el advenimiento de la inteligencia artificial, cuyo comportamiento no cabe predecir a priori, obliga a descargar de responsabilidad al humano: ¿cómo salvar esto? En Lo único que le interesa a la gente (Barrett, 2023, con traducción de Luisa Lucuix y cubierta de Conxita Herrero), el escritor quebequés François Blais pone a trabajar estos y otros asuntos en un texto brillante, muy literario y repleto de ideas felices, en el que el suicido es el protagonista inesperado que se esconde bajo el ropaje de la ciencia ficción.

Blais sitúa el argumento en el 2098, en un mundo cuya política internacional nos es ajena: con 18000 millones de humanos en el mundo, las grandes potencias, como EEUU y la Unión Europea, se han visto desplazadas por el ascenso de ese país que hasta el 18 de septiembre llamábamos India y que, según parece, ahora pasa a denominarse Bharat; así, en sus páginas hallamos referencias a estudios védicos, bindi, clases de sánscrito administrativo, música carnática, nuevas rupias o el hindi como lengua vehicular. Aunque la particularidad de este universo es que muestra una sociedad híbrida en la que los humanos conviven con premikas, una clase de ginoides (robots humanoides con aspecto femenino). En efecto, Blais hereda un tópico de nuestra tradición cultural, el de la mujer artificial perfecta leída a partir del deseo masculino (desde el mito de Pigmalión hasta Ex Machina), para renovarlo en una novela donde el pesimismo filosófico, cercano al del noruego Peter Wessel Zapffe, cumple un papel fundamental.

El protagonista es un agente sueco de la Parakaar, encargado de revisar qué premikas han alcanzado un nivel de sintiencia que las eleve al estatus de persona, para lo cual se requiere que lleguen a una cota de ochenta y cinco en la escala de Kurzweil: en los extremos tendríamos cero para una piedra y cien para un ser humano. Pero ¿quién es Kurzweil? Ni más ni menos que el autor de La singularidad está cerca (2005), donde postula la «ley de rendimientos acelerados»; a saber, que el progreso tecnológico se desarrolla de manera exponencial en lugar de seguir una progresión lineal, lo que provoca avances cada vez más rápidos en diversas áreas tecnológicas. De este modo, nos acercamos a la singularidad: el progreso tecnológico será tan rápido y profundo que la inteligencia artificial superará a la humana antes de lo que pensamos. He aquí Lo único que le interesa a la gente. Este es tan solo uno de los guiños metaliterarios que pueblan estas páginas (Danielewski, Gombrowicz o coetáneos del autor también conviven en ellas).

¿Hemos de temer la aparición de la superinteligencia? Filósofos como Nick Bostrom han venido señalando que eso nos colocaría en una posición de riesgo existencial, ya que sus objetivos podrían no alinearse con los nuestros. Pone el caso de una fábrica de clips: supongamos que el ser humano coloca a una IA superinteligente al mando de dicha fábrica y le pide que maximice la producción; en tanto que sus valores no coinciden con los nuestros, nos vería como una barrera o incluso como un recurso que estaría desaprovechando para su tarea. Iría, pues, contra las leyes de la robótica de Asimov, que, resumiéndolas, apuntan a que la máquina debe tener como premisa no dañar jamás a un ser humano. Sin embargo, en el planteamiento de Blais, los algoritmos autodidactas que han despertado distan mucho de poner en peligro a la humanidad y más bien le enseñan, por la vía de la práctica, lo que por la vía de la teoría había dejado escrito Zapffe en «El último Mesías»: la tragedia existencial humana no es otra que la de haber ganado en su evolución «un excedente abrumador de consciencia», que, como leemos en Lo único que le interesa a la gente, nos impide percatarnos de que únicamente somos «un espasmo inepto entre dos eternidades de vacío» (p. 149). ¿Qué hacer con este misterio?

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