A tenor de las portadas que está copando el fútbol femenino, se diría que es un acontecimiento nacional. Para nada. Pese a haber crecido en afición durante los últimos años, tiene unas audiencias residuales y a sus partidos van amiguetes, familiares y gente con entradas regaladas por la Federación o el ayuntamiento de turno. Al igual que el llamado “fútbol modesto”, las categorías regionales -de segunda división para abajo- viven de lo que genera La Liga. O lo que es lo mismo, Real Madrid, Barcelona, Atlético y demás equipos punteros dan de comer al resto del fútbol español. Masculino y femenino.
El ya ex presidente de la Federación Española de Fútbol tenía que haber cesado hace mucho. Turbios negocios con Gerard Piqué cuando éste aún estaba en activo -ganaron millones de euros por llevarse la Supercopa a Arabia Saudí-, fiestas con “señoritas” pagadas con dinero público y un estamento arbitral tan nefasto como bajo sospecha no eran motivo para la izquierda. Sí lo ha sido, en cambio, un comportamiento grosero en el palco e inaceptable en el césped durante la celebración del reciente Mundial. A partir de ahí, los generadores de odio han puesto en marcha una campaña política -que no deportiva- para conseguir notoriedad a cargo de unas jugadoras que, en su mayoría, se han dejado utilizar.
No es, desde luego, el primer estamento federativo donde hay problemas. La novedad aquí estriba en que una serie de federadas exige que se despida a trabajadores de prensa, marketing, cuerpo técnico y sabe Dios qué más sólo por capricho. Ya lograron cargarse al entrenador que las hizo campeonas del mundo sin que, hasta la fecha, hayan explicado por qué le odiaban hasta el punto de exigir que se le privase de su puesto de trabajo. Tampoco explican la razón por la que quieren la cabeza de todos los que no les bailan el agua. En ningún otro deporte pasa eso. ¿Entonces? Tres razones: dinero, afán de notoriedad e instrumentación política.
He competido muchos años en un deporte minoritario, la esgrima. Hasta las primeras figuras tienen complicado vivir de ello. Pasa lo mismo en hockey, atletismo, equitación, rugby y un largo etcétera. Masculino y femenino, por igual. Ganarse la vida como deportista es complicado, salvo que tengas las aptitudes de Rafa Nadal, Carolina Marín o Mireia Belmonte. Ocurre que el fútbol de élite masculino mueve unas cifras astronómicas. El Real Madrid, por poner un ejemplo, amortizó al poco tiempo los más de cien millones de euros que pagó por Gareth Bale. Y otro tanto ocurre con el resto de grandes equipos. Sus partidos tienen audiencias millonarias, y la gente llena los estadios pagando auténticas morteradas por ver a sus ídolos. Messi, Neymar o Cristiano Ronaldo ganan mucho, sí, pero es que también generan mucho.
¿Qué genera el fútbol femenino? Hasta hace poco, indiferencia. Ahora, además, antipatía. Se lo han ganado a pulso. Ellas jamás llegarán a generar lo que sí generan ellos. Ni de lejos. De hecho, el fútbol femenino es deficitario. Tienen la suerte de ir a rebufo del masculino, que mantiene al resto. Pero en la mayoría de deportes, tanto ellos como ellas tienen que trabajar o depender de unos patrocinios con los que no siempre cubren gastos. Y no pasa nada, nadie se cela. Aquí, pues, hay más cuestiones en juego. Llama la atención cómo gente que jamás ha visto un partido de lo que sea no para de rajar sobre este tema. Los programas televisivos de casquería rellenan horas y horas con las jugadoras. Se habla muy poco de fútbol y, en cambio, mucho de odio, feminismo y política.
El penúltimo esperpento ha sido la negativa de varias jugadoras a ir convocadas con la Selección hasta que no se haga lo que ellas quieran, despidos incluidos. En cualquier otro deporte, masculino o femenino, esto acarrea consecuencias en forma de sanciones e inhabilitaciones. Esperemos que se cumpla la ley y que quienes se niegan a representar a su país por capricho y chantajes reciban la sanción que merecen. Ya está bien.