Hablar de las amistades siempre produce una curiosa mezcla de orgullo y pudor. Lo primero debido a que, si la estima que les profesamos es alta, es normal demostrar su importancia en nuestras vidas, aunque nos pasemos. Lo segundo, por eso mismo, porque es posible que la imagen, una vez verbalizada, puede sonarnos idealizada, limada para que se vean sólo las mejores aristas.
En las amistades literarias, el asunto se complica. Uno, si se considera tal y dice tener amigos en el gremio, cuántos lo son realmente, es decir, con quiénes tendrá una verdadera amistad más pendiente del cariño y la calidez humana que de lo que va a publicar, de la atención que recibe, de los me gusta. Son difíciles de gestionar las admiraciones, las secretas e inevitables vanidades, con la alegría hacia alguien que le va mejor que a ti, que se puedan compartir esos pequeños triunfos sin ser ensuciados por la envidia. ‘De los pequeños logros, líbrame’, decía Gaya repitiendo a Nietzsche, porque uno puede perderse en ellos. Sale más a cuenta el aprecio sincero, general y continuado en el tiempo.
En este libro, Brines. La vida secreta de los versos (Historia de una amistad), Luis Antonio de Villena deja constancia de su larga relación con el poeta valenciano, desde la juventud de uno y la madurez del otro —a comienzos de los años setenta— hasta los últimos días de Francisco Brines, hasta el final, pese a la distancia, con el trato intacto y las palabras que siempre estaban como demostración de que nada había quedado en una quimera: seguía habiendo amistad, por los versos y la vida que tanto celebraron ambos y mutuamente. Esta memoria personal se une a otros libros de Villena en los que ha explorado las posibilidades de resistencia y desgaste de las relaciones humanas desde el género de las memorias, haciendo pasar en desfile a aquellos que tuvieron su lugar fijo o momentáneo entre sus afectos, reflexionando sobre lo implacable e inmanejable que resultan, por mucho empeño que se haya puesto en mantenerlos o indiferencia que ayudara a su desaparición. Ahí están, como resultado de su afán por desgranar los recovecos de las vivencias, sus tres tomos de memorias, entre otros. Las conclusiones siempre dejan un poso agridulce. Quizás el auténtico regusto de lo vital sea ese, el que más se ajuste a lo experimentado. En versos de Brines, recogidos en este libro: ‘Quizá hayas venido, ahora que nuestros cuerpos se han amado con furia y alegría,/ para escuchar de mí esta verdad sencilla, y que aún desconoces:/ ningún hombre es feliz.’
Con menos amargura que en anteriores, Villena relata los viajes, casi todos relacionados con promociones que hacía el gobierno español de la época para demostrar su poder cultural —una práctica diluida en el tiempo o muy minorada, es innegable si se hace la odiosa comparación—, otros de placer entre los dos amigos, y las salidas nocturnas, las más destacables, con las que Villena da rienda suelta a su recreación de ese mundo noctámbulo ya perdido también. Podemos conocer gracias a estas páginas al Brines más humano, más mundano y desenvuelto, a pesar de su pudor y cuidado de las formas heredadas de su educación jesuita, en sus lujurias y placeres. Ninguna sorpresa si se ha leído su obra poética, donde son constantes las menciones a lo gozoso y lo pagano, en alusiones muy homoeróticas según qué libro —el que más, y entre los favoritos de uno, El otoño de las rosas—.
He sabido de las molestias que este libro ha causado en algunos lectores que afeaban al poeta madrileño el dejar esta imagen del poeta valenciano, pero en esas quejas está el quid al que Villena dedica varias líneas a lo largo de los capítulos. Brines fue homosexual, en absoluto militante, pero en su poesía estaba ese sustrato porque venía destilado de lo vivido, de quien era. La obra siempre puede separarse del artista, faltaría más; lo contrario no crea sino visiones limitadas y refuerzo de prejuicios en detrimento de los valores literarios, que son al fin y al cabo los que importan y quedan. La vida del artista, bueno, a decisión de cada uno el sumarla o no a la imagen transmitida en lo leído —que por supuesto, por voluntad propia del artista, pueden estar ligadas y no tenga sentido la disociación—, según la sublimación que se acabe haciendo (y esto es fuente de polémicas constantes hoy día, algunas importantes y otras ganas estériles de gresca). ¿Cuál es el problema entonces? Lo pacato del carácter institucional cuando llegan los homenajes, más en la vejez. La que cuenta es la imagen última, la mentada estatua de mármol cuya pulcritud eclipsa la persona que sí fue y vivió con sus errores y aciertos. Una medalla colgada al cuello no debería dar lugar a esos talles postreros y embellecedores, pues se traiciona lo realmente vivido y escrito por lo que se quiere hacer pasar como digno y meritorio. Quien quiera hacer esa lectura, perfecto, pero el Brines poeta y persona fueron otros, más completos.
Todo esto prueba que España, su público lector, es todavía reacio a las biografías exhaustivas, sobre todo si tratan personajes que pasan a la historia, y prefiere la blancura de lo políticamente correcto y conveniente al gusto que una moda o tendencia manden o así pretendan, frente a la realidad. Ese pacto siempre reblandecerá cuando el relato verdadero se imponga: ‘Ahora acerco tu rostro hasta mi boca,/ y quiero que mi vida y tu historia concluyan bruscamente./ Y así existe el poema, no fue escrito por nadie.’