Se habla con ligereza de “pensamiento único”, tal vez haya algún “único” que piense, pero ni siquiera eso es seguro; lo que camina por la calle con patas de zancudo es ideología única, abducción de las masas y sincinesia a la que Ortega llamó certeramente España invertebrada, pues ese tipo de gentes desvertebradas, ameboides, pollos descabezados, gana por goleada. Existen tan pocas ideas creativas que, cuando se cae un lápiz en el mundo del pensamiento, es posible enterarse de su singular ruido en el otro extremo de la galaxia.
La lluvia de ideas ha sido sustituida por los tsunamis de las ideologías, todas ellas tanto más omnipresentes, cuanto más prescindibles, siendo las cuatro más contagiosas y arrasadoras en el día de hoy la posmodernez, la ideología de género, la pasión trofológica, y el paraíso de las mascotas, especialmente la del perro, animal divino según decía Gustavo Bueno. Muy frecuentemente estas cuatro ideillas concurren hoy en las mismas personas, necesitadas del pleno al quince para testimoniar que existen, es decir, para ser vistas y aceptadas al precio que sea, que ponen de relieve el pánico a quedarse solas, a crecer con identidad y personalidad propias. No puedo evitar la tristeza que mi propia niñatofobia me produce. Hasta aquí la versión feliz de la ideología única.
Padezco además la permanente tentación de preguntar al gregario: antes de ser pandillero del género, de la perricultura, de la cocina de culto, ¿a qué te dedicabas personalmente? Pues, a juzgar por su monoeidetismo de una sola neurona, parece no haber tenido ninguna vida anterior de la que pudiera derivarse la actual. No sé si, además de carecer de historia, carecen también de memoria, como tampoco si mañana abandonarán sus actuales fervorines, ni a cuáles otros habrán de entregarse, pero estoy casi seguro de que su proteica capacidad para enchufarse al último grito les permitirá sobrevivir.
Desde el 1961 fui conociendo en aquella universidad una secuencia de teorías tan excluyentes, dogmáticas, excomulgadoras y caducas como sus propias vigencias, presuntamente universales, con el común denominador de pánico a la libertad individual. En la Universidad Central me enseñaron lógica tomista en latín, como en cualquier seminario de provincia; vino luego la omnisciencia del marxismo redentor con una grey crecida en su fervorín; más tarde acampó entre nosotros el estructuralismo de “la historia sin sujeto” envuelto en el celofán publicitario francés, que de un plumazo borró del mapa cualquier pretensión humanista, pues la huella de la persona iba a disolverse en la arena de la playa; después del después del después llegó la posmodernidad a la que mejor sería denominar posantigüedad, por no haber generado libertad, igualdad ni fraternidad, vende la piel del oso antes de cazarlo; y luego la pesadilla de lo fluido, el timo y el tocomocho de la ideología de género, que en realidad es un numerito y un caso. El diario El País presenta hoy mismo a una feminista a la que presenta como “filósofa” porque está haciendo -quién sabe si la terminará- una tesis doctoral sobre el tema o mitema del género: incierto es el futuro de la filosofía.
Sin continuidad, con tierra quemada, el “quítate tú que ahora me toca a mí” se da por supuesto. Año tras año seguimos sin alcanzar ninguna verdad común, el vuelo pierde altura envuelto en las llamas aún más ardientes del entorno climático envolvente volando sin saber a dónde, el caso es llegar los primeros a ninguna parte.
¿Qué quedará de la incineración o inhumación de los residuos de esta última generación devastadora? Me temo que poca cosa, porque ella es incapaz de imaginar siquiera que, cuando mueren los grandes hombres y mujeres no se les entierra, se les siembra para la historia, que es también presente y presencia.
Creo que no podría estar encerrado, sin volverme todavía más loco, encerrado en una celda con ese tipo de gente que domina la jerga inauténtica del tetrástrofo monorrimo. Mi problema es que, en lugar de sumarme al enemigo para derrotarle, no valgo para disimular hasta ese extremo, así que la locura, si es que no está ya en mí, lo estará “más pronto que tarde”, conforme al lenguaje único que “se ha hecho viral”. Ahora bien, para evitar que poco a poco el mundo se esté volviéndose para mí una cárcel, siempre me meto en los cuatro charcos vigentes, y en otros más popiedad de la casa.
Pocos son, en efecto, los que de mi calaña están moviendo ficha combatiente, en cuyo lugar suspiran con ojos de carnero moribundo: “este mundo se ha vuelto loco”, la gran frase vacía y sin energía propositiva que los jubilatas de la vida pronuncian arrastrando las chanclas, aunque muchos de ellos se encuentren todavía “en activo” profesionalmente con sopitas y buen vino. Y lo peor es que muy pocos de los así descritos reconocen su carencia de agallas físicas y metafísicas para ir más allá de la simple queja. Son, desde luego, la contraparte del pensamiento único: son el pesimismo único.
En esencia, lo que debería ser inteligencia sentiente está a la caza de novedades, pero horra de sentido, se mueve con tan poca profundidad y de forma tan agarrotada, que ni siquiera se pregunta si esta ideología global con que se nos bombardea por tierra mar y aire a toda hora tiene algo que ver con la inversión de los valores de que hablara aquel hombre a unos mostachos pegado que se llamaba Federico Nietzsche, y si después de tanta voltereta habrá quien siga admirando ese circo mediático que es la versión infeliz de la ideología única.
Pero debajo del asfalto sigue estando la playa. Hay que ex/playarse, hay que -según cantaba el chileno Víctor Jara asesinado por Pinochet- desalambrar creativamente este mundo tan espinoso como cualquier otro universo carcelario abarrotado por un lado de influencieros con la euforia payasa de los cazafantasmas, y por el otro con el espíritu de plañidera por cuanto únicamente saben generar lágrimas que les impiden ver el sol. Pero la conversión sin la diversión es tan perecedera como la diversión sin la conversión.
Y, aunque los muchos no lo deseen, hay que estar despierto y preguntarse sin complejos: ¿estoy realizando por mi parte, pase lo que pase, el sentido que me pide la vida, o me estoy engañando y convertido en un homúnculo a quien la vida no pide ya nada porque tampoco yo le pido nada a ella? Reconocer que mi conciencia falible pueda extraviarse exige humildad. Por si acaso, en este sentido quisiera destacar cuatro actitudes básicas:
- a) Pasividad incorrecta: sumisión a la gregariedad, a la enfermedad, a las situaciones en que estoy en desventaja dejándome llevar por ellas, con su correspondiente actitud fatalista: “no se puede hacer nada, hemos perdido la batalla y la guerra”. b) Actividad incorrecta: intentar cambiar el “destino” buscando algo que no está en nosotros mismos porque carecemos de competencia deóntica para ello: no podemos evitar ni ordenar que cambie el tiempo atmosférico, pero sí fumar menos. c) Actividad correcta: aceptar el destino y encararlo dignamente aunque se salga perdedor en el empeño. d) Pasividad correcta: aprender a soslayar el destino en lugar de luchar en vano contra él dando coces contra el aguijón. Desde luego, estas dos últimas actitudes, sobre todo mancomunadamente, ayudan de una manera significativa a superar las dos versiones de la ideología única, tanto la feliz como la infeliz.