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LETRAS, CEROS Y UNOS

Libertad para los que leen algo

sábado 30 de septiembre de 2023, 18:01h

En un mundo cada vez más digital y rápido, donde la información fluye constantemente a través de pantallas y dispositivos móviles, las bibliotecas parecen estar perdiendo su lugar en la sociedad. Han pasado unos treinta años desde que estas instituciones públicas dejaron de ser un emplazamiento silencioso y más bien de tránsito rápido salvo para los estudiantes que se refugiaban en su quietud para estudiar, a ser algo más, convirtiéndose en centros culturales y de dinamización de su zona de influencia. Entraron en aquellos momentos, allá por los noventa, las películas, los discos de música, los clubes de lectura, los talleres y los bibliotecarios con iniciativa. Todo ello perdura de alguna u otra forma, pero la sociedad, salvo en pocos casos contados, parece mirarlas como algo obsoleto y, lo que es más peligroso, como algo prescindible.

Esta accesoriedad tiene como consecuencia el maltrato de la administración por sus bibliotecas. Fondos cada vez más reducidos, auxiliares de biblioteca con buena voluntad, pero escaso conocimiento, horarios irrisorios, burocratización excesiva y programación cultural exigua hace que se produzcan situaciones vergonzosas como, por ejemplo, que las casetas de un recinto festivo rodeen e incluso dificulten la entrada a una biblioteca municipal. No crean que esto me lo invento; lo he visto con mis propios ojos.

La hostelería forma parte de nuestras señas de identidad, pero la cultura tiene casi todo que decir en cómo somos como personas y como sociedad. Me dice un editor amigo mío que también vende sus libros en ferias y romerías que tenemos lo que nos merecemos. Quizás en una noche venda cinco o seis de sus poemarios a diez euros mientras que, a su lado, las colas para la pulpería con raciones a dieciocho euros son continuas. El pulpo cuesta casi el doble y vende mil veces más que un libro de poemas. Decía Cervantes que el año abundante en poesía suele serlo también de hambre y aquí leer ya se verá, pero hambre no pasa nadie, aunque la ración cueste casi lo mismo que dos libros. En mi ciudad fue muy famosa una pintada que se mantuvo durante años en los muros de la catedral que rezaba “Libertad para los que toman algo”. Eran finales de los setenta y si buscan en Google pueden encontrarla. Yo ahora cambiaría “toman” por “leen” porque quita a la gente los libros y habrá un pequeño revuelo, pero ciérrales los bares y aquí se monta la tercera guerra mundial.

Esto que les cuento es aún más sangrante en el caso de las bibliotecas escolares. A ellas el upgrade les llegó hace pocos años en forma de ordenadores, sillones cómodos, estanterías de colores, alfombras para tirarse en el suelo y colecciones que, cuanto más lejos de los clásicos se encuentren mejor; pero no hay disrupción, la llamada a la acción ya no es atractiva y, en algunas ocasiones, la propia rebelión es un dictado edulcorado del amo. Conozco a muchos bibliotecarios y bibliotecarias comprometidos y que se esfuerzan por lo que hacen, pero el muro contra el que chocan todos los días es quizás demasiado grueso. Ellos y algunos lectores fieles y contestatarios son los que realmente mantienen vivo el espíritu de estas entidades, todos, por supuesto, gratis et amore.

Las bibliotecas escolares me duelen por el niño que descubrió en ellas su pasión y que siempre las consideró como un templo de las humanidades, como un gimnasio de la mente, pero mi sensación es que su relevancia en nuestra sociedad se está desvaneciendo lentamente en la oscuridad. Esta triste realidad no solo priva a las generaciones futuras de acceso a un mundo de conocimiento, sino que también refleja un preocupante desinterés por la cultura literaria. Pocos fondos, el menosprecio por el bibliotecario escolar que no tiene ni formación ni titulación ni retribución económica, la cultura del usar y tirar y sobre todo la falta de planes y proyectos institucionales para dotarlas no tanto de fondos, sino de recursos culturales atractivos y valiosos para los niños, está consiguiendo que empiecen a utilizarse en muchos centros como almacenes o aulas ordinarias sin preocuparse de si los peques leen o no y qué leen y que no.

Ya he contado en esta columna que una vez acabe a puñetazo limpio por un libro, por Cipi de Mario Lori. Tendría siete u ocho años y no había manera de reservarlo en la biblioteca escolar. Desde luego que no me gusta ver a niños peleándose por absolutamente nada, pero si alguna vez los viera hacerlo por un libro les reprendería, pero con compasión, que yo quiero ser coherente con eso de la “Libertad para los que leen algo”; libertad que, para mí, siempre comienza con un libro en la mano.

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