Tengo por imposible de todo punto que se pueda ser maestro sin ser filósofo o rechazando buscar la verdad, se alcance ésta o no se alcance, pues la sabiduría no puede ser la mentira: “en nuestro tiempo, aún filosóficamente estéril en amplios círculos, se pregunta con demasiada ligereza, a la hora de valorar a un filósofo y su trabajo, si todo en sus constataciones está libre de contradicción, si no se encuentran en uno u otro lugar huecos en su sistema de pensamiento, o si algunos de sus elementos permanecen inexplicados, en vez de preguntar primeramente por la profundidad con la que el autor ha penetrado en el territorio del ser, qué hechos más profundos ha descubierto, o aquello que del mundo real o del ideal ha entendido por primera vez”[1]. Añadimos: no sólo aquello que del mundo real y del mundo ideal ha entendido, sino también amado por primera vez. No hay búsqueda ni encuentro que no venga acompañada del esfuerzo y de la inteligencia emocional, y únicamente de este modo produce sus mejores frutos[2]. Rien ne va plus, más no hay.
Por otra parte, no existe verdad sin creatividad, la mentira se autodestruye por su propia inercia. La creatividad es la inteligencia divirtiéndose y haciendo el bien pues la culminación de la inteligencia es la bondad, así como la culminación de la bondad es la inteligencia, ya que ambas conforman el haz y el envés de lo mismo; malos inteligentes son peores que buenos inteligentes, pero buenos inteligentes y buenas personas se potencian entre sí dando como resultado la humanidad deseable. La disociación entre bondad e inteligencia son trucos de magia de los hombres malos y de los hombres tontos. Desgraciadamente esto no parece haber demasiada gente que lo crea, porque en el fondo casi todos somos pillos listos, o tontos torpes en alguna medida, aunque esta afirmación pueda parecer exagerada e incluso risible a los pillos listos y a los malos tontos.
Más de lo mismo: el coraje no es la ausencia de miedo, sino el triunfo sobre él; la persona valiente no es aquella que no siente miedo, sino la que lo conquista y lo pone a producir, superando las fantasías de la invulnerabilidad y de la ineficacia: si piensas que estás vencido, lo estás; si piensas que no te atreves no lo harás; si piensas que te gustaría ganar pero no puedes, no lo lograrás; si piensas que perderás, ya has perdido. Una persona con talento se repone pronto de un fracaso, un mediocre jamás se recupera de un éxito. Imagínate ganando, pero imagínate también perdiendo: así te manifestarás sin más quebrantos como sencillamente eres, y así serás querible. Saber no es suficiente, debemos aplicar lo que deseamos y mejorar lo que no sabemos.
Pero nada de esto parece estar muy de moda. Como tantas otras cosas dignas, también parece haberse quedado obsoleto el antiguo “no robarás, no matarás”, en favor del vulgar “pilla la pasta y corre”, que a estas alturas comienza a parecer incluso un “robo educado”, pues la nueva piedra filosofal del crimen va más lejos con su smash and grab, rompe y agarra, hazlo además a plena luz del día, con vandalismo impune e incólume asegurado; cincuenta encapuchados irrumpen en tropel como el caballo de Atila en grandes almacenes norteamericanos y causan destrozos de tal magnitud que sus dueños se están viendo obligados a cerrar las tiendas. ¿No es esto un paso más en la curva degradatoria? Ahora bien, si lo es, ¿basta con las medidas clásicas para atajarlo?
Si todo se soluciona con el incremento de policías, como postulan indignados los amigos de soluciones represivas inmediatas, no lo veo en modo alguno claro; desde luego, en todo caso habría que saber el número exacto de policías necesarios para nuestra defensa, no vaya a ser que el Estado mismo devenga en su totalidad un Estado policía, con el riesgo de terminar convirtiéndose en represivo: ¿quién nos custodiaría entonces de los custodios?, cómo se evitaría que los golpes siguieran cayendo sobre los de siempre, los negros, los librepensadores, las familias desprotegidas, los profetas?
Por otra parte, parece cierto que las dimensiones meramente punitivas de las leyes no han propiciado hasta ahora ninguna ciudadanía cualitativamente más libre, igual y solidaria, ¿será ello porque las leyes mismas se han ido consensuando de una forma esclava, desigual, e insolidaria?, ¿o será que el ser humano necesita, como postulara Max Weber, que el monopolio de la violencia represiva quede a cargo del Estado?
Por otro lado, en mi opinión, que no tiene por qué ser modesta ni inmodesta sino sobre todo capaz de aportar soluciones al bien común, la llave del monopolio de la represión no debe estar sin más bajo el felpudo de las fuerzas armadas, a menos que éstas sean éticamente superiores al crimen organizado o que trata de organizarse, pues también en este rubro habría que dilucidar muy seriamente cuáles son las fuerzas armadas buenas y cuáles las malas, terreno este resbaladizo que no parece delimitable sin más, pensemos en la colusión entre los poderes civiles y los criminales en los narco/Estados bendecidos; más aún, a veces parece que el primer coludido es pueblo mismo que trabaja para los narcos directamente a cambio de mejores salarios y más consideración. “Más vale ser un día rey que toda la vida buey”, se oye, algo con lo que he tenido y sigo teniendo que enfrentarme dentro de mis posibilidades no solamente a los narco/Estados de turno, y ya conozco unos cuantos, sino también a los narcotraficantes, y a la misma opinión pública, que por mi bien resalta a veces mi supuesta valentía, pero que en el fondo piensa que soy un loco peligroso, advirtiéndome que un mal día mi familia va a tener que comprarme un ataúd barato, porque para otra cosa no da la libertad. Al final, la culpa del descacharramiento de todo termina teniéndola el toro que mató a Manolete, aunque sea bien sabido que una misma desgracia crea doloridos, indiferentes, y beneficiarios.
¿Quién le pone, pues, el cascabel ya al gato? La cuestión ha tenido muy difícil solución hasta hoy. Durante las lejanas cruzadas, el afecto familiar fue uno de los motivos disuasorios más importantes para los cruzados, pues algunas esposas de carácter, especialmente decididas a no quedarse viudas, encerraban a sus maridos para impedir que tomaran el camino. Aquellas esposas tenían motivos harto justificados para adoptar tal pauta de comportamiento, pues los maridos cruzados permanecían lejos del hogar no menos de dos años recayendo sobre la consorte la responsabilidad de administrar el castillo, los hijos y las propiedades familiares con la ayuda de los oficiales, así como de mantener ingresos y privilegios en un periodo en que vecinos poderosos recurrían a la fuerza para conseguir lo que deseaban. Además, con frecuencia no se respetaba la inmunidad legal concedida a los cruzados, pues so capa lo mismo podían ir el empingorotado personaje, el ciudadano inofensivo, el matachín de los barrios bajos, o el escapado de la prisión. Y ellas no gustaban del cinturón de castidad, tan tontas no eran.
[1] Hildebrand, D. von: La filosofía y la personalidad de Max Scheler. Ediciones Encuentro, Madrid, 2019, p. 19.
[2] Cubeiro, J-C y Gallardo, L: Nadalízate. Alienta Editorial, Madrid, 1923.