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CRÍTICA LITERARIA

El viaje de la escritura: Singladura, de Pedro López Lara

Javier Mateo Hidalgo
lunes 09 de octubre de 2023, 19:40h
Actualizado el: 10 de octubre de 2023, 11:20h

Se ha dicho muchas veces que la persona que crea deja una parte de sí en lo que hace. Que, inevitablemente, quien habla de las cosas, habla de sí mismo. Ese pensamiento se vuelve aún más luminoso cuando de lo que se habla sólo existe de puertas hacia dentro, no siendo tan visible si buscamos en ello un reflejo en lo que aparentemente representa ese mundo que nos rodea. Podría intuirse entonces que, quien escribe, anota páginas en un cuaderno de bitácora. El plumífero se echa a las aguas, procelosas o no, incluso ya está en ellas desde que nace y sigue ahí hasta cruzar la otra orilla, que es el morir —también el mirar con serenidad las cosas—. Como en un cuadro de Patinir, donde San Cristóbal transporta a un infante, el navegante lleva una responsabilidad sobre los hombros y su seguridad le impide naufragar. O, tal vez, la incertidumbre de lo que le espera unido a su arrogancia, le hace caer, fundidas sus alas, como le sucedió al hijo de Dédalo recreado en parte por Brueghel, y que tan bien explicó William Carlos Williams en su poema: “Sin ninguna importancia / lejos de la costa / hubo un chapuzón / en el que nadie reparó / así fue / como Ícaro se ahogó”. La vida sigue aunque quien la inmortalice pierda su propia inmortalidad. El campesino labra sus tierras y nada ve en el horizonte. El protagonista es sólo un punto en el horizonte que se diluye, como grano de sal en el mar.

De viajes vitales, por mar o por tierra, sabe mucho Pedro López Lara. Poeta maduro y certero, no da puntada sin hilo y en cada verso apunta y dispara, solventando cuentas pendientes, no callándose nada. Su último libro, publicado en la maravillosa editorial sevillana —obra y milagro de Abelardo Linares, Renacimiento— es ejemplo de ello. Singladura se levanta con letras de molde clásicas sobre un fondo verde. Una portada que remite a esos libros que aquel viejo y nuevo siglo XX alumbró desde los círculos intelectuales más adelantados. Su color a su vez puede aludir, quien sabe, a esas aguas marinas sobre las que el buque capitaneado por López Lara navega, no sabemos si oteando un destino —pues lo que importa es el viaje—. Su libro es un testimonio explícito e implícito de su vida en la tierra, un inventario de cosas que sin duda le conforman. Como el propio diccionario explica, “Singladura” puede remitir en sus acepciones al “viaje que se hace en una embarcación” o al “viaje real o imaginario seguido por algo o alguien”. Tanto si el viajero es marinero o si lo acompaña un curioso —el lector, presuntamente—, se cumple en ambos casos la idea de “odisea” o “peregrinaje” vital, dominado en este caso por un inteligente pesimismo. ¿Y qué pesimismo no lo es, si quien lo ostenta resulta un optimista bien informado?

Singladura se inicia precisamente con la inmovilidad, algo totalmente opuesto a la acción que implica un viaje. Nos remite a esa idea de “cueva” platónica en la que quien observa permanece maniatado y “pierniatado”, teniendo sólo derecho a contemplar las sombras de los objetos pues no puede ver la realidad que sucede fuera. El primer poema, Palabras antiguas, comienza así: “Busca el poema traducir / algo que en un remoto tiempo vio u oyó, / y ahora apenas recuerda, algo / que en su lengua materna dijo un dios”. Se remite al origen del mundo, explicado de forma mítica en la figura de Dios, el cual lleva a cabo acciones que quienes escriben no han visto pero deben creer. Incluso los que se supone que estuvieron presentes, sobrevivirán a los hechos sagrados. En Lo que fue evidente dice el poeta: “Dura el testigo más que su milagro, / se prolonga más allá de lo que supo o vio / que acaba en su memoria siendo incierto, / o divergente si hubo allí otros que vieron / aquello que se aleja ahora”.

De ahí se pasa al brevísimo poema Lacrado —casi un microrrelato, como El encargo y otros posteriores—, donde la perspectiva cambia drásticamente y quien observa asegura haber contemplado los hechos con sus propios ojos: “Lo reconozco todo. / Lo vi una sola vez, pero doy fe: / era así todo”. Tal vez ha visto todas esas cosas porque el objeto de su mirada son sus propios hechos —dependientes de algún modo, también, de Dios—. Parece ser que quien permaneció amordazado a la experiencia ha logrado desprenderse de las ligaduras emprendiendo su vuelo, fuera de la noche de los tiempos. Ahora, asegura haber visto muchas cosas, firmando con su lacre el juramento de la declaración. Con ello paradójicamente sella y cierra lo descrito, quedando su contenido vedado para los que están viniendo o vendrán. Y no sólo lacradas quedan las vivencias, sino también marcadas a fuego, como se afirma en Herraje: “Una vez más, la última, extenderé / mis alas sobre aquello: cuanto abarquen / quede de nuevo —ahora— herrado como mío”. El que da testimonio marca lo testimoniado, como la mano del ser primitivo que, sobre el muro de la pared rocosa, deja como huella la silueta de su palma, como diciendo: “Yo he estado aquí”. Esa gruta legendaria vuelve en otro de los poemas que se llama precisamente Cueva: “Ofúscate al entrar en ella: es una cueva / que agradece el respeto a su leyenda. [..] déjate conducir hasta su centro: / en él verás la Puerta, y en tu mano inscritas / todas las contraseñas. / Es el momento: ingresa”.

Voz paterna alude a la figura del padre biológico o sagrado, concreto o abstracto. Aquel del que se desciende, el pasado nuevamente: “voz del Padre primigenio y paciente que nos dice, / abriéndonos sus brazos, Hijo, entra, / todo lo mío es tuyo”. Como en Antepasado, es lo que nos precede enigma para nosotros: tanto si procedemos de un animal evolucionado como si venimos de otra encarnación o de una pareja expulsada del Paraíso, creada por quien no ha sido creado: “Conservamos memoria del tigre que fuimos, / nostalgia de la fiera que fuimos, / nostalgia de la fiera que, en satisfactoria jungla, / despedaza cuerpos. / Memoria de una jungla / en que sangraba con fruición la vida”. Es por contra Regazo el destino que anhelamos y al cual nunca podremos acceder: “Es muy sencillo: / un lugar al que poder volver / sin ser reconocidos, / el umbral y la memoria sosegados. / En el que no vamos a entrar y no estuvimos”.

Entre ese pasado y ese futuro utópico, están nuestros posibles desplazamientos o cambios de lugar, determinados por nuestra condición nómada. En Traslado se nos advierte que, “Cuando un lugar nos llama, conviene ponerse, / preguntar dónde está, qué nos ofrece. / Si pilla cerca, ir a echar un vistazo. / Si estuviera vacío, entrar, echar la llave, / que de repente habrá brotado en nuestra mano. / Quedarse para siempre”. No hay nada asegurado como certeza inmutable e inamovible. En Envés se muestra el dorso de la mano, la otra cara de la moneda: “Solo lo que nos hizo invulnerables / queda ipso facto ungido para herirnos”. Nunca fuimos dioses, siempre fuimos frágiles. Ni siquiera lo que nos ha endurecido nos asegura que nada pueda encontrar nuestro talón de Aquiles propio.

Es el espejo objeto en el que mirar lo que somos, construir la propia identidad, marco de una imagen construida con los años. Así se afirma en Espejo custodio: “oval guirnalda fiel a lo que atrapa / y nutre luego con su propia sangre, / hasta cumplir su ansia: ser custodio / de imagen rezagada, vuelta icono”. La representación personal, la identidad propia es un asunto complejo de tratar, abordándose aquí de forma certera —sobre todo, la parte que no queremos ver de nosotros mismos y buscamos cambiar—. En Tropas entrenadas, se habla de que “nada que es primordial se pierde sin esfuerzo”. Para renunciar al propio yo se exige una “metamorfosis íntegra, / cuya última fase consiste en olvidar / que siguen en nosotros incrustados los restos, / tóxicos aún, de aquello que era primordial”. Tarea como vemos inútil de antemano, pues no podemos huir de nosotros mismos.

El autor recurre a fórmulas estéticas innovadoras, como la conjugación inesperada en Dimisión del mago —“y dejé que te fuiste”— o el juego de verbos y pronombres varios, hablando del “nosotros” en Es hora de saberlo: “Son las vidas gastadas que pasé buscándote, / mientras al parecer seguías tú en la otra, la nuestra, / compartida con alguien, / a quien dicen ahora que podría ser yo, / sin que nos advirtiera nadie”. El amor también puede tener diferentes vidas, ser doble, nacer y renacer, renegando del anterior, como en Una réplica: “Déjale que se vaya, / acuérdate: solo es una copia”.

Buscando emular otras vidas, otros personajes, el narrador se disfraza a lo Gardel, homenajeando un modo de ser tan latino y sentimental en Hombre tango: “Un hombre de los de antes, / de los de tango y rasga, / burlado por cada mujer que baila / con él —con él y con los otros hombres—, / balanceado por bandoneones”. De amores, desengaños o recuerdos dolorosos que vuelven en vano —y a costa del amor propio— pero inevitablemente —forman parte de lo vivido— va también la cosa en este viaje, como se intuye en Lo haremos: “Llamar hacia un teléfono vacío / o procurar entrar en una casa / que no contesta / son gestiones aún a tu alcance / que antes o después emprenderás. / Porque el tiempo que nos queda es siempre / más largo que lo fue la dignidad”. En conjunto, el intento por olvidar buena parte de lo que pasó como auto-negación de determinadas acciones pertenecientes ya a otro tiempo se describe a modo de fábula —la personificación de los hechos como individuos y como descomunal edificio habitado por ellos mismos— en Mienten: “He reconstruido los hechos: / un edificio monstruoso, al que no es posible / atribuir un uso racional. / He interrogado a los hechos: afirman / no haber estado nunca allí”. Ese engaño se visualiza como La grieta: “La mentira es triste porque abre una grieta / entre lo que pudimos ser —hermanos de las cosas— / y lo que vamos siendo”. De nuevo, en Expediente íntimo, trata de hacerse una radiografía de la propia vida, marcando sus hitos como huellas visibles del tronco superviviente tras la tala, unido por las raíces —inevitable recordar la escena del film Vertigo de Alfred Hitchcock, cuando Madeleine señala uno de los anillos de la secuoya—: “tocón que mostrará con nitidez / lo que ramaje y frutos ocultaban: / qué clase de árbol fue, / qué hizo con la savia que le fue entregada”.

Del mismo modo que existe una autocrítica en el libro, el autor hace extensible los defectos propios y humanos al resto de la comunidad. En Mediocridad habla de esa falta de valentía general hacia las cosas, así como el modo en que esa ausencia de heroicidad se critica por quien sabe que no la tiene: “Desertar, lo que se dice desertar, / no lo hace nadie: / nuestras huidas, como nuestras vidas, son parciales. / Por eso cansa por tantas historias, / tantas quejas cuya forma es siempre / la misma: / la de un muñón que no se atreve nunca / a ser la mano que no fue y empuñar algo”. Las opiniones se llenan de palabras vacías que no se concretarán en acciones, arrogantes y destinadas a quien no puede o quiere replicarlas: “Qué patéticos somos, / con nuestros no tolero, no lo voy a permitir / o por encima de, / pronunciados siempre desde abajo, / dirigidos a alguien/ inofensivo como tú, / un compinche patético”. Esas mentes vacuas que escuchan sin rechistar, que pasan grismente como figurantes de una obra de teatro, se acercan al primer plano en Vidas absueltas: “Son vidas que se inhiben, / reprimen todo instinto, desconocen la ira, / transcurren con templanza”. A veces, no suscitar pasiones o conocer “la dicha unánime ni su disperso envés” puede ser sinónimo de lo más acertado, como le ocurre a El paulatino.

Por su parte, Incubación habla de quien elige la aceptación de la comunidad en lugar de su propia coherencia individual: “El desprestigio nace en el momento / en que la invitación es aceptada. / Surge entonces su nombre, muy pequeño, / en el elenco de asistentes a la gala”. Traición que, infringida a la propia dignidad, bien puede hacerse a la del otro, a quien se supone amigo, como en Cataclismo: “se concreta en la terraza de un bar, / a plena luz del día —las doce, por ejemplo—, a la vista de todos, […] dejando al traicionado boca cuerpo abajo”. Conviene ante estas traiciones, como defiende Se cierra el plazo, hacer un tabula rasa por más que cueste, aunque pesen más los buenos recuerdos: “Es hora de balance suma y resta/ de borrado y en paz / Se abre un nuevo ciclo […] Fuera ya de mi vida / quedan todos aquellos / aquellas y los otros los neutros aquellos / que la ocuparon para nada Ya la dejan”.

La figura de las manos aparece en distintos poemas. Las imaginamos escindidas del cuerpo y vivas, como en una imagen surrealista y buñueliana, o dignas de figurar como milagro dentro del cristiano martirilogio: en Deterioro se refiere a su uso erróneo —de nuevo, la inutilidad de algunas acciones humanas—: “Pueden las manos olvidar qué fueron, / para qué fueron hechas, y envilecerse en tareas banales”. También en Deshonra manual, que habla de cómo se esconden las acciones que denigran al ser humano: “La mano que nos hizo hombres, / y puede estrangular o construir, que son proyectos / comprensibles, humanos, debe permanecer ahora oculta, turbada por sus actos”. Desde Falsa premisa (las manos) se alude al desprecio demostrado por una persona hacia otra mediante un gesto tan protocolario como el apretón de manos: “Porque no quede sal en ellas, ¿creéis tener derecho / a estrecharlas con desdén lechoso, a no temerlas?” También están en Alucinaciones postreras, transmisoras de la memoria: “Cuando las manos pierden el último recuerdo, / ofuscada, su piel confunde a veces / el vacío reciente con el tacto del miedo”.

Otra imagen recurrente en la poética de López Lara es la de la línea o el filo que separa dos espacios que son el mismo: el vacío. Lo vemos en poemas como Apunte etiológico o En el filo: “Cuanto ocurre en la frontera, en la línea que separa / lo que no es de aquello que no ha sido, / en ese borde abarrotado al que se agarran / los cuerpos y las almas, temerosos de caer”. También ese filo puede ser puente, como en El ángel sutil —que, nuevamente recurriendo al cine, nos puede remitir al Clarence de Qué bello es vivir, aunque un tanto más oscuro en su “claridad”.

Singladura tiene también algo de relato de hazaña tras llegar al otro lado o a la mitad de la travesía, isla o descanso. En Alegato se refiere a esa parte del mundo oscura, donde sobrevivir supone salir fortalecido: “Visité, sí, las tinieblas. / Las conozco y me conocen. / Ni me arrepiento ni blasono de ello”. Esa fortaleza que aportan las experiencias en la penumbra puede dar a su vez apariencia inhumana, como en Alfa y Omega: “Soy el monstruo final, acumulado, / producto de infinitas turbaciones. […] Soy el único ser merecedor de vuestros miedos, / el disparate último, el no grabado”. Un “monstruo” producto de un mundo tantas veces infame. La “criatura” se queda observando las calamidades que acontecen en aquella Tierra y se abstiene de condenarla, demostrando una Clemencia que no ha recibido: “Si pudiera quemarlo, no lo haría. / No lo haría, y miraría luego, / con nostalgia aquiescente de pirómano, / el mundo a mi pesar recién salvado”. El que ha habitado el mundo y lo abandona puede haber sido expulsado por quienes, siendo de su misma especie, lo observan como un intruso por despuntar en su color de la masa gris, como en Expulsión del intruso. Con Cronogénesis el mismo mundo se convierte en el gran teatro, un escenario donde quien lo habita todavía no es consciente de su papel. En el siguiente, Constataciones, se demuestra que, en efecto, la obra escénica siempre difiere de cómo imaginamos que hemos de interpretarla. Aunque seamos al final nosotros quienes debemos vivir la vida y tampoco nos guste lo que decidimos —pero no hemos podido hacerlo mejor—, como explica El demandante: “Todo cuanto hemos sido / nos pide explicaciones, / que ni podemos ni queremos dar”. Como una gallina, vamos dejando que los días como huevos vayan pasando, sabiendo que de haber tenido una segunda oportunidad nada hubiese cambiado. Sólo el final, como inmensa lona, recubre finalmente lo que fuimos; el tiempo nos va “merodeando, / comprensivo y distante, atento solo” a procurarnos “el adecuado desenlace”. Tras el golpe de guadaña, asestado por el “gran depredador”, solo queda alegrarse por lo que no se nos puede arrebatar: “lo bailado”. Quedan los actos, cuya presencia hace imposible su perdón. Son como “títulos de propiedad” que se nos entregan al final, acreditando las pertenencias biográficas. Algo que no se pueden llevar ni siquiera las llamas purificadoras descritas en Recuerdo del fuego. No vale la pena “reconocer” todas las “culpas” para ser “absuelto”, dice el poeta en Rescoldo: “no creo que tengamos […] memoria y tiempo”.

La idea de muerte se une a otros temores, siempre palpitantes, como la de ese lobo nocturno: “Su aullido se oye en todo el bosque. / Te está buscando. / Ah viejo lobo insolente, herido por la noche. / No va a cejar hasta que dé contigo”. El miedo es ese sentimiento que nos mantiene alerta de posibles lobos y puede incluso salvarnos, a riesgo de evitarnos conocer nuevas cosas —en una palabra: vivir”—. Lo demuestra el poema de título latino —el latín siempre presente y bien empleado por López Lara, como buen filólogo— Quod erat demonstrandum: “Fiel hasta el fin, el miedo nos preserva / de todo aquello que podría / rasgar o endurecer la piel: valer la pena”. El modo de combatir el miedo adopta muchas veces la forma de mantra o canción de cuna —vestigio la primera de la segunda, tal vez—, pudiendo ser aplicable más allá del Lobo a otras formas representativas de amenaza: “No llegará ningún león definitivo. / Ni siquiera la rata portadora de pestes. / Nadie, absolutamente nadie se dirige hacia aquí. / Duerme tranquilo”. Como vemos, la ausencia de miedos puede ser también inquietante. El temor puede venir de nosotros mismos —nuestros peores enemigos— como cuando, en Versión última, se especula sobre lo que pensará el “último de los que hayamos sido, / el único quizá con perspectiva / de esas que llaman de conjunto”. Después de todo lo pasado, ¿será posible —¿valdría la pena?— volver para revivirlo? Según el autor, se haría necesario un único motivo: “pasadme ahora, si la hay, una razón”.

Son los últimos poemas del libro, como vemos, de tono elegíaco y existencialista, redoblando su fuerza a medida que llega a su fin esta Singladura tan particular. En Tu hora se determina el sentido absurdo del vivir: “Si llegas hasta aquí y, como yo, / no has entendido nada, es tu hora / de afrontar la verdad: no había nada, / no hay nada que entender”. En Condescendencia se hace hablar al “fin”: “viene por nosotros, y decimos / Miradlo: es el fin, ya viene. / Y él, por cortesía / y porque está cansado, asiente”. Toca leer el propio testamento, desdoblándonos en el que fuimos y en el que vamos a dejar de ser. Como en el otro autor, muchas veces no nos reconocemos en el legado que dejamos: “Releer los propios versos es tarea ingrata. / Hablan de forma rara, como si estuvieran / pendientes de sí mismos. Dicen cosas extrañas. / Quien en ellos se expresa es un desconocido / cansino y amargado, que finge sorprenderse por las vicisitudes más comunes”. Así pues, se cierra lo escrito y se encarga irónicamente que quede lo mejor posible para la posteridad, mediante unas instrucciones: “La cubierta, de piel, irá con letras de oro. / En la portada, úsese Garamond. / Las tripas, / a ser posible en blanco —marfil, un poco ajado, / para que dé la impresión de que en ellas / una vez hubo algo”.

Cerremos, pues, este legado, este testimonio de la vida que es Singladura, aclamada victoria de la supervivencia o naufragio en tierra firme. Cerrémoslo, agradeciendo siempre a su autor las valiosas enseñanzas aprendidas.

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