Me pregunta mi amigo Agapito Maestre, a quien debo el ingreso en las páginas de El Imparcial, que si tengo algún motivo especial para no escribir sobre el conflicto arabo/israelí. No lo he hecho seguramente porque no he pisado esa tierra desde hace bastantes años (donde por cierto los israelíes me tuvieron retenido unas horas nada más pisar la frontera, otra historia), y porque no veo salida convencional.
Cuatro son los tipos de nacionalismo. El primero es el de mi borrica, mi boñiga, mi huerto, mi pluma y mi mujer. El segundo, es más resentido porque se siente atacado e invadido y reivindica hasta la extenuación todo lo ajeno como propio. El primero puede y suele tener su continuación en el segundo; cuando has conseguido la cátedra sin oposiciones después de haberte indignado con la casta de los catedráticos, o cuando te han creado una parcelita de poder ya no perteneces a la casta, ahora sí podemos lo que antes no podíamos: eres una coleta coronada. He ahí el ideolecto del pequeño burgués resentido. El tercero es el de los enfermos mentales que a falta de amores mejores prefieren los vicios peores, un dolor de muelas permanente; pero lo que hay que extirpar son las raíces podridas, y eso cuesta mucho, por lo que la mayoría prefiere presumir de ortodoncia. El cuarto es el nacionalismo etno/poli/mili/religioso, más etno cuando se pretende que una Euskadi dependiente de España no puede ser católica en la práctica (Sabino Arana), y más “religioso” cuando se lamenta que el pueblo vasco fuera católico, porque tener una religión común con los vecinos debilita la propia identidad (Kurt Hold).
La religión es fagocita por la política, y ésta por aquélla. De no ser por la liturgia cristiana con sus lecturas del Antiguo Testamento, el judaísmo sería hoy casi desconocido. Soy un poco hereje en cuanto que muchos textos del A. T. yo no los leería en la liturgia católica, ni con el levitismo de muchos sacerdotes católicos que parecen ser aún de la tribu de Leví. Pero tampoco defendería el islam de la yihad -esfuerzo por someter a los impíos enemigos de la fe-, ni la umma –madre de la perfección y de la santidad exclusivamente musulmana-, ni los partidos políticos de Dios, ni la cultura del machismo brutal, de la intolerancia, de la negación de los derechos humanos porque ofenden a los divinos, amalgama de anacronismos que ignora el Renacimiento, la Reforma y la Ilustración. Del mundo judío rescataría libros sapienciales y proféticos, y del islámico a sus místicos. Del resto, de la intolerancia, vade retro. Ellos no son accidentes, sino la sustancia del islam; si desaparecen, desaparece el islam. Y otro tanto puede decirse del judaísmo, pues se odian entre sí como gemelos univitelinos.
Sin embargo, no basta con no estar en favor de ninguno de los cuatro nacionalismos, hay que atajar el mal radical, el “principio malo”, en la medida de lo posible. No hay nacionalismo bueno, todo nacionalismo hace de lo pequeño algo ridículo, se infla hasta explotar y muere matando entre explosiones de bombas. Todo soldado lleva en su mochila el bastón de mariscal, que a bastonazos apea cualquier conato de racionalidad. Et in Arcadia ego.
¿Sabe alguien a dónde van los milmillonarios préstamos, subvenciones y condonaciones para las guerras detraídas de otras partidas presupuestarias necesarias para un mundo más libre, igual y solidario? El sujeto trascendental del nacionalismo es Poderoso Caballero Don Dinero, pero el dinero es apátrida, su hidra tiene las botas bélicas en la garganta de todos los pueblos; hoy está aquí y mañana allí, une a los que se matan y mata a los que se unen, entre todos los mataron y ellos solos se murieron.
¿A qué quién o a quién qué estamos tratando de salvar y pacificar, a Occidente (eje de ordenadas del mal: USA, Unión Europea y demás lacayos), a Oriente (eje de abscisas del mal: Islam, Rusia, China y demás satélites)? Malditos fabricantes de armas -si quieres la paz prepara la guerra-, tan descerebrados como el presidente de Corea del Norte, que arrancan a su pueblo el pan de la boca para que traguen metralla. Cui prodest? Las guerras intercambian tiros, pero no visiones del mundo, ganar y agarrar el botín, no importa el precio. Las guerras locales devienen regionales, y éstas mundiales, no sirviendo para tapar el ojo al macho ninguna de las virtudes al principio tónicas pero luego patéticas e infantiloides con banderas imperiales de corso. De las malas estructuras derivan peores superestructuras, que se irrogan el poder económico, jurídico, intelectual, político, militar, pues en la pirámide de sacrificios siempre hay que subir un escalón más; no encontrarás allí a ecologistas amorosos de la talla de Francisco de Asís, esa gente no es de este mundo.
El nacionalismo es el arte de la evacuación, su más cólica deposición. El enemigo es la KK que hay que evacuar, él trata de evitar que se abran las aguas de la liberación; siempre hay un Mar Rojo en Egipto para los pueblos e individuos exódicos, sea Éxodo judío o palestino. Lo peor es que los exiliados se convierten en ultrapatriotas constructores de muros tan pronto asumen el poder. El río Jordán, נהר הירדן, tiene a pesar de su etimología preciosa, una frontera de alambres; si antes servía para bautizar al creyente, ahora para fortificar las fronteras; el Jordán está presente en México y en cualquiera de las metamorfosis de los Imperios, que siembran de bombas, de cañoneras y de portaaviones cuanto tocan, pésimas embajadas culturales, algo que los nacionalismos (fascistas de suyo) niegan acusando de cualquier barbaridad al otro.
Bárbaros que insultan a otros son bárbaros para los cuales el poder es la posibilidad de hacer daño. Y, aunque Platón y Aristóteles fueron unos bárbaros respecto de los pueblos del entorno, Aristóteles al menos distingue entre el akratés, que quiere hacer lo bueno pero hace lo malo, y el akolastós, el lúbrico desenfrenado cuyas reiteradas perversiones le llevan a convencerse de que obra bien cuando hace lo peor.
Y, como disto mucho de verme por encima de la mélée, no pudo evitar la rabia contra el turismo manifesteril y la jocundidad del derroche y regocijo de los omnipresentes niñatos universitarios –aunque haya excepciones, ¿quién no recuerda al famoso Manteca?, que sacan las palestinas alcanforadas en sus intifadas en la calle Serrano como el cucú que sacó la cabeza durante unos días, desapareció después, y al fin reapareció en las discotecas. Este manifesterismo lleva a su zaga a memos y orates que nunca faltan. Conozco Europa, allí nada más puede pedirse, y aún menos aceptarse.
De no ser por la religión cristiana, que cada día lee un texto del Antiguo Testamento, el judaísmo sería prácticamente desconocido, pues hoy no es judaísmo religioso, sino sobre todo judaidad etno/política. Soy un poco hereje en cuanto que muchos textos del Antiguo Testamento yo no los leería en la liturgia católica, pero tampoco comulgo con el levitismo de tantos sacerdotes católicos que se creen aún de la tribu de Leví. Pero tampoco defendería la yihad islámica, ese “esfuerzo” por someter a los infieles enemigos de su fe; no creo en ninguna comunidad de puros, ni en los partidos políticos de Dios, esas amalgamas anacrónicas sin Renacimiento, sin Reforma y sin Ilustración. Del mundo judía rescataría libros profético/sapienciales, y del islámico a sus místicos. El resto, la intolerancia que asesina al divergente obediencial y el machismo que clama al cielo, de eso nada quiero saber. Y ¿cómo ver con simpatía al Islam, que rechaza los derechos humanos porque le parecen una ofensa a los divinos? No un ecumenismo barato, pero tampoco deseo un tribalismo incapacidad de ecúmene. Si desapareciese el integrismo el Islam dejaría de ser, no hay diálogo con el Islam. Y otro tanto puede decirse del judaísmo, pues se odian entre sí cual gemelos univitelinos.
El año en que yo nací, 1944 publicó Jean Paul Sartre, ya autor de moda en París, su obra Reflexiones sobre la cuestión judía. Todavía cuando los nazis no habían sido liberados de los campos de concentración decía lo siguiente: “si un hombre atribuye la totalidad o parte de las tribulaciones de un país así como las suyas propias a la existencia de ‘elementos’ judíos en la sociedad, si propone resolver el “problema” privando a los judíos de algunos de sus derechos, apartándolos de ciertas actividades de ámbito económico y social, expulsándolos del territorio o exterminándolos a todos, se dice que ese hombre tiene opiniones antisemitas”. ¿Sustituiría hoy Sartre la palabra ‘judíos’ por ‘palestinos’? Seguramente sí, y entonces yo le daría la razón. Pero no veo a nadie dispuesto a cancelar definitivamente la deuda, y en su lugar siguen organizándose ordalías sin término. Sé bien a mis años que esta reflexión conllevará los remotetes de “vaticanista”, de “moralista”, y de “derechista”, bueno, todo sea por mi patria, que no es de este mundo. En Las manos sucias (1948) Sartre presenta a Höderer, un activista político, acusando a Hugo de una pereza ineficaz: “¡qué importancia le das a tu pureza, chico! No aboliremos nunca la mentira negándonos a mentir”. Tal parece que en nuestros días Höderer se haya impuesto sobre Hugo, con la diferencia de que ahora, desvinculada de la política, la gente miente como cosacos no solamente para superar dialécticamente mentira por negación de la verdad misma, sino simplemente porque sí, porque el inmoralismo se ha vuelto virtuoso, y porque en última determinación verdad y mentira son la misma verdad y la misma mentira. A partir de ahí, luz verde: lo mismo da ser colaborador que colaboracionista. En Los justos lo narra Albert Camus; buscando perpetrar el asesinato del gran duque de Rusia, Kalayef proclama: “matamos para construir un mundo en el que nadie volverá a matar”. Aquí el tiranicidio pasa la raya del caso particular para devenir un postulado universal: el existencialismo mata las esencias.
Joan Maragall, patriarca amadísimo de los nacionalistas catalanes y hombre de seny, también sucumbió a la peste del nacionalismo cuando ponía en boca de sus compatriotas la siguiente barbaridad: “lo característico del sentimiento catalán es ser a la vez un amor y un desamor: un amor a Cataluña que es un desamor a Castilla”. Yo no me casaría con ningún amante tan peligroso. Tampoco Unamuno, amigo de Maragall, evitó los mareos del nacionalismo cuando afirmó que sólo la eterna e infinita España, y no otras regiones era universal y eterna. Por no hablar de Martin Heidegger, que en su barullo místico trascendental nazi escribió mientras presumía de lingüista archi/radical. “la palabra es el acontecimiento de lo sagrado. Esta palabra aún no oída está conservada en la lengua de los alemanes”. Delirium tremens, Herr Heidegger. Esa palabra aún no oída, ¿cómo la oyó usted, como oyó el maduro de Venezuela a través de un pajarito transmitiéndole los gorjeos del Chávez aquel de infausta recordación?, ¿y por qué esa palabra hay que buscarla en los caños de la fuente alemana?