Los publicistas afirman que una buena marca, además de en un logo, debe apoyarse en un sólido relato. Sánchez sabe que para vender la amnistía en España necesita convencer a la gente con el porqué. Ha comenzado y acabado la tarea de convencimiento en sus propias filas porque percibía vacilaciones, cuando no resistencias. ¿Por qué no pregunta en la calle?
Los juristas dicen que toda ley tiene su letra y su espíritu. Con la coercibilidad del Derecho, la letra entra. Pero el espíritu es etéreo y resulta más difícil de encajar. Sánchez se agarra a ese clavo ardiendo que es lo sublime, lo puro, lo intangible: España. “La patria es el último refugio de los cobardes”. La amnistía se justifica en el nombre de España. Aliviar a una minoría minoritaria de españoles que, además, no quieren serlo, desagradando a una amplísima mayoría de españoles se justifica por el interés de España. Imaginemos que para velar por la armonía en una comunidad de propietarios, el presidente decide que los de la planta tercera no paguen la cuota comunitaria acarreando el resto con las partes alícuotas de los exonerados. En Idearium español, narra Ganivet el relato horripilante de un suceso ocurrido en un país cercano al Polo Norte a un hombre que viajaba en trineo con cinco hijos. “El malaventurado viajero fue acometido por una manada de hambrientos lobos, que cada vez les aturdían más con sus aullidos y les estrechaban más de cerca, hasta abalanzarse sobre los caballos que tiraban del trineo; en tan desesperada situación, tuvo una idea terrible: cogió a uno de sus hijos, el menor, y lo arrojó en medio de los lobos; y mientras éstos, furiosos, excitados, se disputaban la presa, él prosiguió velozmente su camino y pudo llegar a donde le dieran amparo y refugio. España debe hacer como aquel padre salvaje y amantísimo; que por algo es patria de Guzmán el Bueno, que dejó degollar a su hijo ante los muros de Tarifa. Algunas almas sentimentales dirán de fijo que el recurso es demasiado brutal, pero, en presencia de la ruina espiritual de España, hay que ponerse una piedra en el sitio donde está el corazón, y hay que arrojar aunque sea un millón de españoles a los lobos, sino queremos arrojarnos todos a los puercos”.
Dado que antes del 23 de julio, Sánchez y los suyos afirmaban hasta la saciedad que no había lugar en la Constitución ni para la amnistía ni para el referéndum, y por eso la gente votó lo que votó, ahora que tanto él como los suyos han cambiado de opinión, ¿no es posible que los españoles también hayamos cambiado de opinión y muchos hasta se hayan arrepentido de haber votado al PSOE? ¿No sería mejor convocar un referéndum para que todos los españoles decidamos si nos arrojamos a los lobos o a los puercos? Eso sí, que la pregunta del referéndum comience. “En el nombre de España”. Así tendríamos ganada la batalla del relato al decir de los cursis.