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TRIBUNA

El odio religioso

lunes 30 de octubre de 2023, 17:58h
Actualizado el: 30/10/2023 19:42h

Llevado por la búsqueda de la identidad judía (yahadut), manifiesta Martin Buber con dolor: “detrás de cuanto dice David Ben Gurión yace el deseo de que el factor político tenga supremacía sobre cualquier otro. Él es uno de los que propone ese tipo de socialización que cultiva sus pensamientos y sus visiones tan diligentemente, que impide a los hombres oír la voz del Dios viviente. Esta secularización toma la forma de una politización exagerada, pues el espíritu se vuelve una función de la política. Los políticos piensan que únicamente necesitan esforzarse por el bien del Estado en el momento presente y desde el ángulo que ellos estiman correcto. Tampoco consideran que lo que piensan pueda estar en contradicción con la moral. Si alguien viniera y les dijera que su conducta es inmoral, lo harían callar muy poco ceremoniosamente. ¡Como si el egoísmo grupal fuera más ético que el egoísmo individual!”.

En los años siguientes a la primera Guerra Mundial, Buber devino el paladín del humanismo hebreo, un camino común a judíos y árabes en una república compartida donde todos pudieran vivir concordes con un Estado binacional y una solución pacífica en Jerusalén contra la conquista de Palestina por las armas en el proceso de asentamiento judío. Sin embargo, fue desoído, pues la mayoría de la población judía de Palestina quería el Estado judío, un socialismo centralizado con escasa religiosidad. Y no pudiendo ser a la vez judío y alemán, decidió ser sencillamente un ser humano y hablar de los seres humanos en el destierro después de la invasión de su casa por los alemanes.

Pero el nacionalismo exacerbado es una enfermedad sin cura, con ella no se puede solucionar la discordia en la casa de Abrahán: “no hay una escala de pueblos; ninguno es superior a otro; Dios intenta hacer a todas sus criaturas partícipes en su gran obra de creación. El nacionalismo es una enfermedad en el cuerpo de la nación. Surge como un movimiento que trata de curar la enfermedad, pero termina produciéndola. Cuando se llega a esa situación, la nación se transforma en un Moloch ante el cual se inmola a la mejor juventud del país, pues el nacionalismo que hace de sí mismo un ideal absoluto se arroga un derecho que no le corresponde. El egoísmo colectivo no es mejor, sino más peligroso que el individual, y cae presa del pecado de soberbia. De síntoma que era de una enfermedad, se convierte en conjunto de enfermedades él mismo. Puede acontecer que un pueblo obtenga los derechos por los que luchó y, con todo, no curar: porque el nacionalismo falseado agota sus energías. Este falso nacionalismo desea imponerse sobre otros pueblos, sobre otros grupos de pueblos, y entonces la humanidad está en peligro”.

Buber propuso el binacionalismo desde el año 1921: “la voluntad nacional no está dirigida contra otra nación. El pueblo judío, que ha sido una minoría oprimida durante dos mil años en todos los países, ahora que ingresa nuevamente a la historia mundial como dueño de su destino, está liberándose definitivamente de aquellos infames métodos del nacionalismo imperialista, cuya víctima ha sido durante muchísimos siglos. No para desplazar o dominar a otro pueblo nos estamos esforzando por retornar al país con el cual estamos ligados espiritual e históricamente de forma imperecedera, y cuyo suelo ofrece suficiente lugar para que vivamos nosotros y las tribus arraigadas hoy día en él. Nuestro regreso a Eretz Israel, que va a tomar la forma de una ininterrumpida inmigración, no se propone usurpar los derechos de los otros. Mediante una justa unión con el pueblo árabe nosotros deseamos construir una patria común, una comunidad económica y culturalmente floreciente, cuya estructura garantice a cada grupo nacional un desarrollo autónomo no conflictivo. Nuestra colonización sionista, cuya meta es la salvación y renacimiento de nuestra existencia étnica, no persigue la explotación capitalista de un territorio ni sirve a ningún designio imperialista en la región. Su sentido radica en el trabajo constructivo de un pueblo en un suelo común. En esto yace nuestra confianza de desarrollar entre nosotros y las masas trabajadoras árabes una profunda y duradera solidaridad entre nuestros intereses reales, la cual sobrellevará todas las diferencias producidas por confusiones momentáneas en nuestras relaciones. Además de la conciencia de esta unión, un espíritu de mutuo respeto y afabilidad practicado en la vida privada y pública se desplegará en los miembros de ambos pueblos. Únicamente entonces el reencuentro de los dos pueblos podrá ir verdaderamente aparejado un común destino de grandeza histórica.

Cuanto hacemos allá no tiene por objeto establecer un pequeño pueblo más en el mundo de los pueblos, otro diminuto Estado en el mundo de los Estados, otra criatura para las discordias del mundo, sino para instituir el principio de algo nuevo. El sistema abierto de nacionalismo humanista exige que juzguemos a otro pueblo de la misma manera que queremos que éste nos juzgue a nosotros, no de acuerdo con sus actos de bajeza, sino por sus actos de grandeza. Sólo un sistema de esta naturaleza es susceptible de educar a la humanidad. Sin duda que hay muchas cosas de los árabes de Eretz Israel que no nos placen (también las hay en nosotros que me displacen), pero son ellos, y no nosotros, los que tienen algo que merece ser llamado con el nombre de Eretz Israel: que sus casuchas aldeanas de felajim brotaron del seno de esta tierra, pero las casas de Tel Aviv fueron levantadas sobre su lomo. No nos hemos establecido en Eretz Israel con los árabes, sino a su lado. Esta contigüidad de los pueblos asentados sobre un mismo país, en el caso de no convertirse en una convivencia, es forzoso que llegue a un estar el uno con el otro. No podemos regresar al mero uno al lado del otro. Pese a todos los enormes obstáculos que se oponen en nuestro camino, todavía está abierta la posibilidad de convivencia. Lo que ignoro es hasta cuándo dispondremos de esa posibilidad. Pero sé que, de no llegar a ello, no alcanzaremos jamás la meta de nuestras aspiraciones. Un Estado binacional aspira a una estructura social basada en la realidad de los pueblos que conviven en ella. Las bases de esta estructura no pueden ser las tradicionales, donde la mayoría domina sobre la minoría. Deben ser diferentes. Esto es lo que necesitamos, y no un Estado judío, porque cualquier Estado nacional dentro de una vasta región hostil que lo rodea significaría un suicidio nacional, y una base internacional inestable jamás podrá suplir la intranacionalidad que aún no supimos construir. Sólo si los judíos pueden ofrecer al mundo un arreglo pacífico del Medio Oriente, el mundo cumplirá las demandas judías”.

Siempre estuve de acuerdo con Martin Buber: es peor el odio entre quienes invocan a Dios que entre quienes no lo hacen. Pero la gente invoca a Dios para amatar al hombre y para matar a Dios. Ha ocurrido siempre, recordemos la guerra civil española: “una tarde tuvo lugar una quema de objetos religiosos en la playa, lo cual constituyó un triste espectáculo. El comité ordenó a todos que trajesen sus objetos de culto; imágenes, estatuas, devocionarios, reliquias, con el fin de quemarlos todos en público. Allí fueron las mujeres llevando sus objetos personales de devoción, la mayoría con evidente renuencia, más de una lanzando una triste mirada de adiós lo que había sido parte de la vida de la familia. Ni el menor indicio denunciaba que alguien, a excepción de los niños, disfrutara del procedimiento. Estos, en cambio, lo veían como una diversión de primera y cortaban las narices a las estatuas antes de arrojarlas a la hoguera”[1].

Que el judaísmo se haya convertido en mera judaidad sociológica ha constituido la gran lacra del pueblo judío. Si quieren la religión, que acabe con la guerra y el odio; si ambos quieren la guerra, que no recurran a la religión y habiten la muerte cuyo reino no tiene fin.

[1] Borkenau, F: El reñidero español. Editorial Ruedo Ibérico, Barcelona, 1977, p. 89.

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