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LETRAS, CEROS Y UNOS

Hablemos de Bad Bunny

martes 31 de octubre de 2023, 19:41h

Tarde o temprano tendría que hablar de Benito Martínez, más conocido como Bad Bunny. Si usted todavía no lo conoce, creo que debería ponerse al día porque hay quien le considera el mejor cantante de la historia, y no solo eso, sino que hay datos que lo avalan. Siga leyendo y ya le pongo al día.

El trece de octubre vio la luz “Nadie sabe lo que va a pasar mañana”, tercer álbum de estudio de este puertorriqueño lambdacista (es decir, que pronuncia la erre como ele si es que hay una erre en la posición final de la sílaba) que a día de hoy es un número uno mundial en el mundo de la música. El GOAT como dicen los modernos.

Puede que no le conozca o que directamente se lo tomen a chiste o digan que es un auténtico horror, pero en octubre de dos mil veintitrés ignorarle sería todo un error porque hay quien dice que es el artista musical más importante de todos los tiempos, y lo que es cierto es que los datos le avalan. Y yo confieso: la primera vez que le escuché pensé que era una parodia de reggetonero. Pues no. Es así.

Piense en aquellos padres de los cincuenta echando pestes de Elvis. Piense en sus hijas tirándose de los pelos cada vez que le veían moviendo la cadera. Recuerde que hace sesenta años aquella gente de bien quemaba discos de los Beatles porque Lennon dijo que eran más conocidos que Jesucristo. Todo ha cambiado para que nada cambie.

Lo nuevo, lo diferente, lo que rompe los esquemas preconcebidos, duele a la hora de ser asimilado. Es más fácil decir que es una basura e ignorarlo. Cuesta un poco más intentar entenderlo. El prestarle una atención plena a lo diferente viene a ser algo similar a intentar tragarse un hueso. Cuesta muchísimo, pero una vez hecho el obstáculo ha abierto camino. Bad Bunny no es ni nuevo, ni demasiado diferente, ni demasiado rompedor. Es el top de una corriente musical que muchos hemos ignorado, pero que ya lleva unos veinte años con nosotros. No hacerle caso es perdernos una parte importante de nuestro espectro cultural, por muy poco que nos pueda llamar la atención, pero si indagamos en la obra de Bad Bunny encontraremos aspectos muy llamativos.

Ninguna composición de Mozart en Spotify, por hablar de la plataforma más utilizada en España de música digital, llega a los cien millones de reproducciones. Cualquier tema de Bunny lo duplica o triplica en unas pocas semanas. Y usted se preguntará, ¿qué hace Fueyo escribiendo de esto en su columna de literatura y tecnologías? La culpa la tiene la poesía. Siga leyendo.

Y es que en el trap también hay poesía, y si no busquen el delicioso trabajo fin de grado de Filosofía por la Universidad de Zaragoza de la estudiante Aura Romero, desgranando, entre otras, un tema que para mí es fetiche, Ready pa morir, de Yung Beef; y es que entiendo la música como vehículo de emociones y ese tema en concreto a mí me ha hecho —y me hace— viajar muy lejos a pesar de que pudiera avergonzarme justificarlo ante mis amistades más roqueras, yo, que soy poseedor del primer LP de The Clash en vinilo firmado por el grupo en el setenta y siete.

Después de hablar de un grupo tan icónico como The Clash cuesta volver a Bunny, pero lo haremos con la duda de si Bad Bunny ya es más representante de nuestro tiempo que los británicos de la generación boomer. Todo es relativo. Prosigamos: Benito hace personalmente las letras y participa en la producción musical. No es un pelele al que se lo dan todo hecho. Sus temas son canciones fiesteras, pegadizas, que invitan a bailar… o eso creíamos hasta escuchar su último álbum, que abre con una desconcertante Nadie sabe, un tema íntimo, con base sinfónica, sin baterías en la que habla acerca de sus debilidades, de que no está al cien por cien, de que hace tiempo que no habla con su terapista o que vendió su Bugatti porque lo sentía lento. El artista se abre en canal como pocas veces ha sucedido en el mundo de la música de baile en los últimos tiempos, a la vez que muestra que lo suyo no es una broma, que lo que hace sabe hacerlo bien y que además es más profundo de lo que las apariencias podrían decirnos. Utiliza metáforas y giros de lenguaje complejos con referencias a obra de arte, deportistas famosos y momentos clave de la cultura popular, y encima lo hace bien. Describe lo que es sentirse solo ante cien mil personas y llega a impresionar el que se muestre tan débil a pesar de ser quien es.

Ya en el segundo de los cortes del disco, Mónaco, tengo una sensación extraña, como cuando en el Domus de La Coruña tocas esa barra que a la vez arde y congela. El puertorriqueño frontea, es decir, se vanagloria de sí mismo a la vez que desprende un tremendo halo de melancolía y la sensación de que la música urbana se aleja del barrio y asciende a lugar que en otro tiempo ocuparon los mass media por una posmodernidad que ya no se deja ni a sí misma ni en su sitio. Suena Aznavour cantando en un tema de 1964 que ha perdido su juventud haciendo tonterías, suenan motores rugiendo, aparecen Al Pacino y Checo Pérez. Se habla de la belleza de Sofía Vergara y de que los enemigos se les regala un coche rápido y sin frenos para que se estrellen.

En Nadie sabe lo que va a pasar mañana hay espíritu, pero falta causa social. Hay individualismo y a la vez nihilismo (“soy la estrella más grande el mundo entero, pero eso no me importa”) donde se erige como dios único y verdadero y a la vez se desmitifica. Técnicamente hablando están ahí los setenta, hay sintetizadores, hay Flow y hay hasta una respuesta a Shakira cantando que los hombres también lloran sin parar de facturar.

Aunque me haya centrado aquí en solo dos cortes todo el disco, en general, el trabajo puede entenderse desde varias ópticas. Hay una superficial que sin duda se saltaría el tema de introducción. Hay otra más profunda, la que creo que será más amplia, que desgranará las letras y las hará suyas. Otra más pensará que es basura sin más y desempolvará bien su Cowboys from hell de Pantera, bien su Descanso dominical de Mecano para “desintoxicarse” y posiblemente habrá una penúltima de las ópticas que intentará entender la maraña social de estos tiempos actuales desde sus expresiones culturales esperando cuál será el nuevo hit, el nuevo tiburón sumergido en formol o el nuevo reto-chorrada de TikTok. Quizás la última sea la más lisérgica, la que ve en el título de la obra un homenaje a Hume y al empirismo radical criticando la causalidad, ya que hay algo muy cierto: nadie sabe lo que va a pasar mañana, por el hecho de que, según la crítica a la inducción no podemos garantizar con absoluta seguridad que mañana todo siga exactamente igual que hoy, es decir, solo podemos suponer que mañana volverá a salir el sol, pues sin experiencia sensible, según Hume, no hay conocimiento.

Sin más, créanme, he buscado varias frases célebres y pomposas para acabar esta columna, pero ni Aristóteles, ni Hume ni ningún otro u otra me han convencido tanto como Jeff Bezos, fundador de Amazon, cuando dice que en realidad “lo peligroso es no evolucionar”. Evolucionemos, pues, y no traten de ignorarlo porque, a veces, lo que creen que está por venir ya es pasado.

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