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TRIBUNA

El cónsul, el pintor y la noche

domingo 05 de noviembre de 2023, 19:58h

Para una lectura más completa de este artículo, tengo que informar que previamente debería ser leído —en caso de no haberse hecho ya, pero eso sería darme demasiada importancia— uno anterior que publiqué hace unas semanas, titulado precisamente Tráeme la noche, y que ayudará a saber de dónde viene y por qué la necesidad de volver sobre ello y por qué sigue pareciéndome digno de mención.

La galería era pequeña, y el acto que nos congregó —la presentación del catálogo de una exposición que tenía la nocturnidad y lo noctámbulo como protagonistas, pero nada de escenas ajetreadas y estrepitosas como cabría esperarse si pensamos algo relacionado con lo nocturno, no, sino cuadros que mostraban calles, fachadas, letreros luminosos como fuegos fatuos que atraen un segundo y después te invitan a entrar o seguir tu camino, pues nada les dice tu consideración al respecto; son sin necesidad de ataduras, perfectos con sus murmullos solitarios— nos tenía apretados, sin mucha opción de asiento si se llegaba tarde. Así ocurrió. Ya empezado el evento, con el pintor hablándonos del origen de su fascinación por el mundo de las publicaciones, de las obras en papel que parecían juegos manuales para adultos por ese grado de seriedad mezclado con fascinación infantil, de sus primeras colaboraciones plásticas, la gente seguía entrando y saliendo haciendo sonar los goznes. Las miradas de los demás mostraban su desaprobación hacia la persona en cuestión, y podían ser varias. Las causas, las de siempre: impuntualidad, tos seca, llamadas al móvil. Pero dentro también surgían distracciones igual de llamativas. Uno estuvo sentándose y levantándose, dirigiéndose hacia la mesa delante del pintor para colocar el móvil y echarle vistazos: lo usaba como grabadora para lo que el pintor decía, en vez de escucharlo tranquilamente e intentar recoger algo de oídas, en lugar de tanta molestia con los paseítos. Las dueñas de la galería no daban abasto con los intentos de ocultar las ganas de estrangular a los susodichos. Las muecas eran justificadas. Uno les hubiera ayudado encantado. Como ruido de fondo, en la esquina que daba a mi lado izquierdo, cuchicheos entre viejas amigas, bien acomodadas, bien peinadas, bien arregladas, bien molestas.

Pero el pintor ganó toda nuestra atención cuando improvisó las lecturas de algunos textos que acompañaban sus lienzos en el catálogo, escritos por él. La voz consiguió domeñar a los inquietos y su pedregosa sonoridad mejoró la apreciación que debía tenerse de los cuadros. Él se declaró alguien literario, sentimental. A uno le tenía ganado con esas credenciales. No podía estar más de acuerdo y sentirme más identificado con sus influencias y motivaciones. De entre los elegidos para leer, uno que lo observaba desde su derecha, titulado El cónsul de Cuatro Caminos. El texto comentaba a dicho personaje que, al calor de la barra de un bar, con una alegría inmensa, explicaba que ese barrio se iba pareciendo cada vez más al Moscú revolucionario, incluso que algunos de los neones de los sitios funcionaban como contraseñas encubiertas para los comunistas. Divertidas absurdidades que nos proporcionan los personajes raros que aguantan hasta el final, cuando uno ya se ha recogido y la persiana metálica está a punto de bajarse.

Ese cónsul en particular, o ni siquiera el mencionado, pero uno que todos hemos podido conocer en alguna ocasión o cuyo recuerdo volviera con ímpetu porque nos fue presentado, y la viveza que sentimos entonces regresa con creces, nos llevó por unos minutos a las avenidas de Reina Victoria y Bravo Murillo, a las angustias y confesiones que pensamos puede arrastrar alguien así, en permanente estado de búsqueda de interlocutores con los que compartir unas soflamas, sentirse parte de un grupo de desconocidos que se interesan por sus anécdotas, y olvidarse un rato de la expresión dura que le devuelve cualquier reflejo a la que sale de nuevo a la calle, siempre fuera hasta la siguiente ronda.

Aplaudimos, como es natural. Todos profesábamos una estima al pintor y su mundo y lo reunido aquella noche. Llegaba el momento de las dedicatorias en el catálogo, de saludarse y reconocerse, brindar por el éxito que estaba siendo y continuar con lo evidente hasta altas horas, pues era viernes y merecido.

No sé si alguien más a la salida de la galería repararía en el detalle, pero la luna entre las nubes sobre el desaparecido Real Cinema y la plaza de Isabel II, era exactamente igual a la de su lienzo La luna y el sindicato, expuesto junto a la puerta. Abrí el catálogo y leí la amistosa discusión entre el cónsul y el pintor, lo poco que le gustaba al primero, que lo renombra como Noche de traición, y la defensa que hizo de él el segundo, alegando la irrealidad onírica de esas calles norteñas de la ciudad.

Pocos instantes tan realistas como esas nubes y esa luna, fueran las pintadas con voluntad de archivar un sueño, fueran las que se deshacían de mirarlas a cada paso que daba.

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