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TRIBUNA

Stalin y la creación del Estado de Israel

sábado 11 de noviembre de 2023, 17:23h

Cuando en 1947 en la ONU se estaba discutiendo la creación del Estado de Israel, los votos de la URSS de Stalin eran decisivos para la aprobación de una resolución que daba visto bueno a la formación en el territorio de Palestina de un Estado judío, al lado del otro árabe.

Para que la resolución se prosperara era necesario que a su favor votaran dos tercios de los miembros de la ONU. En una previa votación, 26 de noviembre de 1947, la suma de los votos a favor no resultó suficiente para la aprobación de la resolución. Pero en la segunda votación, la definitiva, el 29 de noviembre, se consiguió dos tercios necesarios, gracias a la postura de la delegación de la URSS y de sus satélites centro-europeos.

El mismo Stalin dio órdenes a sus emisarios en la ONU para que hicieran todo lo posible, utilizando todas las influencias y “presiones” sobre las delegaciones de los países miembros, para que la resolución fuese aprobada. Y los ejecutores de la voluntad del Gran Caudillo soviético hicieron bien su trabajo. Si no fuera así, les esperaba, en lugar de la cómoda y lujosa vida en Nueva York, los fríos y apestosos barracones en el GULAG, a donde Stalin mandaba a todos los que no cumplían sus órdenes o criticaban sus decisiones.

La tarea de los delegados soviéticos no era fácil, ya que muchos países estaban en contra de la creación de un Estado judío en cualquier parte del mundo y menos aún en Palestina.
Pero Stalin tenía sus propios planes para el futuro Estado de Israel. Su idea principal consistía en convertir a Israel en un país socialista y con ello meter la cuña comunista en una zona que hasta ahora era del pleno dominio del “imperialismo británico”.

Según los cálculos de Stalin, los judíos antifascistas del mundo entero, especialmente los que vivían en Europa y fueron masacrados y perseguidos por la Alemania nazi y sus aliados, eran grandes simpatizantes de la URSS, que había vencido a Hitler y al fascismo en la Segunda Guerra Mundial. Así que, los judíos europeos emigrarían en masa de los países, donde habían sufrido tanto, a una tierra de sus antepasados y formarían parte de su “propio” país, de su nueva patria, auténticamente judía, donde todos ellos serían dueños de sus destinos, de su nacionalidad, donde el llamarse “judío” no sería ni un desprecio ni una ofensa ni una broma de mal gusto. Donde ser judío sería un orgullo y la bendición de Dios.

Para ayudar a los israelitas a formar un gobierno y una sociedad socialista, Stalin estaba dispuesto a enviar a Israel a unos ilustres judíos soviéticos que formaban parte del Comité Antifascista Judío, que durante la Segunda Guerra Mundial estaba ayudando al gobierno soviético a movilizar la simpatía de los judíos de todo el mundo hacia la Unión Soviética, con el fin de obtener los fondos, que ayudarían a la URSS en su lucha sin cuartel contra el “nazismo”. Una especial atención el Comité estaba centrando en los círculos judíos de los EE.UU.

Mientras el gobierno británico, muy pro árabe en aquel momento, hacía todo lo contrario y estaba impidiendo la salida de los judíos europeos y de otros lugares hacia el nuevo estado hebreo, para no “enfadar” a sus satélites árabes, como Egipto, Siria o Irak.

La Unión Soviética fue la primera que reconoció el Estado de Israel, 18 de mayo de 1948, sólo cuatro días después de su proclamación oficial por el propio Israel. Sin este apoyo político y diplomático de la URSS dentro de la ONU, muy probablemente la creación del Estado israelí no se hubiera producido en aquel momento y habría sido aplazada “sine día”.

Estas fueron las palabras que el entonces Ministro de Exteriores de la URSS, Viacheslav Mólotov, la mano derecha de Stalin en el gobierno soviético, había empleado para explicar por qué la Unión Soviética estaba a favor de la creación del Estado de Israel:

“Los representantes de los países árabes señalan a que la partición de Palestina representaría una injusticia histórica. Pero no se puede estar de acuerdo con este punto de vista, porque el pueblo judío tenía sus lazos históricos con Palestina durante un largo periodo de tiempo”.

Los diplomáticos soviéticos estaban trabajando en la ONU para favorecer al máximo los intereses del Israel. Incluso, hacían todo lo posible para que el territorio de Palestina que se otorgaba a Israel fuera más espacioso que el que se asignaba a los árabes.

Stalin no solo apoyó a Israel políticamente, sino también con las armas, cuando los países árabes, vecinos de Israel, una vez proclamada su fundación, inmediatamente habían declarado la guerra del exterminio al nuevo Estado judío. La URSS enviaba las armas a Israel no directamente, sino a través de Checoslovaquia, ya que los EE.UU, en aquel momento, estaban llamando a todos los países del mundo no enviar armas al “polvorín” del Oriente Próximo.

El primer “Primer Ministro” de Israel, David Ben-Gurión, reconocía que sin esta ayuda soviética Israel no hubiera podido resistir ante la agresión de todos los ejércitos árabes.

Pero, a pesar de los esfuerzos de Stalin de convertir el nuevo Estado judío en una “avanzadilla” soviética en la región, la URSS no lo consiguió y la tan estrecha amistad judía-soviética no ha durado mucho tiempo. Stalin, de repente, había cambiado de opinión, cuando los judíos que vivían en la URSS empezaron a manifestar sus deseos marcharse al recién creado Estado judío, la patria histórica de sus antepasados.

El Caudillo soviético lo consideraba como una traición de los judíos soviéticos a su “verdadera patria socialista”, creada por los bolcheviques después de la revolución socialista en 1917, que liberó a los judíos de los “pogromos” y las opresiones en la Rusia zarista.

Más aún, cuando los principales líderes bolcheviques, que derrocaron al poder del Zar, fueron de sangre judía, como Trotski, Kámenev, Zinóviev, Svérdlov, Urítskiy, Yagoda, Litvínov (la lista es larga), y eran más cercanos colaboradores del propio Caudillo de la Revolución Bolchevique de 1917, Vladimir Lenin, también judío por su madre.

Stalin desató una tremenda ola de represión y de persecución de los judíos soviéticos, acusándolos de ser unos cómplices de un complot del “sionismo mundial”, encabezado por los EE.UU, contra la URSS. Apareció un término, acuñado por el propio Stalin, con que empezaron a llamar despectivamente a los judíos en la URSS: “los cosmopolitas apátridas”.

Esta política claramente antisemita del Gran Líder del Estado Soviético, produjo las protestas del gobierno de Israel y causó un profundo deterioro en las, hasta hace poco, tan amistosas relaciones entre ambos países.

Desde entonces, incluso después de la muerte de Stalin, las relaciones entre la URSS e Israel, eran llenas de tensiones y de una constante agresividad por parte de la propia Unión Soviética, que había apostado claramente por el lado árabe y anti judío en su política en el Oriente Próximo.

En todas las guerras y los conflictos, que se han producido entre los judíos y sus enemigos árabes (los egipcios, sirios, jordanos, iraquíes, iraníes), la URSS siempre apoyaba a los árabes, tanto política como militarmente. Stalin y luego los sucesivos gobiernos de la Unión Soviética intentaban convertir, ahora a los países árabes en lugar del Estado judío, en la avanzadilla soviética contra los imperialistas británicos y estadounidenses en esta importante región del mundo. La URSS promovía y ayudaba con todos sus medios a los partidos y gobiernos árabes de una tendencia socialista, como en Egipto, Siria, Irak y otros países del Oriente Próximo. Salvo un corto periodo de los gobiernos demócratas-reformistas de Mijail Gorbachov y Boris Yeltsin, la Rusia, encabezada por el presidente Putin, ha proseguido esta línea soviética anti judía y pro árabe, lo que se ha manifestado con toda claridad en la actual guerra entre Hamás e Israel.

También hubo otra explicación de la ruptura política entre La URSS e Israel, poco después de la creación del Estado judío. El gobierno israelí estaba empezando su acercamiento hacia los EE.UU, donde la diáspora judía estaba jugando un importante papel en la vida política estadounidense, orientándola a una masiva ayuda financiera al joven estado hebreo.

En aquel momento los EE.UU tenían muchísimo más recursos para destinarlos a la ayuda a Israel que la Unión Soviética, recién salida de la Segunda Guerra Mundial, fuertemente destruida y arruinada para poder desplegar grandes recursos financieros y materiales con destino a Israel.

Por tanto, el cabreo de Stalin fue doblemente frustrante, no sólo no consiguió su avanzadilla socialista judía en la región árabe-musulmana, sino participó activamente en la creación de un Estado hebreo que se convirtió en el baluarte del imperialismo norteamericano en el Oriente Próximo. Y descargó toda su venganza en los judíos soviéticos.

Durante el periodo estalinista fueron perseguidos, detenidos, juzgados y enviados al GULAG – acusados de ser agentes del “sionismo mundial al servicio del imperialismo norteamericano” – miles de judíos que formaban la flor y nata de la intelectualidad soviética: destacados científicos, físicos, matemáticos, ingenieros, médicos, escritores, poetas, músicos. Todo esto repercutía negativamente en el desarrollo de la industria y la ciencia soviética, cuyas consecuencias se manifestarían más tarde, en la época post estalinista de Jruschiov y Brézhnev, en forma de un enorme retraso de la URSS en las más avanzadas ramas tecnológicas, como la informática y la carrera espacial, quedándose la URSS muy por detrás del líder tecnológico mundial, que eran entonces (y siguen siéndolo hasta ahora) los EE.UU.

Las persecuciones de los judíos en la URSS post estalinista seguían su curso, pero con menos tensión y brutalidad. A los judíos no se los enviaban a las cárceles, no se practicaban en el país los “pogromos”, pero la mayoría de la nacionalidad judía no podía desempañar cargos importantes en ninguna rama científica e industrial. Para los judíos fueron establecidas unas “cuotas de participación” limitada, ya que no se podía prescindir totalmente de los judíos sin degradar por completo el avance del país soviético en todas las ramas científicas, industriales y culturales.

Toda esta política antisemita en la URSS no hacia otra cosa que aumentar el ánimo de los judíos soviéticos a salir de la URSS hacia Israel, donde encontrarían la libertad y la dignidad de ser “judío”. Esta tendencia empezó a crecer con más fuerza después de la victoria de Israel, en 1967, en la “guerra de seis días” contra sus agresores árabes.

Pero en aquella época ningún ciudadano soviético podía salir de la URSS al extranjero sin la autorización explícita de las autoridades del país. Nadie y judíos menos aún. Salvo algunos privilegiados del sector del comercio exterior, diplomáticos y periodistas. Especialmente se destacaban entre estos agraciados las élites deportistas y artísticas, que proporcionaban a la URSS la fama y el prestigio en la palestra internacional en sus respectivas áreas de actuación.

Pero, de repente, los sueños de los judío soviéticos empezaron a convertirse en la realidad. Por unos motivos tan “extravagantes” que vale la pena de comentarlo.

En los años 60-70 (del siglo pasado), en la plena época de Brézhnev, la situación de la escasez de los productos y artículos del consumo popular básico en la URSS había llegado a un nivel crítico. Cientos y cientos de productos y artículos estaban racionados. Pero lo que más descontento popular creaba, era el racionamiento del pan, causado por la baja producción de los cereales en el país, donde la agricultura, desde los inicios del poder bolchevique, fue sacrificada al altar de la industrialización y militarización del primer país comunista del planeta.

La URSS, para paliar este déficit, que alcanzaba un tercio del consumo total, estaba obligada a comprar los cereales (principalmente el trigo) en los mercados exteriores a los grandes productores de este producto, especialmente a los EE.UU y Canadá. El otrora “granero de Europa”, como fue la Rusia zarista, estaba comprando anualmente más de 40 mil millones de toneladas del grano en el exterior, pagando con el oro de sus reservas, ya que el rublo no era moneda convertible.

Y un “buen” día, en 1974, el congreso de los EE.UU, bajo la presión del lobby judío, había aprobado la Ley, según la cual, si la Unión Soviética quería seguir comprando los cereales estadounidenses, debería aflojar su “telón de acero” y permitir a todos los judíos, que lo quisieran, abandonar la URSS y viajar a Israel. El gobierno de Brézhnev, por no dejar a su pueblo sin el pan “de cada día”, no tuvo otro remedio que abrir el impermeable telón fronterizo para dejar atravesarlo a sus ciudadanos de nacionalidad hebrea.

Esta increíble operación “los judíos por los panes” permitió a los judíos que nacieron y vivían en la URSS, dejar su “verdadera” patria, donde estaban mal tratados, y marcharse a la patria de sus antepasados, librándose del yugo antisemita soviético. Así, en los años 60-70, a pesar de todos los obstáculos que ponían las autoridades soviéticas a los judíos que querían abandonar la URSS, cientos de miles de hebreos soviéticos consiguieron salir del país.

Pero no todos ellos se dirigían a Israel, algunos preferían irse a los EE.UU. Es que no todos los judíos que dejaban la URSS lo hacían por los sentimientos puramente “nacional-patrióticos”, sino que aprovechaban su nacionalidad “hebrea” como pretexto para salir de la URSS y librarse del régimen totalitario soviético. Curiosamente, el ser “judío” se convirtió en un “privilegio” en comparación con las otras nacionalidades de los ciudadanos soviéticos (más de 100), incluidos los propios rusos, que estaban en contra del régimen totalitario que reinaba en su país.

Se circulaba un chiste que reflejaba muy gráficamente este tema.

Brézhnev (Secretario General del PCUS) pregunta a Andrópov (jefe de la policía política KGB, encargada de expedir visados de salida a los judíos soviéticos):

- ¿Cuantos judíos viven en la Unión Soviética?

Andropov contesta:

- Unos 2 millones aproximadamente.

- Y ¿cuantos piensan dejar el país e irse a Israel? – pregunta de nuevo Brézhnev.

- Unos 20 millones - contesta Andrópov.

Así empezó un auténtico éxodo de los judíos soviéticos de la “Tierra Prometida del Comunismo” a la “Tierra Santa del Judaísmo”. Y ahora los hijos y los nietos de aquellos judíos soviéticos están defendiendo su Patria judía ante la brutal agresión de los vándalos antisemitas islámicos de Hamás y Hesbolá, adiestrados y armados, en gran parte, por la antisemita Rusia de Putin, a través de sus grupos mercenarios al servicio del Kremlin, como el “Wagner”.

¡Qué trágica metamorfosis de la Historia!

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