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ENTREVISTA

Marian Salgado: "Soy una persona que escribe, pero ser escritor es otra cosa y muy seria"

Javier Mateo Hidalgo
jueves 16 de noviembre de 2023, 09:37h
Actualizado el: 16 de noviembre de 2023, 13:49h
Marian Salgado: 'Soy una persona que escribe, pero ser escritor es otra cosa y muy seria'
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Seguramente buena parte de la población de La Horcajada, un pueblecito abulense tranquilo y ajeno al trajín de las urbes, no sepa que cuenta con una vecina doblemente especial. No sólo por su impresionante trayectoria profesional, que la ha convertido ya en un mito, sino por esa personalidad suya tan única que hace que —como reza el título del libro de cuentos de Julio Cortázar— “queramos tanto a” Marian Salgado. Quienes tenemos la suerte de contar con su amistad —no olvidemos que ella sabe lo que es eso y nos cuenta con los dedos de su mano—, sabemos de su generosidad y cariño; cualidades éstas que sólo puede dar una forma de ser transparente, rara avis en estos tiempos. Y es que Marian es también un “ave desconocida y rara” —significado literal de la expresión latina— en peligro de extinción por sus muchas cualidades.

No lo ha tenido fácil y, por ello, más bien podría esperarse de ella una forma de ser contraria. Su historia queda relatada en primera persona en su impresionante libro autobiográfico La hija del periodista (Applehead, 2020), en el que mediante una voz directa —aunque no desprovista de su particular lirismo— nos adentra en un pasado marcado por la añoranza de un padre ausente y la incómoda presencia de una madre. Fue la progenitora quien decidió que su hija debía convertirse en el sustento familiar, emigrando con ella de Chile a España para hacerla trabajar desde su niñez en toda clase de trabajos que tendrían como marco el ámbito escénico del país.

Bien a través de la radio, el cine o el teatro —para el que llegó a realizar giras dentro y fuera de su país de acogida—, Marian fue labrándose a su pesar un extraordinario currículum que abarcaba participaciones como protagonista o actriz secundaria en el teatro físico o televisado de Estudio 1, el cine —siendo dirigida por cineastas como León Klimovsky, Chicho Ibáñez Serrador o Amando de Ossorio—, la radio e incluso el doblaje —fue la voz española de la niña protagonista de El exorcista.

La forma que tuvo de sobrellevar una vida profesional no deseada, su práctica ausencia en el colegio y la convivencia con una madre fría y obsesionada con el dinero, fue a través de la escritura. En este medio de evasión fue forjando una voz narradora e imaginativa única, la cual nos ha brindado ya madura tres incursiones literarias magníficas: la ya citada, su colaboración también testimonial en Lo que nunca volverá. La infancia en el cine (Applehead, 2022) y el libro de cuentos Lo extraño que hay en mí (Applehead, 2023). Como buena escritora, tiene en la lectura diaria una de sus aficiones. Además, tras su retiro público, nos ha brindado nuevas incursiones cinematográficas en formato cortometraje, como El último guión (David García Sariñena, 2016) o la reciente Angustias (Aída Cordero, 2023).

Hace muy poco, ha vuelto a ser noticia con la edición en Blu-Ray del film La endemoniada (Amando de Ossorio, 1975), exploit ibérico de El exorcista en el que llevó a cabo el papel protagonista. La edición del film es resultado de un cuidadoso trabajo llevado a cabo por El Setanta-Nou, que tanto está haciendo por la recuperación del género de fantaterror español.

De estas y otras cuestiones hablamos con la protagonista en la siguiente entrevista, a la que se ha prestado con la entrega que la caracteriza. Esperamos estar a la altura, conformando con ella su más aproximado retrato.

Quienes te conocemos admiramos tu valentía y coherencia al decidir dejarlo todo y apostar por una nueva vida en La Horcajada, dedicándote a lo que siempre has querido: leer, escribir, integrarte en la Naturaleza y ser lo más autosuficiente posible. ¿En qué momento tomaste esta decisión y qué fue lo que te empujó a ello?

La decisión surge cuando ya no puedo más. Cuando no me gusta lo que estoy viviendo y pienso que lo que me queda por vivir es menos de lo que ya he vivido, siendo consciente de que me voy a morir sin hacer lo que me gusta. Además, siento que tampoco soy capaz de hacer feliz a la persona con la que vivo y corto por lo sano. Encuentro la ocasión de marcharme y buscar un lugar distinto donde vivir. En principio con la idea de pasar sólo temporadas, pero después decido que es el sitio definitivo, que ya no quiero volver a la ciudad.

Cuéntanos a grosso modo cómo es tu día a día, cuáles son tus hábitos y cómo te organizas en lo cotidiano.

Mi hábito principal es el siguiente: hacer lo que me dé la gana. Decido lo que me apetece, el momento en que hacerlo y el modo de llevarlo a cabo. También es cierto que soy una persona bastante responsable y cuando tengo una ocupación me dedico a ella. No abandono lo que considero que es mi trabajo, ya sea cuidar del huerto, las gallinas, el perro o mi casa. Lo bueno es que puedo alterar los planes como me apetezca sin rendir cuentas. Esa es la diferencia respecto a vivir con otra persona, donde tendrías que consensuar todo lo que haces. Puedes hacer lo que quieras sin preguntarle a alguien si le apetece macarrones o arroz para comer. Si te quieres levantar a las tres de la mañana porque has decidido que es el momento justo de ver una película o leer un libro, no molestas a nadie. Lo haces y punto. Mi rutina es normalmente ver amanecer y ponerse el sol, eso es imprescindible. Normalmente lo llevo a cabo paseando, camino de abrirle la caseta a las gallinas o yendo al huerto para trabajar. Otro día, si no me apetece, me quedo leyendo; otro me pongo a cocinar, a ver películas o leer. Pero hago exactamente lo que quiero siempre.

Qué envidia sana, pero también qué difícil resulta ser uno mismo quien saque todo adelante. Lo bueno, como dices, es que eres muy responsable y autosuficiente. Y esas capacidades no las posee todo el mundo, lo que tiene mucho mérito.

En cualquier caso implica muchas renuncias. Renuncias a todo lo que te ofrece la ciudad: la cercanía de tus amigos, por ejemplo, que asumí que con el tiempo iban a desaparecer de mi vida y así ha pasado. Muchas amistades se han ido diluyendo, ya no nos llamamos ni nos cortamos lo que hemos hecho. Luego renuncias a muchas comodidades que tienes en la ciudad, vives con lo imprescindible y esa forma de vida te acerca mucho a la Naturaleza, lo que por otro lado está muy bien. En general creo que vivimos contra natura. Sobre todo en las ciudades, donde marcamos el tiempo yendo en contra de la Naturaleza. Cuando vives en el campo y te dejas llevar, es la Naturaleza la que te marca tu ritmo, la que te dice lo que tienes que hacer. No es lo mismo la labor de un huerto en noviembre que en marzo; no es lo mismo tener que preparar la leña para el invierno que recolectar tomates. Cada cosa tiene su ciclo y si tú te dejas llevar por esa marea constante, que es lo que te pide la tierra, la vida se ve de otra manera. Habrá a quien no le guste y me parece bien. A mí sí me gusta y creo que este tiempo que llevo viviendo aquí me está alargando la vida, igual que pienso que en la ciudad no hubiera aguantado mucho más.

Hace muy poco has vuelto a ponerte en la piel de un nuevo personaje en el cortometraje Angustias de Aída Cordero. Además, como en La endemoniada, vuelves a enfrentarte a un rol para el que te sometes a un proceso de envejecimiento. ¿Cómo preparas o interiorizas el personaje a representar?

No me preparo porque no tengo método. Quizá se deba a mi falta de profesionalidad actual, puede que fuera más profesional cuando era niña. Tengo facilidad para introducirme en la piel de otro y no tengo que mentalizarme de nada. A lo mejor tampoco me han exigido papeles duros en los que tenga que pensar y preparar el personaje. Hasta ahora lo que he hecho no ha precisado de un esfuerzo especial. Me dejo llevar por las emociones y me transformo en cada situación, no necesito ni pensarlo. En el momento en que dicen “¡acción!” soy otra persona. A lo mejor debería hacerlo y conseguiría interpretaciones más pulidas y matizadas, pero tengo una forma de interpretar muy sencilla, muy llana, que no requiere de grandes esfuerzos… al menos, hasta ahora… Ahora en San Sebastián he tenido la fortuna de conocer a Víctor Clavijo y a Javier Gutiérrez, intérprete y director de La espera, que es un peliculón. Víctor me comentaba cómo se había preparado para hacer ese protagonista tan duro. Su interpretación me parece poderosísima, cómo se entrega para el papel. Quizá ante una cosa tan dura sí es necesaria una preparación, pero hasta ahora no me ha parecido que la necesitara porque tampoco he encarnado roles que requieran un cambio físico como el suyo, ni siquiera un cambio de mentalidad. Me han parecido papeles muy identificables con cualquier situación, frases muy fáciles de decir e interpretar.

Después de tanto tiempo, ¿qué has sentido volviendo a verte protagonizar La endemoniada?

Intento ser cariñosa conmigo misma. Cuando me veo y pienso: “¡qué esperpento de interpretación!”, también soy consciente de que tenía once años. Además, me dejaba dirigir muy bien. Interpretaba lo que me decían. Si me pedían que llorara pues lloraba, si tenía que reír reía, o me angustiaba si había que aparentarlo. Quizás en la escena de determinada película me he podido implicar un poco más porque la situación me resultaba especialmente difícil o dura, pero cuando te dejas llevar por el personaje puedes llegar casi a cualquier cosa. A mí por lo menos me ha resultado tremendamente fácil la tarea de interpretar. Lógicamente hay papeles en los que estás más cómoda, o te han llevado por un camino más claro y has conseguido dar algo más de tí. Sería impensable decir: “Yo ahora interpretaría La endemoniada mejor que entonces”. Ahora casi tengo sesenta y un años y no es comparable. Creo que no es precisamente el trabajo que más me ha gustado de los que he hecho. Hay otros donde he podido entregarme un poco más, pero lo miro todo con cierta ternura. La distancia es un bálsamo muy importante.

La presentación de la nueva edición del film ha pasado por la 34ª Semana de Cine Fantástico y de Terror en San Sebastián. Descríbenos cómo ha sido esta ilusionante experiencia donostiarra.

He tenido la enorme suerte de asistir a festivales donde la gente es sumamente agradable. Es todo maravilloso y disfruto muchísimo. Además, soy una persona con una curiosidad tremenda. Cuando voy a una ciudad, no me contento con quedarme en el hotel sino que salgo a patearme la ciudad y a ver cada cosa, porque tengo siempre la sensación de que probablemente no vuelva. Me empapo bien de todo lo que hay. Me gustan mucho todas las ciudades que he visitado. En Monforte he sido tremendamente feliz por mi enorme amor hacia Galicia. Además, he disfrutado muchísimo de la compañía de la gente. Me llama mucho la atención estos locos del Fantaterror, cómo son de entregados y fanáticos con lo que les gusta, cómo lo defienden y disfrutan. Gente jovencísima que saben cosas que van más allá de su edad. Cuando me dicen: “Tú en esa época…” yo pienso: “¿Pero qué dice este niño, si por entonces ni había nacido? Se lo saben todo y es un halago muy grande que te recuerden. Además, te tratan con mucho cariño y te dicen: “Es que tú hiciste películas de culto”. Yo les contesto: “Bueno, eso fue una casualidad”, aunque sí es cierto que se han convertido en obras míticas. Por desgracia, no era consciente cuando las hice ni participé para que fueran así, simplemente me tocó estar en ese lugar y en ese momento. Pero ahora recibo unas mieles que lógicamente agradezco mucho.

La endemoniada surge al calor del éxito de El exorcista, película para la que brindaste la voz en español de la niña protagonista, interpretada por Linda Blair. ¿De qué modo influyó tu interpretación del personaje de Regan en el papel del film de Ossorio?

Estoy convencida de que nunca habría hecho La endemoniada si no hubiera doblado a Linda Blair en El exorcista. Una cosa trajo la otra y, después, La endemoniada llevó a El extraño amor de los vampiros y, de ahí, a Quién puede matar a un niño. Pero eso le pasa a todos los actores: primero hacen una cosa y se concatenan una serie de circunstancias que hacen que lleguen a otro a otro sitio. Una puerta abre otra puerta y así van circulando. En aquella época, después de doblar El exorcista —que debió ser un campanazo— surgió inmediatamente La endemoniada. Parecía que era la niña más apropiada para hacer ese papel, y más después de esa medallita tan importante que me colgué en el currículum.

Además, fuiste pionera de este campo en España. Hasta entonces, eran actrices adultas las que ponían voz a los niños. Por ejemplo, Matilde Vilariño, que dobló las voces de Pablito Calvo, Jaime Blanch o Enrique San Fancisco. Sin embargo, tú eras una niña de verdad cuando hiciste ese doblaje.

Claro, por eso la productora americana decidió contar conmigo. Además había hecho algo de doblaje y no se me daba nada mal. Preferían esa frescura que tiene la voz de una niña que no la de una persona adulta imitando a un niño, que quieras que no se acaba percibiendo siempre en alguna sílaba o en alguna nota. Aún así, grandísimas actrices imitaban a niños de maravilla, pero había algo de falso en aquello. En cambio, la frescura de una muchachita de esa edad no era imitable. Creo que eso fue lo que les hizo tomar la decisión de contratarme.

Para tu trabajo de doblaje contaste con la dirección de Fernando Rey, cuya experiencia con él recuerdas muy gratamente. ¿Cuáles son las dificultades a las que debe enfrentaste un intérprete al tener que poner voz a una dramatización ya existente?

Yo no encontraba ninguna dificultad. Para mí, doblar era muy sencillo. En mi caso, al ser una nena, tenía el apoyo siempre del director, que me daba la entrada apoyando su mano en mi hombro y lo apretaba en el momento de empezar. Llegó un momento que tampoco necesitaba esa ayuda. Como en realidad estaba interpretando a una niña como yo, no tenía que doblar escenas difíciles. Se trataba de cuando el personaje hablaba con su madre y hacía cosas muy naturales, muy normales —no tuve que ver ninguna otra escena ni me enteré de nada extraño que le pasa al personaje—. Fue algo muy sencillo, no recuerdo que tuviera ni que repetir las tomas. A lo mejor puede que tenga una memoria selectiva, pero creo que no fue un trabajo duro ni angustioso, al contrario. Todo el mérito fue de Fernando, que era un ser maravilloso. Si ya como actor me gustaba, como persona me parecía algo fuera de lo normal. Un señor de los pies a la cabeza, tal y como le ves en las películas. Esa elegancia iba acompañada de una bondad muy grande. Hay gente muy elegante pero muy distante, pero él era muy cercano. Tenía una sonrisa muy natural que le salía de dentro. Yo creo que era un tipo feliz. Cuando las personas somos felices se nota mucho, igual que cuando estás muy amargado. Encontré a una persona que me ayudaba tanto y que tenía tanto cuidado que me entregué por completo en mi trabajo. Siempre he tenido esa debilidad y creo que la sigo teniendo: en cuanto veo que alguien me quiere, me doy por entero. Me ha costado siempre mucho que me quieran, por eso cuando noto que alguien me arropa y me quiere, me fundo con esa persona. Entonces es tremendamente fácil trabajar con ella.

Otro de tus papeles recordados es el de una de los personajes que pueblan el lugar donde se desarrolla el film de Chicho Ibáñez Serrador ¿Quién puede matar a un niño? ¿Cuál es el recuerdo que te dejó este rodaje?

Para mí, Chicho era alguien muy especial. Yo le he querido mucho siempre porque, quizás, fue el primer director o de los pocos directores que me trataron como a una profesional, explicándome justo lo que quería de mí. Por eso yo no sentía miedo mientras la gente se asustaba cuando les miraba con esos ojos tan intensos. A la gente esa mirada tan profunda la echaba un poco para atrás. En cambio, yo encontraba cobijo en ella. Creo que consiguió lo que quería de mí y yo le cogí mucho cariño, a pesar de que no habláramos mucho durante la película. En aquella época yo estaba como suelo estar, bastante ajena a lo que me rodeaba. Deambulaba por ahí sola cuando los niños iban juntos de un lado para otro. No me llevaba muy allá con la gente de alrededor y simplemente observaba, me gustaba mucho ver cómo se movía un profesional. Luego, al cabo de los años, le llamé y nos volvimos a ver varias veces en su despacho. Me gustaba mucho hablar con él porque tenía un humor muy especial tirando a negro e incluso a tiránico. Hay que ser muy inteligente para utilizar ese tipo de humor. A mí no me ofendía lo que decía y tampoco me dijo nunca ninguna cosa que me pudiera molestar. Me parecía un tipo muy inteligente y yo siento debilidad por quien utiliza así la inteligencia. Le llevo en el corazón. Lo realmente terrible de trabajar con él o de estar a su lado es que no le gustaras, porque en ese caso iba a ser muy cruel, te lo iba a demostrar inmediatamente. Como esa no era mi situación lo tenía como ventaja. Pero sí me daba cuenta de que, cuando algo no le gustaba, podía llegar a ser muy duro. No obstante, no conozco genios que no tuvieran algún rasgo de tiranía en un momento determinado, una vena extravagante o que no fueran diferentes. Y él lo era.

Resulta paradójico que precisamente el género fílmico que más te cuesta ver, el de terror, es aquel en que desarrollaste buena parte de tus papeles cinematográficos. ¿De dónde crees que surge ese “miedo al miedo”?

De mis traumas. Taumas que sé que debo superar. De hecho, ya he dado algunos pasos cuando he sido jurado de algunos cortos de terror. En esta tarea me he sentido profesional diciéndome: “Yo esto lo tengo que ver y tengo que aguantar”. Y a lo mejor lo he pasado realmente mal. Creo que es un trauma de niña. Por entonces pasé muchísimo miedo con las historias que me contaba mi madre y con mis terribles pesadillas. Tengo miedo a sufrir y no solamente con las películas de terror, sino con la vida en general. Aunque a veces pienso que mi cupo de sufrimiento ha llegado a rebosar, también es cierto que muchas veces soy consciente de que el ser humano tiene una capacidad de aguante insospechado. Y “obligado te veas”, como dice el refrán. Depende de la situación puedes responder de una manera u otra, no se sabe qué eres capaz de hacer hasta que te pasa. No sería capaz de decir “no puedo hacer eso”. En todo caso, mi capacidad de sufrimiento quizás sí que ha alcanzado un límite donde ya no podría soportar más cosas. A pesar de eso, igual que analizo y veo con ojos —no sé si profesionales pero sí de fan destacado— el cine —me fijo en detalles y analizo situaciones, interpretaciones o direcciones con auténtico placer—, tal vez debería hacer lo mismo con el cine de terror. Puede que lo intente algún día, poco a poco, no lo sé. El miedo que tengo es irme luego a dormir y que vuelvan mis pesadillas. Creo que ya no tengo capacidad para soportar más noches así.

En tu libro de memorias La hija del periodista das a conocer una primera etapa de tu vida verdaderamente dura que te hizo madurar a marchas forzadas, pero también un tiempo lleno de proyectos muy interesantes en el ámbito interpretativo. ¿De qué forma forjaron esos años tu personalidad?

Para llegar a mi forma de ser actual, donde parece que me gusta estar con la gente y ser una persona amable y cordial, he tenido que pasar muchos años siendo una persona absolutamente inestable. He sufrido una inseguridad tremenda en los años más importantes de mi vida, arrastrando a muchas personas a situaciones que no debería haber arrastrado si hubiera tenido una vida normal. Yo no tengo una mente educada ni una base desde la que decir: “si caigo aquí, reboto en esta otra situación porque me han enseñado que puedo salir así de ella”. Al contrario. He tenido que aprender a golpes, lo que me ha llevado —sin pensarlo ni hacerlo a propósito— a hacer daño a otros, llevándomelos por delante. Mi manera de ser ha sido la de una persona muy inmadura. Aunque fui una niña muy madura, también fui una adolescente y una mujer muy inmadura, con muchos problemas de autoestima e inseguridades que me hicieron reaccionar así. Este proceso positivo que vivo ahora se debe, primeramente, a estar sola. Eso es lo que quiero, porque si viviera con alguien volvería a ser probablemente esa persona insegura que tiene miedo a que no le quieran, le abandonen y, en definitiva, le hagan daño. Para llegar hasta esto he pasado por años muy terribles. Si la infancia fue dura en cuanto a trabajo y miseria, crecer sin las bases que tiene que tener un niño en su mentalidad y en su espíritu para poder congraciarse con el mundo —como crecen los niños que están educados en el amor de una familia— me ha generado unas lagunas enormes y no he sabido o me ha costado afrontar determinadas circunstancias. En ese proceso no solamente he sufrido yo, también los que estaban conmigo. Y ese es el peso que he tenido que cargar, pero no lo puedo evitar. Ya lo hice y no puedo retroceder. Con eso también tengo que vivir y es duro. Aunque ahora me sienta un poco más tranquila, el daño está hecho y es irreparable. Si quisiera me podría exculpar o justificar en lo que tenía detrás, pero la gente a la que he arrastrado nada tenía nada que ver con eso porque no lo conocía. Por eso digo que el día que me muera voy a pedir la hoja de reclamaciones, porque hay una parte que no he podido desarrollar y me ha hecho ser quien no quería ser. Me ha faltado la base, que me enseñaran desde el cariño a querer. Al no conocer eso he gestionado muy mal mis sentimientos y creencias. Cuando un niño convive con su familia —aunque le falte la madre o el padre—, tiene por norma general un apoyo, un espejo donde madurar y crecer. Yo no tuve nada de eso e iba por libre haciendo cualquier tipo de barbaridad, con dieciséis años y con veintisiete. Iba a mi bola dando bandazos sin saber el camino a tomar.

También en esta primera etapa surge tu faceta como escritora. Una forma de evasión pero también de terapia e, incluso de disfrute. ¿Qué ha quedado de ese tiempo en tu presente como escritora?

Lo digo siempre: yo no soy escritora. Escritor es Luis Landero. Yo he escrito tres libros en una época en que hay “escritores” a patadas, donde todo el mundo escribe y se autoedita. Yo soy una persona que escribe, pero ser escritor es otra cosa y muy seria. Ser escritor es escribir un libro de poemas que luego otra persona va a abrir para sentirse subyugada con su lectura. Un escritor escribe una novela que, quien la lee, siente cómo las palabras le envuelven de tal manera que le hacen olvidar que tiene que comer, ir al baño o salir de casa. Eso es un escritor. Yo escribí La hija del periodista como terapia —mucha gente escribe así—. Tenía esa necesidad de afrontar aquello de alguna manera y, sin la gente que me animó a hacerlo, no habría tenido el valor. Lo extraño que hay en mí surgió de una manera natural. Una vez que te pones a escribir, te das cuenta de que es un ejercicio muy sano para la mente. Además, te permite desarrollar algo que tengo positivo: la capacidad observadora. Me doy cuenta de muchas cosas que otras personas no ven, porque a lo mejor ven otros detalles. Elementos que me llaman la atención y que plasmo en el papel. Es un ejercicio que me ayuda y da buen resultado, cuentecillos sin ninguna pretensión que no quedan mal. Y luego, claro, tengo la enorme ventaja de no vivir de la escritura, porque de lo contrario me estaría muriendo de hambre. Yo no soy escritora, insisto. Juanjo Millás te lo dice, o Sergio del Molino, que se levanta a las cinco de la mañana y escribe hasta las diez. Yo no puedo hacer eso. A mí de repente me surge una idea, invierto tres días en escribir sobre ella y luego en cuatro meses no vuelvo a sentir las ganas de escribir. Si yo tuviera que programar la escritura como un trabajo, dejaría de disfrutarlo. Pero es que hay gente que se levanta ya con esas ganas de escribir. Además, hay algo que no soporto: volver a leer lo que he escrito. Eso es un problemón, porque todo el mundo sabe que los buenos escritores corrigen, corrigen y corrigen. A mí me da una pereza y una vergüenza tan grande volver a leer lo que escribí el día anterior que prefiero no continuar. Voy dejando textos olvidados en los cajones porque no quiero volver a leerlos, porque me aburro o no me apetece nada y porque cuando los leo me digo: ”¡pero qué porquería es ésta!” A lo mejor me levanto pensando en escribir y, mirando hacia atrás, veo los libros de mi biblioteca y siento que me apetece más leer.

¿Puede decirse entonces que la escritura funciona para tí como un ejercicio terapéutico?

Sí. Hay veces en que me apetece o necesito desahogarme de alguna manera y escribo. Pero siempre con esa distancia de tener muy asumido que yo no soy escritora. Lo verdaderamente impactante que ha tenido La hija del periodista es que la gente que me conoce no se esperaba encontrar lo que finalmente halló en el libro. Me llegaban a decir que no sabían por lo que estabas pasando, lo cual es lógico porque yo no lo contaba al sentirme avergonzada de esas vivencias. Si alguna vez le conté a alguien que estaba sufriendo determinada situación, no encontraba reciprocidad por su parte. Por tanto, me limitaba a callarme. Tengo compañeros con los que coincidí en algún colegio unos meses y que, tras leer mis experiencias, se quedaban impactados al conocer que había pasado por determinadas cosas. La falta de confianza hacia las personas también se debía a que tenía que mudarme cada cuatro o cinco meses de casa y no me daba tiempo a entablar amistades. No tenía amigos, vivía sola con mi madre y ella no confiaba en nadie. Recuerdo que mi última pareja me dijo como reproche: “Es que tú no tienes arraigo”. Pensé que tenía razón y le contesté un poco pedante o con inmodestia: “Bueno, a lo mejor no tengo raíces porque me basta con mis alas”. Es verdad que cuando no tienes arraigo puedes vivir en cualquier sitio y todo te parece bien. Pero hay un arraigo emocional que sí que me falta al no tener familia, amigos o compañeros de colegio a los que ver continuamente y contarles tus cosas. Piensa que cuando tenía doce años mi mejor amiga era Lone (Fleming), que tiene casi veinte más que yo. En general, podía decirse que vivía en un mundo de adultos, donde éstos pensaban que yo no escuchaba y contaban cualquier cosa y yo me enteraba de todo. Eso te hace ver la vida desde fuera de tu cuerpo, que es el de una niña aunque lo que estás viviendo es propio de un adulto.

P: Como escritora de ficción, ¿cómo es tu proceso creativo? ¿Tienes alguna idea preconcebida sobre lo que quieres escribir o va surgiendo según escribes?

R: Cuando me surge una idea tengo que tomar nota de ella para retenerla. Hay veces que me despierto por la noche porque se me ocurre algo y he de ponerme a escribir sobre ello en el ordenador. La forma de hacerlo es de golpe, del tirón, porque no sé retomar las cosas. Por eso se me dan mejor los cuentos. De hecho, mi única novela de ficción la escribí en tres semanas sin levantarme de la silla. No podía abandonar, tenía que seguir porque si no perdía el hilo completamente. No tengo método porque no soy escritora. Las cosas surgen de repente y ya está. También te digo que soy consciente de una cosa: si venzo la pereza y me siento ante un folio en blanco, sé que algo va a salir porque siempre tengo mil cosas dando vueltas en la cabeza. Yo estoy ahora hablando contigo y me están surgiendo un montón de ideas, lo que pasa es que si hiciera caso a todas me estallaría la cabeza. Tengo que dejar que esos pensamientos vuelen por sí solos, desaparezcan y se vayan de mí, porque hay demasiadas ideas locas concentradas dentro. Creo que no está bien hacer tanto caso a las ocurrencias. En las noches de insomnio muchas veces pienso en levantarme, pero me da miedo coger la costumbre de no dormir para ponerme a escribir. A veces las ideas surgen de la cosa más tonta: una frase oída en alguna parte, una noticia o un olor que de repente me trae un recuerdo de algo. Creo que poseo una imaginación bastante poderosa, la he tenido siempre.

Por lo que sabemos disfrutas mucho de la lectura. ¿Qué es lo que te aporta leer otros libros, otros autores? ¿Puedes decirnos algunos preferidos?

Lo que me aporta leer es una cultura que no tengo. Sobre todo eso, aprender. Cuando lees a muchos autores distintos —no leo exclusivamente una cosa, sino todo lo que cae en mis manos— noto que estoy llenando los huecos que tengo por mi falta de cultura, por mi ignorancia. No tengo estudios y, por tanto, no soy una persona con cultura. Por eso, cuando lees libros que te gustan, es muy fácil aprender con ellos. Cuando lees un tocho, pues te cuesta más, es parecido a enfrentarte a un manual. Si lees libros que te están gustando, aprendes con mucha facilidad. Es como ver una película de época que te resulta agradable y te facilita quedarte con detalles que probablemente no aprendes de un libro de Historia. No puedo evitar leer porque necesito cubrir esa parcela, ir tapando parte de los agujeros que no voy a llegar a tapar en su totalidad en lo que me quede de vida. De alguna manera leer me calma, siento que estoy haciendo algo por ser menos ignorante. Es verdad que hay libros que no leo, no porque no aprenda con ellos sino porque no me interesan tanto. Cuando cumplí cincuenta años decidí que iba a cambiar mi forma de hacer las cosas. Antes leía cada libro de principio a fin, fuera el que fuera. A veces eso me dejaba un sabor amargo en la boca, como de pérdida de tiempo. Podían ser libros que otras personas te recomendaban, pensando que te iban a gustar. Cuando llevabas unas cuantas páginas, podías pensar: “Esto no hay quien lo soporte”. Sin embargo, me obligaba a continuar. Ahora esto ya no me pasa. Como no me guste lo dejo. Lo siento, no tengo tiempo, no me queda vida para leer lo que quiero leer. Si tuviese otra vida me podría dedicar a leer basura, pero no puedo. Leo lo que me interesa e, incluso, lo releo porque me apasiona. Me considero una fan de Murakami y adoro a Luis Landero. Ahora acabo de descubrir a Pascal Quignard, un escritor que me fascina. Como es un autor tan culto, con cada frase que leo tengo que ir a buscar una palabra o una referencia que no entiendo. Esa referencia me lleva a otra y cuando me quiero dar cuenta tengo otro montón de cosas para leer, y todas las ha traído este libro a la mente. Eso es una maravilla. A mí me gustaría que Pascal supiese lo que ha obrado en mí.

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