Ayer, 18 de noviembre, Letonia cumplió años. Surgido de la revolución bolchevique y las cenizas de la Gan Guerra, el país báltico ha cargado con el peso de tener un vecindario difícil: por un lado, el inmenso espacio germánico que va desde el Báltico hasta el Danubio; por otro, el Imperio de los Zares. Comparte con los estonios y los lituanos una formidable capacidad de resistencia y una inquebrantable voluntad de libertad.
El caos que sobrevino a la victoria bolchevique de 1917 en Petrogrado abrió las puertas de la independencia. Mientras la autoridad rusa se desmoronaba, los ejércitos alemanes avanzaban aprovechando el vacío de poder. Era una crisis y, por lo tanto, una oportunidad. Desde el siglo XIX, los letones vivían un despertar nacional vertebrado en torno a la lengua, que trataba de sobrevivir frente a la pujanza del ruso de la administración imperial zarista. Entre 1850 y 1880, la actividad del grupo de intelectuales conocido como los Jóvenes Letones impulsaron una renovación de la lengua y la literatura siguiendo la estela de los nacionalistas alemanes y los eslavófilos rusos. En un tiempo de exaltaciones nacionales, los letones estaban llamando a las puertas de Europa. Krišjānis Valdemārs (1825-1891) encarna ese espíritu de afirmación nacional y de rescate de las tradiciones. Frente al peso de las culturas alemana y rusa, Valdemārs reivindicó, desde el periodismo y la educación, la identidad nacional letona. Conoció la represión zarista -le cerraron el periódico en 1865- y sufrió la incomprensión de una élite germánica que despreciaba la idea de una nacionalidad letona.
Sin embargo, a la altura de 1918, los patriotas letones vieron la oportunidad de ganar la independencia: el imperio de los zares se había desmoronado y el Reich alemán necesitaba paz en el este para continuar la guerra en el oeste. Fruto de la alianza de dos organizaciones nacionalistas – el Bloque Democrático y el Consejo Nacional Provisional Letón- se formó un grupo de notables denominado Consejo Popular de Letonia, que proclamó la independencia el 18 de noviembre de 1918 en el bellísimo teatro que hoy se llama Teatro Nacional de Letonia y era, a la sazón, el segundo teatro ruso de la ciudad. Sin embargo, todo era muy volátil. Los letones debían organizarse para fijar y afianzar las fronteras de su Estado. Entre diciembre de 1918 y agosto de 1920 todo es bastante confuso. Hay meses en los que llega a haber tres gobiernos en el país dependiendo de la zona del mapa que uno mire. Los comunistas anhelaban reproducir en Letonia la revolución de Rusia e incorporar el recién nacido país al Estado comunista. Luchando codo a codo junto a los estonios, con quienes han compartido fatigas a lo largo de los siglos, los letones vencieron en todos los frentes. Recibieron ayuda británica, pero padecieron las intrigas de una nobleza alemana que se resistía a perder el poder en el Báltico. El 11 de agosto de 1920 el Tratado de Riga pretendió poner fin a la guerra entre los soviéticos y Letonia. Por desgracia, sólo fue un espejismo. Durante más de veinte años, Moscú maniobró para desestabilizar Letonia al igual que hizo con su vecina Estonia.
Así, mientras, los letones construían una sociedad moderna. No era una empresa pequeña modernizar una sociedad con diferencias profundísimas entre la burguesía letona y la germanizada y entre el campesinado y el proletariado. Los rusos eran una minoría, pero no la única. También había polacos, estonios, lituanos y judíos. La reforma agraria -redistribuir la tierra cultivable- fue el gran empeño político de la Letonia independiente. El Crac del 29 dio al joven país un golpe formidable en 1931. La economía se contrajo. La pobreza se extendió. Todo el mundo buscaba un hombre fuerte que se pusiera al frente del país mientras las tensiones políticas y las veleidades revolucionarias no hacían más que crecer. En 1934 llegó al poder Kārlis Ulmanis (1877-1942), que ya había sido primer ministro en tres ocasiones anteriores, e instauró un régimen autoritario. En mayo de aquel año declaró el estado de excepción para combatir a los fascistas letones, agrupados en el partido llamado Cruz del Trueno y deseosos de imponer un orden social sin minorías -especialmente sin judíos- e inspirado en el nacionalsocialismo.
En el este, Stalin aspiraba a recuperar el espacio del Imperio de los Zares perdido en 1917. En particular, ambicionaba ampliar la salida al Báltico anexionándose Estonia, Lituania y, naturalmente, Letonia. Jugando con los brazos articulados de la URSS y de la Komintern, es decir, de la red de los partidos comunistas nacionales, se preparaba para dar un golpe de mano. El Tratado de No Agresión Germano-soviético (el famoso Pacto Ribbentrop-Molotov) de 24 de agosto de 1939 incluía un anexo secreto que entregaba Estonia, Finlandia y Letonia a la URSS como esfera de influencia. Las invasiones alemana y soviética de Polonia dejaron bien claro qué cabía esperar a los países del Báltico. En octubre de 1939, el gobierno letón se vio obligado a aceptar la asistencia militar soviética, lo que implicó una fuerza militar en su territorio de 30 000 hombres, un contingente más que suficiente para ocupar el país. Los soviéticos se hicieron con las estructuras de poder, convocaron elecciones controladas por el Ejército Rojo y los comisarios comunistas y, después de que las ganaran los candidatos auspiciados por Moscú, Letonia pidió incorporarse a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. El 5 agosto de 1940, menos de un año después de la entrada de las tropas soviéticas en Riga, Letonia había perdido su independencia.
La II Guerra Mundial fue terrible en el país. La comunidad judía del país fue casi por completo exterminada a manos de los nazis y los colaboracionistas. Entre 1940-1941 y a partir de 1945, los comunistas persiguieron a los opositores conservadores y nacionalistas. Las ocupaciones soviética, alemana y, de nuevo, soviética se sucedieron entre 1940 y 1990. Los patriotas letones resistieron en la foresta. Las guerrillas anticomunistas -los llamados Hermanos del Bosque- estuvieron activas en Letonia hasta 1957. El NKVD y el KGB libraron contra ellos -y en general, contra la oposición patriótica letona- una guerra sin cuartel. Moscú ordenó deportaciones de letones al interior de la URSS y trasladó decenas de miles de trabajadores rusos que alteraron el equilibrio demográfico de la república.
En 1990, Letonia recobró su independencia y, menos de 15 años después, en 2004, entraba en la Unión Europea. Atrás habían quedado los años de la persecución de los disidentes, de las cárceles soviéticas y de los trenes de las deportaciones. Eran ya un recuerdo, que se mantiene con el tiempo, las políticas de ocupación tendentes a diluir la identidad nacional letona. Quedaba honrar a los muertos y unirse a la comunidad europea a la que Letonia por derecho a historia pertenece.
Desde ayer el país báltico ya tiene 105 años.
Hoy esta columna lo celebra.