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TRIBUNA

Perro fantasma

martes 21 de noviembre de 2023, 19:13h
Actualizado el: 21 de noviembre de 2023, 19:20h

Tras el éxito de crítica de su anterior libro, Los lagos de Norteamérica (2019), José Daniel Espejo nos trae este Perro fantasma (Candaya, 2023), en el que la voz ya no es la de un hombre que se va, sino la de uno que está de vuelta con lo ganado en el camino, como quien planta un esqueje y años después regresa y encuentra un árbol, o suelta semillas al viento y el transcurrir de las estaciones le entrega su siembra. Y justo así abre el libro, con el poeta en medio de una huerta, y como si lo que tuviera delante fuera terreno arado y los surcos le pertenecieran a él y no a la tierra. Por sus cicatrices los conoceréis, ¿no es cierto? Parece que hoy el tiempo y las cosas no nos deben dejar huella, pero no olvidemos que a Ulises lo reconoce su nodriza por la cicatriz en el muslo, también a José Daniel.

La voz tiene que salir a la calle en busca de las migajas de experiencia en ese mundo roto. En esto recuerda a Baudelaire: la aureola del poeta que ha caído al lodo del asfalto. Encontrarse casualmente una ruina es lo que permite al poeta insertar el poema, dejar aparecer un día de fiesta en el tiempo abrumador de la jornada laboral. Como aquel, no tiene nostalgia de esa aureola perdida, ya que esta no puede estar en estos momentos en otro lugar que no sea el fango. El arte deja de ser un refugio que nos salva de la experiencia política. Más bien, José Daniel Espejo logra una experiencia para que los lectores se puedan subrogar en ella, en el yo del poeta; experimentando belleza y vida tras ese velo de fealdad. Hallamos ancianas decrépitas, el cojo, rupturas, fantasmas, ansiolíticos o jóvenes convertidos en hombres lobo (no olvidemos que uno de los orígenes de la figura del hombre lobo se remonta, precisamente, a aquellos que habían sido expulsados de la sociedad).

Si San Buenaventura escribió una vez que la belleza de la imagen del diablo se logra cuando esta representa bien su fealdad y es, en consecuencia, fea, entonces podemos afirmar que Perro fantasma es un libro bello, un libro que quizá podría haberse titulado, a la manera de Mark Fisher, Los fantasmas de mi vida. La obra lanza un desafío cognitivo: comprender el sufrimiento al compás del realismo capitalista, y para tal fin, desgrana las ficciones que nos permiten vivir en él, presentándolas a los ojos con crudeza. Por eso sabemos, por ejemplo, que debemos dar «(...) gracias / por el aire acondicionado y las ventanas cerradas» (p. 24) o por «(...) tener un amigo / familia tener una vida tiempo algo que hacer / sentido gracia ganas narices trabajo» (p. 56) o por poder afirmar «no estoy perdida / porque mi vida transcurra en lugares de tránsito» (p. 62). A continuación, cinco preguntas nos acercarán a la labor literaria de José Daniel Espejo.

1.- Como comentábamos arriba, el tiempo va dejando su huella en nuestro cuerpo en forma de cicatrices (simbólicas o no), pero el sistema pide a gritos que se oculten (al menos, si uno quiere sortear el estigma) por mucho que ellas seamos nosotros (desde el ya mencionado caso de Ulises a Tomás reconociendo a Cristo por las llagas). Veo en tu poesía una reivindicación de esas señales que portamos: ¿qué nos puedes decir de esto?

JDE: ¡Sí! Esas cicatrices invisibilizadas –gracias por nombrarlo tan bien– son la clave de al menos mis últimos libros, y por supuesto de las lecturas que más me han conmovido en mi vida. Reconocerlas en un libro y, a continuación, en nuestra propia piel es una de las funciones más maravillosas de este viejo arte de las letras, la que nos religa al otro, al afuera, a la especie. La que nos saca.

2.- En algunas grandes obras del siglo XX, como los Cantos de Pound, se ha destacado el modo de poetizar abriéndose paso desde lo no-poético: en mitad de un discurso frío, dos o tres versos cuya belleza y sentimiento dan sentido al conjunto. Habiendo leído Perro fantasma, y pese al abismo de registros que media entre el ejemplo y tu obra, sí percibo ese modus operandi que tan difícil es lograr: en medio de la denuncia surge la poesía. En el segundo poema del libro, por ejemplo, presentas la vida difícil de esos jóvenes yonquis amados por sus abuelas:

nadie es una vieja cuando toda su vida

se escapa pedazo a pedazo en dirección al cash converters

a cambio de amor / nadie es una vieja si se interpone

entre el joven hermoso y las negras praderas de la muerte.

¿Hay aquí una poética o, si no tanto, quizá sí una forma de entender el poetizar o la labor del escritor?

JDE: Yo creo que sí. Mi proceso siempre comienza por una «despoetización» del lenguaje, por un raspado de lo decorativo barra prestigioso en el texto, por una huida del repertorio habitual. En Perro fantasma voy un paso más allá y yo creo que se podría hablar de una brutalización del discurso y su textualidad. Por supuesto no estoy descubriendo ningún Mediterráneo con estos mecanismos ni me considero en absoluto un poeta «de vanguardia», pero me he servido de esas herramientas.

3.- Se detecta en tu poesía una oscilación entre la traumatofilia y la traumatofobia, un miedo lógico a los fenómenos de la vida actual, «de una vida minuciosamente amemorable» (p. 36), y, sin embargo, tu modo de afrontar estos problemas es enfrentarlos en el poema. ¿Se trata de una decisión consciente? ¿Terapéutica? ¿A qué se debe esa apuesta?

JDE: Seguramente esta oscilación que comentas es el mayor riesgo que he corrido con este libro: cómo abordar la marginación y la exclusión social sin caer en los errores habituales, desde la mera exposición superficial de buenas intenciones hasta el proletkult o idealización de los rechazados, pasando por lo que los anglosajones llaman poverty porn, convertir la sordidez en un espectáculo como en esos bochornosos programas de «reporteros». Lo que he intentado es incluirme en ese movimiento centrífugo, formar parte de estos procesos de exclusión, y al mismo tiempo invitar al lector a, como has expresado antes tú tan bellamente, reconocer esas cicatrices sobre su propia piel. Es consciente pero no sé si es una decisión, es decir, no sé si me he dado cuenta de todo esto antes o después de empezar a construir el libro. Seguramente ha sido al mismo tiempo. Y no he experimentado ningún efecto terapéutico más allá que el de ese mismo descubrimiento. Que no es poco, por otra parte.

4.- En esa comparativa con el quehacer baudelairiano, ¿qué hacer cuando tras el fango no se encuentra ninguna aureola y, entonces, el poeta pierde el combate con el shock? ¿Constituye el fracaso de la poesía (o el poema fracasado) una poética del fracaso?

JDE: Desde la pura admiración que le tengo desde jovencico a Baudelaire, yo creo que mi modesto Perro no sigue el camino de Las flores del mal, que trataba de ensanchar los límites del individuo y de la vida más allá de la ética y estética burguesas. Perro fantasma es más fácil, coral, su materia no es la frustración individual sino la violencia colectiva, y para escribirlo no he necesitado explorar ni atravesar fronteras, sino solo odiar mucho.

5.- ¿Cuáles son los referentes, literarios o no, que se esconden detrás de este Perro fantasma?

JDE: Muchas de las historias que aparecen en el libro forman parte de las vidas de personas que tratan de recuperarse de procesos de exclusión social en la ONG para la que trabajo, y justo es que las mencione en primer lugar, si bien he deformado las circunstancias para evitar exponer a quien me las contó. El tratamiento de la fantasmagoría se lo debo a Rulfo y Mark Strand, y la pura crueldad con que abordan el yo Isla Correyero, Brane Mozetic y Cristina Morano me han acompañado –como siempre– a lo largo de todo el proceso de escritura. ¿Y Nacho Vegas? Venga, también le debo varias a Nacho Vegas, claro que sí.

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