www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

FÚTBOL

Lamentable es poco: la violencia de los ultras argentinos en Brasil obliga a sus jugadores a marcharse

Lamentable es poco: la violencia de los ultras argentinos en Brasil obliga a sus jugadores a marcharse
Ampliar
(Foto: EFE)
miércoles 22 de noviembre de 2023, 03:11h
Escena insólita con Messi tratando de calmar a sus hinchas radicales hasta que tiró la toalla. La agresiva presencia policial de Maracaná añadió gasolina.

Para los grandes medios de comunicación de Argentina, las barras bravas, sus ultras, son aficionados sin mayor connotación que una animosidad particular. La presencia de estos grupos radicales en el fútbol se entiende como necesaria y se ha normalizado tanto que forma parte de la cultura. De hecho, son contratados para guardar la seguridad de conciertos, de la campaña electoral de algún candidato... o se pueden incluso presentar a las elecciones presidenciales de Boca Juniors. Como Rafa di Zeo.

Esa perspectiva del problema tan contaminada provoca una lectura torcida de los múltiples episodios violentos que protagonizan estos personajes infames fuera de territorio argentino. Una y otra vez, en una progresión de periodicidad creciente, casi cada vez que equipos argentinos juegan fuera del país en Copa Libertadores o Copa Sudamericana ocurren enfrentamientos con sus aficionados animosos en el centro. El discurso oficial no entiende de ultras, hooligans o barras bravas. Y el culpable es, indefectiblemente, la Policía extranjera.

La 'grieta' argentina con la realidad europea

La lupa argentina convierte a los agresores habituales en víctimas. Víctimas de la violencia que ellos mismo han provocado y que acaba golpeando a compatriotas del todo inocentes. Por eso sus titulares sobre lo visto en Maracaná este miércoles sólo hablan del comportamiento violento de la Policía de Río de Janeiro, que reprimió a los hinchas de la 'Albiceleste' desplazados al templo del fútbol para ver el duelo ante Brasil, valedero para la clasificación del Mundial 2026. Nada más. Y la foto no es otra que el portero Emiliano Martínez encaramado al muro para agarrar la porra de uno de los agresivos guardias o el aficionado con la cabeza partida.

Si se sale de esa órbita se descubre que, como en tantas otras oportunidades, ultras de Argentina la armaron en las gradas de un estadio extranjero. La mecha se prendió justo cuando terminaban los últimos acordes de los himnos nacionales. Las escaramuzas involucraron en principio a unos pocos aficionados locales, pero rápido derivaron en la acostumbrada rivalidad entre los violentos argentinos y las fuerzas policiales. Se detonó una batalla campal en el fondo en el que estaban los hinchas visitantes, con lanzamiento de sillas incluido.

Tanta altura tomaron las algaradas entre los ultras y el discreto destacamento policial que los futbolistas argentinos corrieron para intentar convencer a sus compatriotas de la necesidad de frenar el salvajismo. Lionel Messi encabezó la delegación pacifista de campeones del mundo pero no hubo manera. La dinámica era ya de defensa ultra ante el presunto ataque de la seguridad local, consecuencia de la barbarie previa propia. Y la Policía se desató en una actuación muy discutible -y acostumbrada en esos lares-. En consecuencia, decenas de futbolistas profesionales vieron desde la barrera más cercana cómo unos paisanos empeoraban su ya deteriorada imagen o otros sufrian sus efectos.

La violencia antes de la represión

Llegado a un punto, Messi se cansó de esperar a que terminase el bochorno y ordenó a sus compañeros que se dirigieran a vestuarios. Y se marcharon todos, incapaces de frenar la afamada sinrazón relacionada con el fútbol argentino. Comunicaron a los árbitros que se iban porque la Policía estaba reprimiendo a sus aficionados. A sus aficionados de animosidad particular. Con resultado de algunos heridos y otros muchos detenidos.

Un total de 17 minutos estuvieron en su vestuario los integrantes de la 'Albiceleste'. En el entretanto, compareció una comitiva de antidisturbios bien pertrechados para neutralizar indeseables y el incendio se apagó con su sola llegada. Entonces volvieron al césped los jugadores visitantes y el partido empezó con media hora de retraso. Aún así, nació manchada de muerte la que podría haber sido una fiesta maravillosa de fútbol. No hubo buen juego ni por asomo en semejante contexto. Sí florecieron patadas, mamporros e insultos y provocaciones. Ganaron los violentos, como en tantos otros capítulos despreciables que son -y serán- blanqueados desde Buenos Aires.

Todo esto discurre bajo la mirada ausente y distante de la CONMEBOL. La federación sudamericana sigue sin tomar medidas reales sobre la seguridad en los partidos de sus competiciones. Sobre la seguridad en el interior de los estadios, más concretamente. Cada país, incluso cada ciudad y cada club, se organiza como quiere y puede. Pasando de la dureza extrema a la laxitud más transparente. El descontrol es tal que CONMEBOL permitió, en el último precedente en eliminatorias sudamericanas (en 2021), que a los cinco minutos del inicio del Brasil-Argentina tomaran el campo agentes sanitarios paulistas para acusar a cuatro futbolistas argentinos de haber violado las normas de prevención por el Covid-19. Aquel encuentro fue suspendido y no se llegó a jugar nunca.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (1)    No(0)

+
1 comentarios