“Era evidente que mi llegada a la vida de Alberti fue similar a la de una bomba de relojería encubierta de forzado disimulo, un artefacto que podía estallar si no se desactivaba a tiempo y no se ponía remedio. Significada un peligro para su entorno, era una advenediza, probablemente sin escrúpulos”. Esta es una de las reflexiones que van surcando el libro de María Asunción Mateo, unas memorias en las que la viuda de Rafael Alberti recuerda su relación con el poeta desde que se conocieron hasta su muerte el 28 de octubre de 1999, en la ciudad gaditana de El Puerto de Santa María, la misma en la que nació en 1902.
María Asunción Mateo (Valencia, 1944), profesora de Literatura, y Alberti se conocieron personalmente en 1983 en un homenaje a Antonio Machado en Baeza. Tras este encuentro fortuito, comenzaron a verse de manera esporádica y con dificultades: “Estar juntos no resultaba siempre fácil por la distancia que nos separaba”. No obstante, contra viento y marea, haciendo caso omiso de la diferencia de edad, mantuvieron su amor y se casaron en 1990.
Al fallecer el poeta, no pocos fueron los que la animaban a recordar esos años, encomiándola a que, le decían, no se guardase una historia tan bonita para ella sola, sobre todo porque Alberti también pertenece a sus lectores. A pesar de la insistencia, Mateo se negaba: “Era mi vida, mi intimidad, la historia con la persona que, a nivel de pareja, más he amado”. Y el consejo de la todopoderosa editora Carmen Balcells –“Di que tú no escribes libros de viuda”-la reafirmó en su postura. Pero ocurrió un hecho por azar que todo lo cambió y supuso la firme y rápida decisión de María Asunción Mateo de compartir los recuerdos de Altair –con este nombre se refería Alberti a ella en su poesía- con los lectores.
El 2 de junio de 2221 María Asunción Mateo se encontraba en su casa subida en una escalera intentando organizar los libros de la su biblioteca. De pronto, una pesada carpeta le cae sobre la cabeza. En ella se acumulaban dibujos, fotografías, documentos... y una nota decisiva –que se reproduce en el libro, junto a abundante material gráfico- en la que el propio Alberti le pedía que divulgase la unión de felicidad que mantuvieron durante casi veinte años.
Sin dilación, comienza la tarea. El resultado es esta obra hagiográfica sobre su amado Rafael Alberti y su vida en común: “Nunca se instaló en el pasado ni estuvo anclado en el ayer. Vivía el presente con una intensidad envidiable. Su personalidad humana se asemejaba a la literaria: una exótica combinación de de tradición y originalidad”.
También, un memorial de agravios y ajuste de cuentas con todos aquellos que la atacaron brutalmente, con mil acusaciones, que arreciaron con su boda, de pretender aprovecharse de un Alberti en la última etapa de su existencia y manipularlo. Sobre todo, arremete contra los que llama “los viudos”, que no sólo la cuestionaron a ella sino al propio poeta de la Generación de 1927. Así, por ejemplo, el escritor Benjamín Prado y especialmente el escritor y actual director del Instituto Cervantes Luis García Montero: “resultan asombrosas las afirmaciones tendenciosas mantenidas por el viudo profesor García Montero de que Rafael había perdido sus facultades mentales exactamente desde 1990- año de nuestro matrimonio”.