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TRIBUNA

La guerra de los extorsionadores

lunes 27 de noviembre de 2023, 19:59h

Duele la patada, pero más el que nos la dio, y a veces, si son muchas sobre la misma herida, la herida pasa pero la cicatriz queda. No les importa hacerme una guerra de asedio implacable con la esperanza de que al final claudique abandonando mi castillo, los muy hideputas. Tampoco les importa que las leyes lo prohíban severamente. Desde hace más de diez años, convertidos en moscas cojoneras, me llama por teléfono diariamente un grupo de delincuentes cuyas voces incluso conozco a fuer de repetidas, conminándome a pagar una deuda que jamás he contraído y que ni siquiera me dicen en qué consistiría, lo que con toda seguridad constituye su delicuencial forma de vivir, es decir, su modus perturbandi. Podríamos considerarlo como lo más parecido a un asesinato a martillazos. Carecen de la generosidad de estar dispuestos a asombrarme de algún modo, ignorantes de lo que sea un trabajo de creación, ni siquiera se molestan en argumentar, sólo martillean. Seguramente piensan que nada hay menos llamativo que las novedades.

Lo peor es que sus llamadas son siempre a las horas más intempestivas. Incluso han llevado lejos su extorsión pidiéndome pagos en criptomonedas en tales cantidades que ningún ciudadano corriente hubiera podido permitirse pagar, ni soñado con tener. Puede que estos tales en su acta de nacimiento figuren como expósitos, y quién sabe si también los progenitores de sus progenitores, mala ralea. A lo mejor están muertos sin saber que lo están. En cualquier caso, todos descendemos de los monos, pero lo suyo es un notable abuso.

Lo que no puede negárseles es su habitud, su capacidad asombrosa para no perder la esperanza más allá de toda esperanza, tanto que seguirán llamándome por teléfono sus sucesores después de muerto yo y mis sucesores. Nadie podría negarles su fe en el teléfono de la esperanza. Son peritos en fracaso, pero al menos lo palian envejeciendo conmigo, y no hay día en que me exoneren del regalo de sus aguardentosas voces. O tal vez sean fans tan tímidos que en lugar de pedirme autógrafos se contentan con pedirme audífonos. O puede que esos jabalís sean devorados por sus propias camadas, a tenor de lo marcado en su genealogía. O que estén pensando que lo bueno viene después y que, no habiendo logrado matarme en vida, esperan generación tras generación a matar mi cadáver, ya veremos. No les gustas, pero no pasa nada, hay muchas personas más a las que tampoco les gusto y no me molestan tanto.

Un día en que me pilló mal el cuerpo, estando mi casa a un tiro de piedra de la policía, y no pudiendo sobrellevar más la situación, casi desmadejado, acudí a ella, a la poli, que se hizo la loca. Se conoce que no supe explicar que lo que yo quería sencillamente era devolver su nariz a mis extorsionadores, pues la habían metido en mis asuntos demasiado sin mi permiso.

¿Qué podía hacer entonces, sin el auxilio policial, para detectar a los malandros? Pues lo que empecé a hacer hace unos cinco años, y sigo reiterando desde entonces a cada nueva llamada, probablemente hasta el fin de mis días y de los suyos. En efecto, expertísimo como soy ya en su tonillo, en sus argucias, y en su monótona desfachatez, cada vez que balbucean la primera sílaba les llamó lo peor que hubiera pensado llamar en mi vida a alguien, y se conoce que muy mal no se me da. Al principio lo hacía fuera de mis casillas, en la actualidad con tanta ironía y soltura que casi estoy esperando su llamada como si de una postal navideña se tratase: felices pascuas y Próspero Merimé, Antonio Fraguas el Forges rey de la raza calé. Y hay más: apenas tocado el auricular, huelo al otro lado del aparato la diarrea de mis extorsionadores, una como súplica del tipo “¡no por favor, no cuelgue, no me cuelgue, que yo vivo de esto!”, como si la supervivencia de esos miserables tuviese que pagarla yo con tinta sangre.

De hecho últimamente no se atreven a articular palabra y, apenas perciben mi trueno, cuelgan. Dentro de todo, me siento hasta cierto punto orgulloso, al menos les he descubierto la maldad y he neutralizado su arte de volar bajo el radar, como si la marca de su terror no tuviese copyright. Se acabó su impunidad gracias a mis torpedos en la línea de flotación de su marca, torpedos que han evitado que me traten como a un muñeco desarticulado arrojado a un cubo de basura. Legítima defensa versus ilegítimo ataque. Pero entonces mi risa es plebeya, me pongo a su altura, que no es mucha, por cierto.

Esta anécdota es cónsona con otra que me ocurrió en Ciudad de México. La callejuela estaba oscura, y sin tapa la alcantarilla, tan profunda por cierto que no parecía tener fondo. Me aposté allí esperando reportarlo a la primera patrulla que pasara a la delegación de turno, y fui felicitado por mi civismo. Sin embargo, como un mes después no se había corregido la grave anomalía, volví a esperar. La misma patrulla, enfurruñada, me recriminó esta vez mi osada insistencia. La tercera vez, pues la cosa no tenía arreglo, me espetaron a bocajarro: “señor, váyase a su país, ustedes los españoles se creen más listos que los mexicanos, y los mexicanos no nos caemos nunca”. Mi neurótica insistencia fue sin embargo de tal grado, que logré mi propósito tras una serie de aventuras y pesquisas, y yo más feliz que El Guerra. Afortunadamente superé mi posible distorsión cognitiva no necesitando modificar un poco la verdad para poder recordarla.

Dentro de todo, es una de las pocas veces en mi vida en que me he sentido como los judíos de Shabra y Shatila frente al invasor romano, aunque a ellos terminaron degollándolos. Algún precio hay que pagar, aunque sea el del requiescat in pace sobre la fría lápida. Pero antes no quisiera irme al otro mundo sin haber intentado aprender a resistir las cargas, las fatigas, y luego a anecdotizarlas. Mandar palomas a casa y halcones fuera es un deporte vulgar, que yo practico a la inversa. Hay anécdotas dolorosas y otras gozosas, nunca anodinas en estas lides, pues lo imposible sería para mí lo anodino, no intentar cambiar algunas cosas al menos, y lo intolerable hacer el gilipollas por encima de nuestras posibilidades. Qué doblemente estúpidas son las cosas estúpidas hechas sin inteligencia.

De este modo me esfuerzo por resolver el problema que preocupó a Tolstoi, el de la diferencia entre sufrimiento y aniquilación. Y todo esto se queda corto ante aquella sentencia de don Jacinto Benavente, o Jacinto Buenafuente, no recuerdo bien en este estado de excitación: “el único egoísmo aceptable es el de procurar que todos estén bien para estar uno mejor”. Entonces la malquerida se convierte en bienamada, añado por mi parte.

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