Griselda y Claudio son dos argentinos de La Plata exiliados en París. De ideas revolucionarias, poco antes de la llegada al poder en 1976 de la Junta Militar de Gobierno presidida por Rafael Videla, pueden salir del país. Gracias a un sacerdote amigo han conseguido trabajo en el liceo T, centro educativo para el que se ocupan de sus mantenimientos. Habitan una conserjería de un único dormitorio con jardín (que ellos mismos cultivan y atienden).
Una mañana, tras pintar un aula, Claudio descubre que Griselda ha ahogado en la bañera a sus dos pequeños hijos, Sacha y Boris. La hija mayor de seis años –Flavia– no se encontraba allí aquel viernes 14 de diciembre de 1984 y eso, seguramente, la salvó de morir.
Tras años de recopilar información sobre este tremendo caso, Laura Alcoba se las arregla para entrevistar, en un café de Le Marais parisina, a la causante de esas muertes y a su hija viva. Pasaron treinta y cuatro años. Estamos en 2018 y los lectores de este libro, previamente horrorizados durante sus primeras siete hojas, aguardamos, con angustiosa expectación ahora, no solo a lo que ambas mujeres desvelen a la autora de A través del bosque…
Y es que por el café Le Bûcheron pasan también los profesores René y Colette; conocemos el testimonio de la abogada que defendió a Griselda (con habilidad profesional evitó su ingreso en prisión a cambio de entrar en un psiquiátrico); y, también, los recuerdos de Janine, la primera mujer (francesa) de Claudio. En tercera persona Laura Alcoba ha iniciado su obra refiriendo el hallazgo de los cadáveres: quizá la avanzada edad del padre le impida acudir al café. Nuestra autora debió recabar el testimonio de Claudio por medios que no se indican.
En la cultura actual la híper explicación es su marca definitoria: hoy todo debe ser aclarado por los periódicos, en los blogs, en el Facebook, en los tuits. Basada en hechos reales, A través del bosque no conlleva un exhaustivo desvelo de lo que ocurrió. Hay que decir esto desde ahora.
Porque teniendo puntos en común con la novela de no ficción ante nuestros ojos discurre una narración que camufla los nombres de sus personajes, que viaja al pasado para conocer –y especular– sobre cómo fue la vida de Gisela anterior al doble crimen (así, su infancia, adolescencia y juventud en La Plata), sin dejar de lado que en cuanto al suceso en sí su propio relato opta –arriesgada y valientemente– por la no explicación. En efecto, nada es nítido: no hay respuestas en esta lectura perturbadora que interesa desde la primera frase; si acaso, poner de manifiesto la complejidad de la mente humana y su dificultad a la hora de descifrarla.
Tantos lectores pasivos, –por desgracia, legión–, acomodados a la decimoñóñica manía de que todo quede atado y bien atado, ante el abierto misterio con el que este libro termina se sentirán defraudados cuando no ofendidos: A través del bosque no es una ficción donde pasen cosas sin dar respiro, otro thriller de superficie más consumido con adocenado tedio…
Con frecuencia ocurre que en las novelas hay momentos, episodios, situaciones y personajes que vienen de una experiencia vivida y entran en ellas con naturalidad.
El padre de Laura Alcoba (ambos sí aparecen con nombre real), otro argentino en París, se alojó en la minúscula casa anexa al liceo donde esa pareja amiga suya convivía con tres niños. Laura, siendo también impúber, jugaba con ellos. Un día su padre le revela algo terrible: Griselda había matado a sus dos hijos varones ahogándolos, un sobresalto que conmociona la tierna mente de Laura, quien crecerá ocultándolo en lo más profundo de su memoria hasta que una tarde, ya adulta y viendo una película, aflore.
Décadas después ella siente que debe contar esa historia. Y claro, necesita contactar con las personas que la padecieron. La autora no rechaza ese imperativo y lo incorpora a la narración, a lo que de inventado tenga esta. Escuchar a Flavia y Griselda no es algo cómodo, pero tras hablar con Flavia Laura toma conciencia de su papel de intermediaria entre madre e hija: «tenía que hacerlo, sobre todo porque, de alguna manera, era como si también la propia Flavia lo estuviera esperando». La gozosa sensación resultante es que lo inventado y lo no inventado finalmente forman parte de la ficción total de A través del bosque. Un logro al alcance de pocos.
Sostiene Vargas Llosa que para muchos críticos es más original el autor que registra menos influencias: el que levanta sus historias más a partir de una realidad vivida que de una realidad leída, aquel cuyos demonios son más personales que culturales. La ficción ajena no puede ser una fuente de experiencias creadoras para un escritor; la vida ajena, sí. Estamos ante el problema de la mayor parte de la literatura moderna: ninguna ficción es buena a menos que se parezca a la realidad, y ninguna vida es digna de ser relatada a menos que se salga de lo común; y entonces parece inverosímil como ficción.
Llegados a este terreno no viene de más recordar a Ricardo Piglia cuando dijo que «todo es o puede ser verdad, pero la clave del procedimiento es que quien narra es un sujeto imaginario. La construcción de esta voz –y la posibilidad de hacerla convincente y creíble– es siempre el núcleo de lo que llamamos ficción». Y la voz que cuenta A través del bosque es, desde luego, convincente y creíble tanto desde la realidad como desde la invención.
Además de devorarse, A través del bosque se presenta como perfecto paradigma sobre las complejas relaciones entre verdad y mentira en el ámbito de la ficción, ámbito siempre tan resbaladizo. Descubrir en esta obra de Laura Alcoba los límites entre novela, biografía e historia, sus radicales diferencias y sus puntos de encuentro, resulta un desafío y otro –y no menor– motivo de disfrute.