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TRIBUNA

La muerte y la vida

lunes 04 de diciembre de 2023, 19:33h

Rara vez los pacientes hablan directamente del miedo a la muerte, aunque siempre indirectamente con circunloquios y elipsis. Al final, se quiera o no, siempre aparece para hablar de la vida.

Sin embargo, entre las más groseras mentiras se lleva la palma esta de Epicuro referida a la muerte: “el más terrible de los males nada es para nosotros porque, cuando nosotros somos, la muerte no está presente y, cuando la muerte está presente, entonces ya no somos nosotros. En nada afecta, pues, ni a los vivos ni a los muertos, porque para aquellos no está y para éstos ya no son”. Esta mentira la firma Epicuro, que de tal modo sacude a zarpazos su propio miedo, aunque por lo general le rodee muchos siglos después una aureola de filósofo sensato. En realidad Epicuro es mitad farmacéutico que vende calmantes y ansiolíticos, y mitad chef de cocina, por su refinamiento gastronómico[1]. ¿A quién le extrañará que con semejantes artes sea adorado por una posmodernidad que carece de un sentido trascendente de la vida? Comamos y bebamos, que mañana ni siquiera moriremos, pues la muerte se muere solita y sin deudos, sin nuestra presencia, pues ella está cuando yo no. La muerte se come el no-yo, no muerde en la vida, qué cosa tan rara.

Nadie debería mentirle a la parte más viva de nosotros mismos, que es precisamente la muerte. El fondo oscuro de la muerte hace resaltar con más brío los colores de la vida. Hay terapias banales de desensibilización para ciertos pavores, pero sin coger al toro de la muerte por sus cuernos sólo hacemos faenas de aliño y siempre estamos con un pie en el psiquiatra. Lo cual debe decirse igualmente de las instituciones burocráticas que viven dopadas por miedo a la humanidad.

Son también los defensores de las mentiras de Epicuro quienes las trasladan a sus propios hijos después de haberlas hecho propias. Cuando los niños descubren el carácter intempestivo de la muerte, los padres suelen tranquilizarlos haciéndoles ver que eso está muy lejos y que no les llegará porque se cansará de esperar. Con ello el psiquismo infantil activa mecanismos de defensa inconscientes creyendo que la parca sólo siega los pies de los demás, generando un peligroso imaginario de omnipotencia. Sin embargo, en la cultura foré de Guinea Nueva Papúa (según los estructuralistas como Lévi-Strauss, cuyas cosas no me creo demasiado pese a todo, empezando por su contumaz idealización de los “buenos salvajes”), los niños participan en los funerales en los que son devorados los parientes muertos, pero esta experiencia no les traumatiza porque los adultos participan en estas ceremonias sin carga de angustia.

Entre optimismo (tanatofilia) o pesimismo (tanatofobia) recordemos que la mariposa en un campo de estiércol se posará en la única flor que haya, pero la mosca en una pradera de flores sobre la única caca de vaca o similares que encuentre. Cuando alguien desea ser mosca prefiero evitar la excursión campestre con él. Edgar Alan Poe estaba poseído por un miedo insuperable al enterramiento en vida, y eso por no hablar de la reina Juana de Castilla, que según algunos (¿será verdad?) estuvo meses velando el cadáver de su marido, Felipe el Hermoso, llevándolo en procesión por los monasterios del reino con la esperanza de que volviera a la vida, a pesar de los muchos cuernos que semejante galán le puso.

La relación entre vida y muerte convive dificultosamente sobre una delgada arista. A veces estamos más vivos que muertos, y otras más muertos que vivos, siempre abrazados para no caer; a veces nos aferramos a la vida para no morir y otras a la muerte para no vivir. Se cuenta el siguiente caso, que he leído en varios lugares: aquella niña de tres años necesitaba una transfusión de sangre de su hermano de cinco, que había superado la misma enfermedad y desarrollado anticuerpos para combatirla. El médico explicó al niño lo que ocurría, y le preguntó si estaba dispuesto a donar sangre para su hermanita. Tras alguna vacilación, el pequeño responde: “bueno, si eso salva a mi hermanita…”. Durante la transfusión, acostado en la cama de al lado, sonreía viendo retornar el color a las mejillas de su hermana, pero de repente su carita se tornó pálida, miró al doctor y le preguntó: “doctor, ¿cuándo voy a empezar a morirme yo?”.

Ese miedo a la donación sin recepción está arraigadísimo en el adulto, tanto que puede empujarnos a robar lo ajeno, pase lo que pase. Pedro José Prouhon, padre del anarquismo y autor del conocido libro Qué es la propiedad, donde defiende que la propiedad es un robo[2], no pudo imaginar que en la reedición de sus obras quedase impreso el copyright Es propiedad del autor. Anarquistas he conocido que luego de la ardorosa defensa del libro citado se acercan un momento al cajero de su propio Banco. Hasta que no se apague, no sabremos si la vela es de cera o de sebo. De momento, para no perder la fuerza del guardar, recoge la fuerza del repartir.

Lo cierto es que el criterio de demarcación entre la vida y la muerte es la soledad. A veces el teléfono móvil timbra en los ataúdes mismos, pues el muerto no quiso que se desconectase su móvil: el vivo lo es porque busca compañía. En vísperas de Navidad, mientras aguardaban para la cena al director del hospital infantil de Managua, antes de salir sintió que unos pasos de algodón le seguían, se volvió y descubrió que uno de los enfermitos le seguía. Sorprendido y enternecido por la carita infantil ya marcada por la muerte, se acercó a él y rozando su mano musitó: “dile a alguien, que yo estoy aquí”. Si tú me llevas contigo la muerte no estará ya aquí.

Diré más: detrás de la adicción a las toxicomanías, al sexo barato, a la angustia, subyace el pavor de soledad, de infecundidad, de impotencia y de espanto ante la muerte. La obsesión por la falta de deseo o por la impotencia sexual está relacionada a un nivel profundo, inconsciente, con la angustia por el envejecimiento y la muerte. La actividad y la potencia sexual representan la vida. Benito Peral, a quien tanto respeto, escribe en su último libro: “recuerdo con ternura y cariño lo que un paciente mío, fraile él, al que tenía en tratamiento con fármacos antidepresivos, me dijo cuando le pregunté si la medicación le producía efectos secundarios: ‘sí, lo que más noto es que me quita deseo sexual’. A lo que yo, algo socarronamente, le contesté: ‘bueno, eso está bien dada tu condición de religioso’. A lo que respondió: ‘pero es que a mí me gusta sentirme vivo y tener que luchar contra la tentación’. Fue para mí una lección de humanidad”[3].

La ansiedad ante la muerte se ve alimentada por la decepción que sienten quienes no han logrado realizar sus potencialidades. Pero ni siquiera la muerte de un viejo caquéctico debe ser identificada con el insuperable cansancio de una ballena varada; la muerte de un anciano no es una llegada a un pudridero ni un naufragio cuando se han avistado -¡tierra a la vista!- otra tierra, otros cielos, otra nueva creación. Ojalá que a los escépticos no les devoren con sus triples filas de dientes los tiburones ni los alevines de la soledad infecunda. Hoy es mañana, y no un ayer cansado. Poner el foco en este quehacer es el primer paso para sobreponerse a la ansiedad ante la muerte.

Eres como la luna: tienes una cara oscura que no enseñas a nadie

[1] ¡Bien por Ciorán! “¡Qué decepción que Epicuro, el sabio que más necesito, haya escrito más de trescientos tratados! Y qué alivio que se hayan perdido... ”.

[2] Cfr. el excelente libro de Iglesias, F: Pierre-Joseph Proudhon: federalismo y mutualismo anarquistas. Fundación de Estudios Libertarios Anselmo Lorenzo, Madrid, 2023.

[3] Peral, B: Sobre la muerte. Fundación Emmanuel Mounier, Madrid, 2023.

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