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TRIBUNA

Paisajes de vida, éxodo y exterminio

lunes 11 de diciembre de 2023, 19:32h

No he olvidado nunca, a pesar de los años, el inmenso dolor fraternal de pérdida sentido en el paraje donde una vez estuvo el campo de concentración nazi de Dachau, a pocos kilómetros de Munich. Se trata de una región pantanosa y exhuberante donde, a lo largo de los siglos XIX y XX, se asentaron, una tras otra, distintas colonias de artistas naturalistas que pintaban paisajes, bañistas y todo lo concomitante al natural, ajenos al tráfago de la vida cosmopolita. Las colonias esponjaron mucho al atraer a pintores de todas partes, creándose alojamientos y escuelas de arte, felizmente gestionadas por mujeres artistas. Por allí recalaron Nolde, Liebermann, Corinth, Slevogt, Marc... En el mismo espíritu de aquel Worpswede de Paula Modersohn-Becker.

Visitando los vestigios del tristemente célebre campo de concentración y exterminio citado, trazado regularmente con alambrada, como es usual, en algún trecho del paraje junto a la carretera, me resultaba imposible imaginar cualquier escenario de ilusión o vicisitud placentera en aquellos contornos frondosos de apacible naturaleza virgen. Y, en el fondo, si exceptuamos los breves años del Holocausto, es lo que más hubo allí, como bien sabrás. Me costaba aceptar que aquel lugar pudiese haber tenido, alguna vez, una bella música de fondo y haber alojado, en el vientre de la floresta, un canto colectivo de amor y vida. Me obcecaba en verlo como el siniestro patio de experimentos del mismísimo mal del mundo vestido con uniforme verde azulado.

La experiencia me nubló las entendederas, lo sé. Pero también me templó el alma con una nada desdeñosa empatía, Me enrosqué en un dolor sin cabo ni rabo del que tirar; en una espiral descendente que me hundía sin remisión, eso no puedo negarlo. Y, con razón, leí hace unos años que la localidad de Dachau revelaba su necesidad de quedar al margen de la memoria opresiva de ese pasado. Anunciaba, con naturalidad, su absoluta normalidad histórica, cuya única anomalía es una vicisitud precisamente positiva, la de ser un destino aglutinante de creatividad. Georg Baselitz y otros muchos artistas han contribuido a actualizar lo que fue un largo y excepcional maridaje entre la localidad bávara y el arte.

Pero no crea que me duró poco la condolencia con el pueblo judío. Aún la llevo dentro... Sufrí mucho por las víctimas del Holocausto, y aunque nunca entendí en su justa medida el particular matiz de 'pueblo elegido' -respetando yo la figura de los profetas y la creencia de la nación judía en sus textos sagrados-, no por esto dejé yo de llorar amargamente el aberrante e injusto trato que se les dio. Para mí, judíos y musulmanes siempre han sido también mi gente.

También los gitanos lo son, y todos los que tuvieron la desgracia de caer en ese polo de la tierra, en ese lugar de la historia, donde la vida no es ningún juego, como decía Salinger. Y eso, después de haber vivido ya experiencias terribles en siglos precedentes.

Siendo muy joven cayó en mis manos aquel libro sobre el Exterminio... Deportación, se llama, recomendado por la Academia Francesa de Humanidades. Sobrevivió el libro -eso sí, muy maltrechito- al incendio de mi estudio, hace casi treinta años. Aun así, puede leerse en casi su totalidad. Por ese volumen gráfico supe toda la trágica historia en detalle, con pormenores que marean por su dureza. Un verdadero contra-Dios... Un aquelarre. Me derrumbaba cada noche cuando, tras las tareas escolares, abordaba un nuevo capítulo de Deportación. Lo más sangrante era saber, por la lectura, que muchos conocían lo que estaba pergeñando el diablo vestido de uniforme.

Este no lleva el mando de los ejercitos de la paz, afortunadamente, aunque no le haría ascos con tal de arañar cadáveres. Es tan presumido como ambicioso; ha gustado siempre de ataviarse con mejores galas que los propios embajadores de buena voluntad y sabe perfectamente que debajo de todo impecable uniforme militar hay un amasijo de visceras latente, que son para él tan deseables, cuando quedan esparcidas, como los buenos paños que las arropaban. Ojalá el hombre rehuyera el sangriento trampantojo... La trampa incomprensible de la guerra; y esto aunque Platón se rasgase las vestiduras.

Pero la guerra más cruel no es la que libran el Siniestro de uniforme y el uniformado para la paz, sino la que se libra contra el hombre inocente e indefenso, despojado de su dignidad, expoliado de un mínimo cobertor siquiera... Obligado al hambre, al frío, a la nada aterida como antesala del final... Y los niños... No hay cosa que más guste al diablo que devorar la vida de los niños... En las guerras hay violadores y cazadores de niños, impunes; los niños son la inocencia presente y la rivalidad por venir... Los miles de niños y jóvenes asesinados -en acostumbrada desproporción- han sido el mayor dolor de esta nueva guerra, tan oxidadamente vieja e inútil. El pueblo israelí lloró a los suyos en las masacres perpetradas por los asesinos el siete de Octubre. Los palestinos lo hicieron por los suyos. A nosotros nos duelen todas las víctimas. Los niños palestinos eran el gran dolor del poeta Mahmud Darwish: 'Los niños se van junto a los ángeles pequeños, en busca de cielos límpidos'. El dolor por los niños todos -flores en eclosión- nos destroza.

El dolor retorcía mi joven corazón cuando supe que los nazis separaban a las madres judías de sus hijos, en medio de la Solución Final. Era el peor desgarro en el alma antes del corto éxodo a la muerte que recorrían los desdichados. Todo éxodo es antítesis de promisión, metáfora de la muerte, o ensayo de ésta. Pero el de una condenada al patíbulo, a la que arrancan su hijo de la mano, debe ser la desolación máxima. Ahí estuvo Cristo para enseñarnos a resucitar.

No voy a seguir con esta tortura, pensaba cada mañana tras despertar de una nueva noche de pesadilla por cuanto leía. No voy a volver a leer ese libro, me repetía a diario. Pero el mismísimo George Santayana habría dicho que aquel libro era un pasado mío -humano- que yo me estaba obligando a conocer. Han existido estaciones pesadillosas en mi -nuestra- vida y, hasta hoy, hemos despertado de todas ellas. Hemos tenido buenas rachas, como todo el mundo, para compensar las otras -así parece funcionar-, pero no hemos conocido la felicidad redonda; para que lo fuese, tendrían que ser erradicadas muchas injusticias sociales que siguen vivas. Y las guerras... Ninguna está justificada si hay, además, víctimas inocentes, y siempre existen. A veces, demasiadas, como en este aplastamiento sobredimensionado de una gran población, en Gaza, tristemente vivido ya en el pasado y en muchas latitudes del mundo; ¿esos dolores se nos han olvidado?

Una felicidad aceptable implicaría una esperanza real mínima para cada ciudadano del mundo. Para sentirse uno completamente feliz, el mundo entero -sin privilegio de excepción-, debería saberse y quererse respetar a los más débiles de la humanidad, aquellos que tienen menos que una mano delante y otra detrás; aquellos que llevan la espada de Damocles temblando en equilibrio sobre la coronilla. El problema del hombre es su falta de sensibilidad lateral, oblicua, hacia allí donde viene otro hombre que se cruzará conmigo, con el que tendré que compartir el pan y el sol.

Ahora que casi estábamos en el futuro... De nuevo vivimos sin vivir... ¡No es vida ésta! Siempre en medio de guerras, perdidas de antemano por todos, cuando los inocentes caídos, ya sean en Ucrania o en la franja sirio palestina, nos arrostran ante nuestros propios desbarres, larga y vergonzantemente repetidos.

Como ve, no nací con dotes para el entertainment, estoy hecho un jeremías descosido, aunque el armario de mi conciencia está lleno de luminoso optimismo en la paz... Una justa, amplia y duradera, ¡por Dios!

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