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DESDE ULTRAMAR

Del bicentenario de la Doctrina Monroe al “No hay plata”

Marcos Marín Amezcua
jueves 14 de diciembre de 2023, 19:49h

El pasado 2 de diciembre de 2023 de cumplieron doscientos años del afamado discurso –muy sobrevalorado– que pronunciara el mandatario estadounidense James Monroe, del que se desprendió la consabida Doctrina Monroe, que tantas desdichas ha traído a América toda. Y que merece, en su bicentenario, encuadrarse en un análisis que, no por somero, sea objetivo y, sobre todo, elocuentemente evidenciador de sus carencias y sus procederes, dotándola de su justa dimensión, real e histórica, que, nunca está demás y nunca sobra, es preciso recordárnosla para no exagerarla ni endiosarla, pero sí concienciarla. Y no es que deambule por allí, merodeando entre los susceptibles de ser encandilados, algún internacionalista que la potencie, igual que quienes quemaron copal al finado Kissinger, ese impresentable que no ameritaba mayores atenciones ni elogios a su muy cuestionable labor injerencista, mas importa no obviarla.

Sí, aquello de “América para los americanos” despierta todavía resquemores por el tramposo juego de palabras que entrañó. ¿Apropiarse solo ellos de un continente? Sí. ¿Americanos somos todos en este hemisferio? No, no para ellos, nunca lo fuimos. Podrán negarlo. Mimetizar su país y el continente en “América” es y fue mañoso. Sembraba la duda de a quiénes se referían. John Quincy Adams consideraba a los hispanoamericanos como animales recién liberados. Así que no, nunca hablaron de iguales con iguales objetivos. Desde luego, algún día se la adueñarían, no en 1823 ni tenían cómo hacerlo o cómo impedir que Europa, recién echada de estas latitudes por vía de Portugal y España, recobrará lo perdido, tal y como se rumoreaba sin demasiadas bases, después de la conferencia de Verona de 1822, en la cual infructuosamente España pidió ayuda para reconquistar la América continental, que perdería luego de la desastrosa Revolución de 1820 distrayéndose los recursos reunidos para tal fin, para mejor impulsar a Riego, mientras el tarambana de Fernando VII –el felón– no supo cómo recuperar aquel basto y rico imperio, necio y perdonavidas muriendo en su cama sin reconocer una sola de las repúblicas hispanoamericanas.

Pues bien, Monroe se jactaba de lo que su país no podía impedir: el desembarco de tropas europeas –daba igual de dónde provinieran ni a quién ayudaran a qué– intentando reimplantar el dominio europeo donde ya estuviera perdido. Monroe se calló –y en Londres tomó nota Lord Canning, ministro de Exteriores– pretender echar los dominios europeos aún existentes y muchos de tales no exánimes en la actualidad. De manera tal, que la bravuconada yanqui era eso, no poniendo en riesgo las posesiones danesas, rusas, británicas, neerlandesas o francesas. A lo más parecía referirse a los soltado por España y Portugal y ni por esas, impidió cualquier intentona de reconquista, real o imaginaria, como las hubo posteriores. Y si no fueron efectivas no lo fueron gracias a los yanquis ni a su Doctrina Monroe.

La Doctrina Monroe –se base o no en el Destino Manifiesto, pues no la considero solo basada ni nutrida más de ello, sino la veo mucho más coyuntural y con menor inteligencia, esgrimida– apenas si se nutría de suponer vagamente que Diosito consentía el abuso y la expansión yanquis para apropiarse a como diera lugar de un continente al completo, porque por muy recurrente que fuera el discurso expansionista, los hechos no respaldaban los sentires ni los recursos disponibles. No, en 1823. Y pese a advertir el proyecto monroista el embajador español Luis de Onís o, antes, el Conde de Floridablanca. Sí, engullirlo hasta la Patagonia era un dicho, acaso, pero no un hecho factible. Monroe temía más al regreso de Europa que pensar en abonar las veleidades de su propia expansión. Quitémosle lo “visionario” a Monroe.

Así, reitérese, en 1823 y durante muchas décadas más, Estados Unidos ni hubiera podido impedir el retorno o el expansionismo europeo ni fraguar el propio de escala continental, ya no digamos de una mundial ni lo intentó siquiera, dejando a la aludida Doctrina en una suerte de bravuconada, un mito por su inexistente fuerza. Como no es mito que ningún país hispanoamericano jamás le concedió derechos ni primacía a Estados Unidos ni de protección ni de liderazgo merced a tal doctrina. Tal frenó las intentonas de reconquista desde España. Washington se avino con rusos y británicos en temas territoriales bajo otros criterios. Fue mucho peor y más efectivo el corolario Roosevelt, la política del Gran Garrote seguida de la política de las cañoneras y del dólar de Taft que la mitificada Doctrina Monroe.

Sí, jamás a EE.UU. le interesó el desarrollo de América toda, sino solo para sus particulares intereses y en el nombre de su poderío, mientras imponía condiciones o esquilmaba países, ocupándolos y apropiándose ventajosa y alevosamente de sus recursos. En eso, su preeminencia material e industrial copando industrias y mercados locales ayudarían a su despunte y su omnipresencia con sus productos y atractivas ofertas. Tantas veces en detrimento de la producción local y con gobiernos y sociedades permisivas de su actuar, necesitando para ello de encandilados y aturdidos que los admiraran hasta la ignominia o los secundaran. Solo así se entiende su ascenso continental visto desde afuera de sus fronteras.

Y con el paso del tiempo, la América hispana fue mucho más víctima que beneficiaria de sus designios. Invasiones o intervenciones, avasallamientos o influencia cultural. Y, sin embargo, resiste y resistió cuánto pudo y eso cuenta, eso importa. La existencia de EE.UU. dificulta en América todo proyecto integrador que no lo considere y prime a sus intereses. Su cercanía siempre despierta fundada desconfianza, recordando que carece de amigos, tiene intereses. Teniéndolo claro, la cosa funciona sin sorpresas, pero nos debe mantener en permanente alerta. México lo sabe bien. No puede dormirse frente a los yanquis teniéndolos de frontera. La región no se queda acodada, se mueve, evoluciona y hasta ha superado a la democracia yanqui con sus vetustas formalidades dieciochescas. Y es verdad que siempre fue alertada, pero no reaccionó a tiempo. Ya Martí apuntó el peligro. Rubén Darío respondió: “somos la América que aún reza a Jesucristo y habla en español”. Y aquí seguimos, porque la Doctrina Monroe no pudo con todo.

No secundo ni concuerdo con la Leyenda Dorada, que es más excelsa y disparatada que la Rosa, cuando apunta cuestionando que los países hispanoamericanos mejor no se hubieran separado de España, dados los resultados de una veintena de pobretones. Y trasluce el peligro yanqui acechante. Y es que si somos honestos ni ellos ni España por separado fueron un dechado de grandiosidades en estas últimas dos centurias, mientras ascendían los EEUU.. A la entrada de España en la UE (Mercomún de entonces) un viejecillo madrileño socarrón, me dijo: “es que si no, solos no habríamos podido”. A juzgar por estos dos siglos pasados, es verdad. Así que nadie se cuente cuentos ni edifique ucronías banales o ufanas, que la ruptura del Imperio tiene múltiples causas en ambas direcciones. Nadie supo ni puede ofrecer mejoría por separado. Reflexionemos mejor, buscando, bosquejando nuevas oportunidades sensatas y convergentes para todos hacia el futuro, dejando de lado populismos baratos, como igual burdas iberosferas y otras zarandajas. Si lo aceptamos de una vez por todas, seremos más grandes y podremos trabajar verdaderas agendas comunes y justas. Algo que sea contrapeso en la frase “frente a los Estados Unidos de la América del norte, los estados desunidos de la América del sur”, prevaleciente.

Y en medio de este escenario, surgen de cuando en cuando estrambóticos personajes como Milei. Su contundente “no hay plata” a la vera del río de la Plata sin entrar en prolegómenos de si es debido a que la plata ya se la llevaron otros y quiénes, preguntémonos cómo se llegó a esto. Al final, seguimos en el hoyo. Ya lo advertía Fidel Castro: pudimos serlo todo y somos nada y Bolívar con su “hemos arado en el mar”. Otros han sacado provecho, sí innegablemente. El caraqueño ya lo advertía: “Estados Unidos está llamado a sembrar de miserias nuestra América en nombre de la libertad”. Nos tienen que encontrar llevándoles siempre dos pasos de ventaja. Desestimamos 1848, no vimos venir el 98, no aprendimos del 59. ¿Y aprendimos ya algo o seguimos encandilados con los yanquis y con fatuas ideas de desunión que tampoco aportan? Lo mismo aceptas de ellos sus políticas migratorias que les albergas bases militares, así que nadie de lecciones y mejor aprendamos del pasado, que por no hacerlo, así nos va y tal Doctrina es un magnífico comienzo reflexivo para atenderlo.

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