Cargar con el sufrimiento y el dolor como quien carga como penitencia en las madrugadas de la Semana santa de Zamora, o con una gruesa bola de hierro por el patio del reclusorio, es una prueba de realidad. Sin embargo, cargar con una enfermedad mental cuando se padece sólo por miedo a que algún día llegue a dolernos algo de verdad, como en el cuento del “que viene el lobo”, este ponerse la venda antes del golpe es algo patológico.
Para muchas gentes, la máxima desventura no es el miedo a la muerte, sino el no haber sabido vencerla, la derrota, la humillación, el desprecio del máximo tesoro, que es la vida; cuando el boxeador arroja la toalla, el muerto es derrotado por la muerte. Sin embargo los mejores, aferrados aún al ángel que les extermina, siguen en pie desafiando a pesar de ello a la Dama negra mientras la preguntan: “¿quién te crees que eres, dónde está, muerte, tu victoria?”.
Si alguien nos hiciera una encuesta casi a pie de ataúd, qué pocos morituros con un pie en el estribo dirían la verdad sobre su miedo último. Si en la vida domina la mentira, ante la muerte todavía más:
“Después de todo, todo ha sido nada,
a pesar de que un día lo fue todo.
Después de nada o después de todo
supe que todo no era más que nada.
Grito ¡Todo!, y el eco dice ¡Nada!
Grito ¡Nada!, y el eco dice ¡Todo!
Ahora sé que la nada lo era todo
y todo era ceniza de la nada.
No queda nada de lo que fue nada.
(Era ilusión lo que creía todo
y que, en definitiva, era la nada).
Qué más da que la nada fuera nada
si más nada será, después de todo,
después de tanto todo para nada”.
¿Es esto miedo a sufrir por no haber conocido de cerca ninguna catástrofe?, ¿o una forma de asco y desesperación por haber sufrido demasiado y ya más no poder sufrir? Como en el alto Egipto, no pocos se llevan todavía hoy al otro mundo a su propio cadáver, al que atan a sus propias espaldas de día y de noche hasta que los gusanos muerden la carne que estaba sana y ganan la partida. Hay muy variadas formas de cargar con el cadáver; mi propia madre, que en paz descanse, perdió a su joven hija al dar a luz y, vistiendo de luto riguroso, lloraba y lloraba, y vivía como muerta en vida. Todo había quedado para ella como momificado, y así por largos años. Era la forma de seguir vinculada a su hija llevando su muerte sobre las propias espaldas. Las ropas de su hija se convirtieron en su propio sudario. Otros, como José Martí, lo ven más positivamente: “morir es lo mismo que vivir y mejor, si se ha hecho ya lo que se debe”. La realidad es que muchas personas van muriendo las horas de la vida como las campanadas que preludian la hora de la muerte: omnia vulnerant, ultima necat, todo hiere, pero lo último mata.
Hay incluso quienes viven su vida tan trágicamente, que sufren tragedias que nunca existieron, acaso necesitan imaginarse sus propios dolores para no sufrirlos cuando lleguen. En esos casos, detrás de los sentimientos timéricos o de temor se agazapa el temor primigenio del miedo al miedo, donde angustia y ansiedad laten ocultas pero cuyo pavor difuso lo impregna todo, como sentimientos sin objeto que son. Según todos los indicios, perecen al faltarles la determinación de estar delante del Enemigo tantos pasos como fuera posible sin entablar esa lucha sin tregua que exige conocer a dicho enemigo hasta en el modo de respirar. Con este espíritu peleaba Don Quijote a riesgo de perder batallas, pero nunca el ánimo. Eso es lo que importa de verdad al herido en combate, recuperar el mundo de la dignidad llevando en su frente el sol, aunque sepa que “la virtud más sea perseguida de los malos que amada de los buenos”.
Existen tragicómicos ejemplos en que cargar con el prójimo es para morirse posesivamente mejor abrazados, como Romeo y Julieta o los amantes de Teruel, tonta ella y tonto él. Pero hay otros memorables que fungen como una transfusión de la propia sangre de la vida, y que bien me gustaría que sirviesen como pauta de conducta a no pocos movimientos feministas emergentes. En efecto, corría el año 1125 y fallecía el emperador Enrique V. Los candidatos a ocupar su puesto eran Lotario, refrendado por los welfos, y Conrado, por los gibelinos. Durante el asedio del castillo de Weinsberg, el vencedor dio un ultimátum a los vencidos: si no entregaban la plaza la prendería fuego con todos ellos dentro. Los defensores apelaron a su benevolencia para que, al menos, dejara ir a sus esposas e hijas. Conrado aceptó y las permitió llevarse sus bienes más preciados siempre que los transportaran ellas mismas sin ayuda de animales o carros. A la mañana siguiente las mujeres salían cargando a hombros con los hombres, ya fueran maridos, padres, hijos, o hermanos, siendo rebautizada la fortaleza popularmente como Weibertreu, “fidelidad de las mujeres”, esas admirables Weiberfrauen o Waibinglen cuyo valor se repitió recogiendo entre los escombros humeantes los ladrillos que iban a reutilizarse para alzar de nuevo la capital de Alemania tras la segunda guerra mundial.
Esa gente forma parte de lo que el mexicano José Vasconcelos denominaba raza cósmica, y no el hombre de Piltdown, supuesto eslabón directo del australopiteco al homo sapiens que los científicos dieron por existente hasta que se demostró que era un fraude inventado por un aficionado.
Entre meter la cabeza debajo del ala y afrontar el sufrimiento, me quedo con el canto del gaucho trotamundos y saltacharcos, incluso echando el bofe, pasicorto o pasilargo, de puntillas, o a salto de mata:
“Yo he conocido cantores
que era un gusto el escuchar,
mas no quieren opinar
y se divierten cantando;
pero yo canto opinando,
que es mi modo de cantar”.
¿Quién con aspecto de león remansado se acostó ignorante y se levantó culto haciendo como que rugía, quién se durmió reaccionario y vio el alba abrazado a la revolución? El río va ganando afluentes y se va acercando al mar, que es su final. Antes de entrar en el mar, el río tiembla de miedo, pero luego sus aguas dulces se funden con la salinidad. Ya no hay río, todo es mar.