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TRIBUNA

Paseo de los Tilos

domingo 24 de diciembre de 2023, 20:30h

El viaje en autobús transcurrió mirando por la ventana, como suele ser por inercia en un viaje, con la atención puesta en lo que crees que va a ser interesante y puede solamente quedarse en llamativo. Pero el entretenimiento estaba asegurado. Daniel, a mi lado, me contaba que en los que hacía en coche con su padre la única conversación era ir enumerando y mencionando los carteles y letreros de todo lo que se viera a un lado y otro de la carretera. En el asiento delantero, la pobre Mariana sí que admitiría que se calificase el viaje de accidentado, ya que le tocó de acompañante un señor de olor corporal más que reprochable, de esos cuyo olor mefítico es producido por una falta de higiene o un problema real de salud —claro que el problema de salud se lo acaba imaginando uno, vencido hacia el cristal, como estaba ella, tapándose boca y nariz para que no entrase ni saliera más que el mínimo oxígeno que le hiciera aguantar por inercia, esta sí, humana de supervivencia—. Era el segundo toque de humor que aliviaba las intenciones aventureras de tres amigos que deciden pasar un domingo fuera de la ciudad. El primero ocurrió en la estación, esperando la llegada del autobús, creyéndonos puntuales y en realidad adelantados más de media hora. Nos sirvió para salir y desayunar por segunda vez. El rezagado frío de las mañanas de un otoño ya invernizo, aunque notábamos su aguante, iba cediendo paso al sol y lo despejado del cielo. El azul miraba los tejados como un soberano a su heredad, robustos los edificios ministeriales, un poco despechados en su anacronismo, pero con el detalle de la escarcha en sus parterres y las botellas de whisky dejadas con esmero entre las flores, como un No te olvidamos a la memoria de la fiesta nocturna.

Charlie, como buen anfitrión del lugar, nos esperaba en la parada y había necesidad, especialmente por parte de Mariana, de que fuera el primer receptor del trajín de olores en la venida. Olvidamos rápidamente el asunto una vez puestos en marcha. El tiempo podría haberse dado a la lluvia u obsequiarnos con una gelidez siberiana, pero la temperatura suave del mediodía se agradeció sin despegar los labios, no fuera a ser que la suerte cambiara. Más afortunado incluso, como en nuestro caso, era regodearse en el clima si los pasos se dirigían hacia los parques y jardines de la Casita del Príncipe, que Charlie tuvo a bien enseñarnos antes de comer. Uno, por tener la cabeza a rebosar de literaturas, piensa que cuando pone un pie en cualquier jardín que se precie, ya es un poco más juanramoniano, y si no referido a su poética, cualquier otro nombre que haya dedicado unas palabras a las callejas de boj, a los setos recortados con distintas formas y a toda esa dispersión elocuente de árboles y flores. No éramos muchos paseándonos. Mejor, así uno podía ensayar su afectación romántica sin que el separarse un poco de los caminos supusiera una grandilocuencia. La Casita del Príncipe estaba cerrada. Sólo hablaban los gorgoteos de las fuentes, delante y detrás, como una conversación de vecinas que no precisan verse para contarse sus vidas, saltando entre ellas el sonido. Los ventanales permitían husmear el interior oscuro. Dentro, lo que podía esperarse de las casas palaciegas y retiradas: muebles y sillas, consolas, candelabros atravesados por la modernidad de lo eléctrico, todo en su inmovilidad de sala apagada. Por la parte trasera, se descolgaba a los pocos reflejos que se adentraban una lámpara de araña. En la chimenea, descansaba un reloj conservado en un fanal. Estos objetos, cuando uno los mira, no sabe si tienen más poder de seducción al momento o después, cuando sean pensados y la evocación le llene a uno el alma —cuando se compone la estampa, podemos permitirnos usar palabras de este tipo— de posos melancólicos, si nos descuidamos, tanto o igual de mefíticos que los compañeros de viaje que nos pueden tocar. Pero uno los mira, asiente en silencio, y procura retomarlos más tarde, pues de estos asuntos con seriedad no se puede hablar más de cinco minutos. Daniel cogió en brazos a Mariana para que pudiera ver, ya que era la más baja en comparación al resto. Satisfechos, continuamos hasta la hora de la reserva.

Hablamos mucho, pero no demasiado si tenemos en cuenta que la mitad de los comentarios se los llevó la elección de lo que pedimos: lasaña de rabo de toro, solomillo de cerdo, carrilleras y arroz caldoso con la misma salsa de las carrilleras, copando la mesa de suculentos tonos vinosos, aplastados por un sol que requería de varios toques de crema para no incubar el melanoma. Comimos y bebimos, postres incluidos, y nos echamos a la ruta de nuevo para intentar bajar las comandas. Subimos hacia el monasterio por el paseo de los Tilos, aunque eran otras especies las que señoreaban mejor la cuesta, que era mucha y costosa teniendo en cuenta la modorra que nos entraba según pasábamos las hileras de pinos. Daniel fue avistando madroños, con más o menos frutos, pues estaba contento de haber descubierto tantos en tan poco rato. De uno se cachondeaban con gusto en cuanto me callaba pensando las naturalezas. Ya tienes para veinte poemas, de aquí vas a sacar para varios libros, y así. Razón no les faltaba. Hay veces que uno parece un botánico frustrado. Charlie, entre la comodidad del momento y el vencer cierta timidez, nos iba desgranando a qué sitios podíamos acercarnos para lo que quedaba de tarde y algunas anécdotas de su cosecha, alternando con las risas de Mariana y las tonterías que se nos ocurrían a cada uno al instante.

El resto se puede resumir en una parada en el jardín de los Frailes, una vuelta por las calles céntricas ocupadas por turistas y lugareños pijos —más el belén de aspecto inenarrable—, otra parada para probar un dulce típico que sabía a diabetes anunciada, y recorrer una galería comercial donde merodeaba un viento que se llevaba los alientos de quienes entraran en ella y el recuerdo de las tiendas cerradas, algunas en venta, permanentes en sus colores verdosos y dorados, severas pero sin llevarte a la solemnidad.

El atardecer encendió las decoraciones navideñas, lo abultado de la clientela en los cafés y el granate en la sierra de fondo. Nosotros no debíamos más que ensimismarnos en lo bueno de la jornada, pues aunque tocara a su fin, nos envolvía la sensación de si esto se podrá repetir, pero sin canturrearse la elegía, sólo de un modo cansado y feliz.

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