En esa encrucijada de los días finales del año que aún aluden al nacimiento de Jesús de Nazaret y a la visita de los Reyes Magos, se levanta la cuestión palpitante de la infancia, la más aludida en estas fechas, la más desafiante en el primer altozano navideño de la Lotería Nacional del 22 de diciembre, frente por frente a la enorme festividad de la Nochebuena.
En España 2,2 millones de niños se ven afectados por la pobreza, lo que supone que un 28,3% de nuestros niños ven muy de cerca la indigencia, más que en cualquier otro país de Europa. El niño siempre fue el tope de las aspiraciones de crecimiento, el indicador de las políticas de progreso, un concepto –el de la infancia– como lleno de soñadas esperanzas, y realidad humana en cuya felicidad los ricos y no tanto cifran su buena o mala conciencia. Todas las acciones navideñas con sus juguetes dorados que emprenden estos días las asociaciones, los concejales, los diputados, los señores regentes de los destinos de la patria están –estaban– unidos a la suerte del niño.
El estado del infante en plena oleada invernal, con las calles repletas de pequeños mostrando los regalos que desde sus casas traen para enseñárselos a los abuelos, es el reverso del país, porque en el anverso ya está la parte propagandística; en el calendario desabrido, cuando suena el viento helado en las callejas, la verdadera revelación y revolución es la del niño, que quiere decir mucho con su promesa de hombre, pues en él se comprende el futuro y solo a los románticos se les pudo ocurrir al repasar los motivos navideños, consagrar el final del año a estas grandes personitas, entre ositos de peluche, cartas con listados de juguetes, majestades del Lejano Oriente y mazapanes, con un mensaje de amor y empatía a los siglos venideros.
La pobreza educativa también está afectando de forma cada vez más severa a los niños españoles en edad escolar, alumnos a los que les faltan los libros o que apenas pueden desayunar. Según Save the Children, en nuestro país, muchos niños jamás pisan un colegio, y no todos los escolares reciben la misma formación. Encaramados en el escaparate de la Navidad, en ese acantilado de consumo febril, envoltura y desenvoltura de paquetes, no queremos ni imaginar, en nuestro cómodo hogar, los sobresaltos de muchos chiquillos que malviven en el seno de familias disfuncionales, atormentados por la falta de alimentos, ya ni siquiera de un escaso juguete, que en plena campaña navideña a veces reciben de segunda mano: son las negruras de la tormenta de nieve de estas fiestas, en fin, con todas las sombras que arroja la luz celebratoria del natalicio del Niño Jesús.
Llegar hasta aquí al terminar el año viejo, al final del invierno, es también redescubrir la Navidad de los que se han quedado fuera de la festividad, comprendiendo el esfuerzo heroico por sobrevivir de los más de dos millones de críos españoles a los que nadie atiende ni consuela en su llanto ni en su tristeza, que ven las luces y las cabalgatas desde fuera, seguros de que nunca podrán alcanzar esa clase de felicidad. Todo es sorprendente en ese recodo vital que es la penuria en el que se abisma la blanca Navidad: allí se presencia el ocaso de la civilización, el triunfo de la escasez, el fracaso de las políticas –y políticos– sociales. La cola de doña Manolita vuelve alegres a los pobres por unas horas esperando acaso el milagro con el producto de la venta de la lotería: unos pocos euros, tal vez el presupuesto de toda la semana, a cambio de tanto… Porque el pasmo de la Navidad actual han sido las cifras incontestables y las alertas que nos llegan de Europa, que ahora, con sus informes señalan la ceguera española, su hipócrita jovialidad que recorre por debajo y por encima el último tramo de diciembre: el niño español, objeto místico del bienestar, justificación de la familia, el contrapunto de la crueldad de los mayores, el humilde colofón a un año de truenos y encrespamientos, es paradójicamente el gran olvidado.
La noticia escueta de su escaso bienestar nos conmueve a algunos y deja indiferentes a la mayoría. Ellos, con sus cabecitas oteantes en medio del rumor estúpido de los padres, gozan de una visión privilegiada de la soledad, el abandono y la falta de compañía que los indicadores mundiales señalan después, frente a las mentiras de la publicidad y las familias felices. En esta hora de diciembre es cuando más se destacan los chavales, cuando más se instrumentalizan para pintar de jovialidad los lugares sagrados de la Navidad. La historia es muy vieja: hagamos, pues, algo por cambiarla o, de lo contrario, la Negra Navidad y su ciego dramatismo harán muy pronto de los relatos de Charles Dickens simples cuentos de hadas.