Y así me di cuenta de que mi hija se había hecho mayor. Todo lo que yo le había inculcado durante estos años en cuanto al amor hacia los libros, la originalidad cuando escriba o cuente algo de forma oral, el origen de las palabras provenientes del latín o del griego o las curiosidades de la traducción desde el inglés se hizo realidad: mi hija me ha dicho que quiere ser de letras y tras decírmelo, sentí mi propia implosión.
¿Qué futuro hay hoy para los que han decidido ir por letras? Yo diría que al menos el mismo de los que lo han decidido hace quince o veinte años, cuando yo también era un preuniversitario enamorado del rayo de luna de Becquer, y quería ser periodista como Pérez-Reverte. De guerra en guerra y siempre ileso, saliendo en los telediarios y ligando mogollón seguramente. Mis sonrientes padres me pagarían piso y estudios en “la complu” y yo saldría por los bajos de Argüelles a diario mientras mis notas no serían inferiores a un notable. Porque yo lo valía y había llevado la revista del instituto y un programa en el que pinchaba vinilos de Eskorbuto en una radio local. Yo era un periodista sin título; pero no. Nada fue según lo previsto.
Estudié pedagogía y maldije fuertemente al SPSS, los datos y esa retahíla de números que, teóricamente, deberían hacerme ser mejor investigador. Prefería una tarde complicada de dentista a un sumatorio. Recordé mil veces al padre Fortunato, el que me hizo odiar las matemáticas con esas torres de fracciones infinitas que, a buen seguro, deben reposar junto a él en ese lugar adónde van los que no han sido justos en vida. Me formé en otras cosas, fui quitando hojas del calendario y a la vez espinas clavadas en cuanto a periodismo, literatura, radio… leí, que no es poco.
El día en el que nacieron mis hijos llamé en primer lugar a la familia y acto seguido a Chelo Veiga, la coordinadora de bibliotecas de mi ciudad para que tuviesen carné bibliotecario desde el mismo día de su nacimiento. Mientras mis compañeros de facultad veían OT yo navegaba al corazón de las tinieblas con Conrad y Charlie Marlow en busca de Kurtz. Otros escuchaban “Flojos de pantalón”, yo escudriñaba cada una de sus palabras para intentar entender esos versos crípticos. Soy de letras, pero no, ¡mi hija no!
Hablábamos del futuro de los de letras. Y vale, tengo cierto sesgo inconsciente en este sentido. Una hija arquitecta o ingeniera o médica viste más que una filóloga, ¿no es así? Pues no. La inteligencia artificial puede que se coma con el tiempo muchos puestos de trabajo, pero en el fondo se nutre de nuestras palabras y expresiones; más en concreto del buen, —o mal— procesamiento del lenguaje natural (PNL). Esto que a usted le puede sonar a chino es el nuevo lenguaje que ahora entienden las máquinas. No es lo mismo decirle a la máquina: “enseñame matemáticas” que: “Proporcionaré algunas ecuaciones o conceptos matemáticos, y será su trabajo como experto matemático y maestro explicarlos en términos fáciles de entender. Esto podría incluir proporcionar instrucciones paso a paso para resolver un problema, demostrar varias técnicas con imágenes o sugerir recursos en línea para un estudio más profundo. Mi primera solicitud es que necesito ayuda para comprender cómo funciona la probabilidad”. En la primera de las posibilidades la IA puede que le haga un churro, en la segunda, a buen seguro, le ayudará.
Eso, amigos, es lo que se llama promp o lo que es lo mismo, orden secuenciada. Un nuevo anglicismo y una curiosidad para que usted no se vaya a la cama sin saber otra más: cuando yo estudiaba inglés promp era algo inmediato. Ya ven.
Mi hija quiere ser de letras y a mí me tiemblan las piernas, me entran sudores y temo por su futuro. No quiero que sea una poeta becaria en un periódico regional que monta una editorial alternativa y vive en un piso compartido con olor a “hierbabuena”; pero a la vez no cabe más gozo en mí porque esa vida precaria para mí una vez fue sueño. También por darme cuenta de que esa vieja dicotomía ciencias-letras ya ha pasado a mejor vida. Hace unas semanas les hablé de la posmodernidad. Todo mezclado a la vez y en todas partes. Las costuras ya no existen. Todo es líquido. El futuro de la ciencia son las letras; pero nada de esto es algo novedoso. Steve Jobs tenía perfil en humanidades. Piensen también si detrás de todo lo que la IA puede implicar no hay poco que filosofar.
Luis García Montero, director del Instituto Cervantes ha dicho que solo el 10% del lenguaje relacionado con esta nueva tecnología disruptiva y barata que se extiende de forma exponencial está en castellano. Ahí también parece que hay mucho que hacer.
A mi hija solo le doy un consejo. Saborea las mieles de la posmodernidad. El año pasado felicité la Navidad por WhatsApp con una postal elaborada con Stable Diffusion y fue algo tremendo para todos aquellos amigos y familiares a los que se la envié. Ahora estoy limpiando la estilográfica porque este año me he decidido a felicitar las fiestas y el año nuevo con un haiku escrito a mano. Aprovecho la ocasión y les felicito a ustedes, lectores de EL IMPARCIAL.
En el nuevo año/sol para tu camino. /Luz desde tu alma.
Hay que saber hacer de todo en esta vida.
