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RESEÑA

El estanque de ámbar, De Francisco López Porcal

El estanque de ámbar , De Francisco López Porcal
Javier Mateo Hidalgo
miércoles 27 de diciembre de 2023, 11:40h

“Escribir es defender la soledad en que se está”, decía María Zambrano. La filósofa malagueña entendía muy bien que se nace, se crece y se abandona este mundo estando solos, por mucho que nos acompañemos en nuestro viaje de otros individuos. Es desde esa soledad como se obtiene la esencia de lo que nos rodea, motivada por nuestra necesidad de entender las cosas en su presente y pasado. Ello no deja de resultar una forma de tratar de entendernos a nosotros mismos —nuestra naturaleza y existencia, nada más y nada menos—. Desde ese comprender lo de fuera nos vamos labrando poco a poco, cultivando en conocimiento y sensibilidad, pues una cosa lleva a la otra. Y ello nos permite comprender y explicar nuestra realidad cercana y lejana, razonarla para nosotros y para los demás, construyendo nuevo conocimiento. La escritura conlleva una ejercitación de la expresión escrita, la búsqueda de una voz propia dotada de intransferible personalidad. Lograr una belleza a través de las palabras sin que éstas oculten su significado. Pocos autores consiguen esto, deslumbrar desde el lenguaje para lograr del lector la curiosidad por los temas tratados.

Una de las plumas que actualmente cumple con estos requisitos es la del Francisco López Porcal. Valenciano de Mislata, tuvo desde siempre interés por las letras, aunque su visibilidad haya llegado finalmente con la madurez. Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Valencia (1998) y Doctor por la Universidad Cardenal Herrera-CEU de Valencia (2014), ha compaginado su labor académica con la publicación de libros de ensayo —La Valencia literaria desde el espacio narrativo (UNED, 2018)— o novelas —Atrapados en el umbral y La ciudad de las vanidades (ambas publicadas en Sargantana, en 2019 y 2022 respectivamente)—, así como una colaboración constante en diversos periódicos y revistas —Las Provincias, El Cuaderno, Revista de Letras o Cualia— o en programas radiofónicos de tertulia cultural —La Palestra o La Tramoya, en Plaza Radio—.

La actividad de López Porcal continúa incesante, ahora sacando a la luz un nuevo libro: El estanque de ámbar. Escenarios, libros, debates y aproximaciones. Publicado por NPQ Editores, constituye un compendio de sus mejores artículos para distintos medios, seleccionados con esmero y actualizados para la ocasión. El libro cuenta, además, con un prólogo de lujo a cargo de una leyenda viva de la televisión y radio españolas: Miguel de los Santos. El volumen fue presentado el pasado jueves 30 de noviembre en la recién inaugurada librería Vuelo de palabras de la capital del Túria, contando con ambas figuras mencionadas como anfitriones.

El estanque de ámbar llama la atención ya desde su propio título y portada, destacando la tranquilidad y reposo al que invitan los textos reunidos y que inspira esa lámina de agua. El ámbar o resina fosilizada será el depósito metafórico que encierre los recuerdos o la memoria histórica, así como los valores interiorizados por cada individuo. Una especie de cóctel a saborear —como sugiere la portada—, deteniendo el ritmo frenético de la vida diaria e invitando al sosiego que toda meditación precisa. El prólogo —trazado con la maestría de su autor—, señala que el libro es “fruto de la minuciosa contemplación de las cosas bellas que nos regala la vida: paisajes, ciudades, personajes que son como nenúfares flotando sobre las aguas tibias de El estanque de ámbar cuya raíz se ha aferrado al fondo de la historia y cuya flor embellece la superficie con el colorido de una narrativa brillante”. Los textos recopilados tienen en común el carácter “de lo universal”, por cuanto sus mensajes portan “un innegable interés por el sentido del hombre en general y su trascendencia en la configuración de los diversos tipos de sociedades que pueblan la tierra”. Con su traslado al formato del libro, estos pensamientos trascienden “la efímera presencia que les proporciona la página de un diario” para acceder al nivel de lo perdurable. La estructura de la obra divide el material seleccionado en tres partes bien diferenciadas con títulos que identifican la temática que los reúne: Escenarios y crónicas urbanas, Ceniza de la memoria y Los meandros de la narrativa.

El primero de ellos alude al valor de los lugares habitados, representando en la Historia e historias que encierran el legado cultural de las distintas sociedades que los poblaron. La forma en que este patrimonio humano puede interpretarse lo personifica la figura del flâneur baudeleriano o transeúnte urbano, dotado de sensibilidad y sed de conocimiento que deambula anónimamente por estos escenarios, entendiendo lo que le rodea como una forma de reflexión. Ha de existir en él esta voluntad, pues como dice el autor “nunca se debe viajar a una ciudad prescindiendo de los libros, de su memoria y de la nuestra, porque cuando el viajero se adentra en el corazón de la ciudad, es la propia ciudad la que sale al encuentro”. Así, ese visitante “marcha por la calle con la única mochila que ha de llevar, la de su propia conciencia”. En el texto titulado La película que nunca rodó Fellini, afirma López Porcal que “la ciudad hay que transitarla desde el anonimato del flâneur anotando lo que parece minúsculo y en realidad no lo es”. Será en esa forma de mirar del observador sensible donde se separe el grano de la paja, poniéndose en valor lo que para la inmensa mayoría —por desconocimiento o desinterés— pasa desapercibido. En la soledad de quien observa con acierto, “gradualmente” se “confunden los mundos reales” e “inventados”.

El narrador de estas historias se sitúa en una posición privilegiada para guiarnos y, como las compostelanas y “dieciochescas virtudes cardinales expuestas a una resignada intemperie de vientos atlánticos y lloviznas persistentes”, observa y escribe combatiendo los adversos factores climáticos de su tiempo. Y lo hace con la sabiduría de las piedras milenarias o doblemente milenarias, como las que erigen la capital del Túria —lugar al que dedica buena parte de los textos como “campo de pruebas”—. López Porcal parece adoptar la forma escultórica adosada en alguna cornisa, cuyos ojos han observado el discurrir de los siglos en el progreso del mundo. Como el “ángel de la historia” de Walter Benjamin —inspirado en el Angelus Novus que pintó Paul Klee—, elogia los aciertos pasados del individuo y trata de preservarlos, advirtiendo que una mala lectura de ellos en el presente puede conducir a catástrofes futuras. La inmovilidad del escritor queda mitigada por la acción que ocurre frente al paisaje que tiene ante sí. Una ventana desde donde mirar la vida pasar, la cual tomó verdadera presencia física durante el confinamiento al que el COVID-19 nos sometió, también muy presente en el libro.

Consciente de su responsabilidad, López Porcal vuelve a recordarnos a Zambrano en uno de los artículos, La fuerza del personaje literario, para asegurar que “una ciudad sin escritores queda vaciada de su esencia de ciudad”. El escritor representa ese atesoramiento de la información valiosa de un lugar, pues éste solo existe —como recuerda el antropólogo Manuel Delgado— “en tanto que la memoria de un modo u otro lo reconoce, lo sitúa, lo integra en un sistema de significación más amplio”. Recuerda López Porcal la Maurilia de Las ciudades invisibles de Italo Calvino en Un milagro para la iglesia del milagro, citando una de sus partes: “A veces ciudades diferentes se suceden sobre el mismo suelo y bajo el mismo nombre, que nacen y mueren sin haberse conocido”. Algo que liga con la afirmación de Kevin Lynch citada en el artículo El último tranvía: “Aunque las líneas generales de los estados urbanos pueden mantenerse durante cierto tiempo, los detalles cambian constantemente”, y “solamente se puede efectuar un control parcial sobre su crecimiento y forma. No hay un resultado definitivo, sino una sucesión ininterrumpida de fases”.

En Ceniza de la memoria, los artículos que conforman este segundo tramo del libro aportan lúcidas reflexiones en torno al momento delicado que afronta la búsqueda del conocimiento por parte de la sociedad, la ausencia de rigor crítico y el sometimiento del individuo a las ficciones construidas por los medios de comunicación y por la mediocre clase política, preocupada más por subsistir en el poder que por mejorar las circunstancias de la ciudadanía —por la que debe trabajar y de la que depende, no lo olvidemos—. El pan y circo sigue más presente que nunca, sustituyéndose los cosos por pantallas de diversos tamaños y con contenidos cada vez más vacíos. “Reconozcamos que la sociedad actual abraza la frivolidad y el espectáculo del esnobismo. Un desierto por donde vagan —salvo excepciones— bastantes universitarios de humanidades que, desde el trampolín del corta y pega y la pantalla digital, se zambullen en la incapacidad para manejar bibliografía”. Las nuevas generaciones aparecen como protagonistas de todo ello, pues representan ese futuro social. De ellos depende que la situación cambie y, en concreto, de su interés por las humanidades. “Y es que en un mundo que solo entiende de productividad y rentabilidad laboral”, éstas “son tratadas con la indiferencia que precede a la paulatina expulsión de la economía globalmente”. No sólo van menguando en los planes de estudio —tal vez por interés de los políticos en reducir la masa crítica—, si no que la propia cultura del esfuerzo ha dejado de fomentarse. Éstas y otras cuestiones son tratadas a modo de toque de atención al sujeto lector, a fin de hacerle tomar conciencia de una situación a todas luces grave.

Finalmente llegamos al tercer y último tramo del libro, Los meandros de la narrativa. En él se lleva a cabo un conjunto de análisis de lecturas diversas, cuyo contenido va en sentido contrario al de las publicaciones mayoritarias actuales, que han “dejado atrás el bien individual para equipararlo al de la eficacia en un claro guiño al mercantilismo”. Por contra, los textos y autores defendidos en estas páginas buscan al lector exigente y enarbolan la creatividad y calidad en sus propuestas. De Patricia Highsmith a Muñoz Molina, pasando por Carmen Laforet, Miguel Herráez —tal vez el más estudiado en sus distintas obras—, Jöel Dicker, Isabel Barceló, Víctor Colden, Enrique Vaqué, Scott Fitzgerald o éste que aquí escribe —cuya presencia entre tantos y excelentes nombres no sabrá nunca cómo agradecer—. El meandro como curva o disposición de un camino sirve de símil a “la sinuosidad y a la fragmentación” de las propuestas ofrecidas en los escaparates actuales, donde “conviven a un tiempo el relato tradicional junto al vanguardismo rupturista y los fenómenos para multitudes”. Del potencial lector dependerá ese saber elegir, favoreciendo o no un auténtico enriquecimiento personal.

Tras este recorrido inmóvil como lector y crítico de los distintos textos que conforman este libro, solo me queda invitar al potencial lector a sentarse en el jardín simbólico y dejarse hipnotizar por la calidad de esa prosa poética con tanto contenido, ideada por Francisco López Porcal y vertida en este estanque de ámbar.

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