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ENTREVISTA

Covadonga Leyva, pintora: "Las subastas de hoy dañan el arte y al artista"

domingo 31 de diciembre de 2023, 09:54h
Covadonga Leyva ha pasado su vida pintando. Nunca le gustaron los juguetes. De niña solía esconderse para soñar, para pensar en sus cosas sin que nadie la perturbase, como hizo muchas veces en el colegio de monjas donde cursó sus estudios primarios y secundarios. Después de entrar y responder al pasar lista, a menudo hacia “novillos” escondida en un armario mientras imaginaba un mundo de belleza y fantasías. Leyva, pintora minuciosa y exquisita, y artista en el más pleno sentido de la palabra, ha accedido a una entrevista de El Imparcial para hablar de su última obra, dentro del hiperrealismo.

Leyva me recibe en su estudio, un ático en la céntrica calle de El León, en el Madrid más histórico. Lo hace junto con Toy, un perrito callejero que recogió en un albergue. El can me profiere un prolongado ladrido, nervioso y enfadado; parece no querer que nadie se interponga entre su ama y él.

Covadonga Leyva es una mujer bella y sofisticada, con un cuerpo menudo y delgadísimo que luce a las mil maravillas la tenue con la que me recibe: un caftán de terciopelo con un estampado semiabstracto en azul ultramar sobre fondo oscuro y unos palazzo negros bajo los que asoman unos altos botines de raso del mismo color. Alabo su atuendo.

Una vez dentro y acomodadas en la sala, el can Toy parece estar más conforme con mi inesperada intrusión, porque menea la cola y el trasero, aunque no deja de ladrarme. No puedo evitar pasear la mirada por el estudio: las vigas de madera de pino de la estructura del techo, exentas, sin más construcción y en color natural, dejan entrever, encalada y en lo alto, una de las aguas del tejado del edificio. La gama imperante de crudos y distintas alturas de beiges del estudio deja todo el protagonismo a algunas obras que la autora ha querido conservar. Detrás del sofá, en tonos pasteles, uno de sus trabajos a tinta china me deja perpleja: lo que parecen fondos en tonos pastel son en realidad una infinidad de rayitas que ya a poca distancia hacen que la superficie parezca un plano liso.

−Es Rotring, y siempre lo he aplicado a mano alzada −comenta Leyva mientras hace un leve gesto señalando su espalda−, a veces complementando con acuarela y un proceso de envejecimiento a base de té. Desde que empecé como profesional y hasta hace no mucho he trabajado la tinta china. Requiere mucho trabajo, minucioso y de detalle. Siempre he buscado la perfección y eso me ha causado mucha inquietud.

Ahora me encuentro en el sofá perpendicular al de la pintora, disfrutando de un Aperol con soda y unas Lays Gourmet. La luz del ventanal a su espalda acentúa sus labios, sus grandes ojos color miel y sus pestañas realzadas con rímel negro. Toy, con sus manitas, me rasca con fuerza las rodillas.

−Siempre hace eso cuando quiere que lo acaricien.

(Touchée).

Le acaricia el lomo y el perro, tras dar uno o dos respingos, se acomoda a mis pies sobre sus dos patas traseras.

Dejo que las burbujas anaranjadas del cóctel de Aperol lleguen a mi cerebro y aviven mi imaginación mientras repaso mentalmente el resto del estudio que Leyva acaba de mostrarme, visita en la que he podido constatar que le fascinan los espejos -gusto que comparto-; como los que tiene montados en un panel que ocupa una de las paredes de la cocina, bajo marcos cuadrados de latón, superficie sobre la que descansa una refinada mesa antigua lejiada (una sabia combinación de texturas, sin duda).

−Pregunta. ¿Cómo empezó a pintar?

−Respuesta. Mi vocación nació cuando era niña, en la casa de mis abuelos, una propiedad parecida a un Carmen, localizada en Almuñécar, porque yo soy granadina. Desde mi perspectiva de adulta, he comprendido que mi abuelo, Juan Leyva, era una persona singular: era un hombre como los de antes, pero que no dejaba que nadie cortara las flores por él y que se reservaba la tarea de montar los jarrones de la casa. He de reconocer que me crie rodeada de belleza, al menos durante los tres meses de verano que pasaba junto a mis abuelos. Como yo era muy fantasiosa, esas temporadas de estío fueron el caldo de cultivo para mi vocación artística y allí pinté mis primeros óleos.

−P. ¿Y en Madrid era muy diferente?

−R. Completamente. Era una vida de ciudad; en una buena vivienda situada dentro de un bloque de edificios en el barrio de Retiro. Tampoco el Instituto llenó el vacío que había sentido en el colegio. Por fortuna, pronto pude ir a la Academia Peña. Ese fue el escenario de mi universo artístico durante muchos años. El nivel era alto, porque allí se preparaban los jóvenes para entrar en la Academia de Bellas Artes. Había mucha demanda para ingresar en la carrera, de modo que el porcentaje de los que lo conseguían era bajo. Ahora ha cambiado mucho la cosa, pero entonces, en los años ochenta, había que entregar varios trabajos hechos presencialmente en el acto y completamente terminados (carboncillo, óleo, pastel…).

−P. He visto que su obra se sitúa en las antípodas de la abstracción.

−R. Completamente. Quizás se deba a mi exagerado perfeccionismo. La figuración es muy complicada; necesita mucho tiempo. Con el óleo, que es en lo que estoy totalmente centrada en este momento, resulta más fácil: pintar, descartar, pintar encima…; al final, con talento y tiempo, se consigue, pero con la tinta china el más leve error implica empezar de cero.

−P. Su última producción es toda al óleo. ¿Fue la dificultad que me comenta la causante de que se centrara en esta técnica?

−R. En realidad fue que me topé con algunos de los óleos que hice en mi niñez. Entonces decidí plasmar en mi universo en antaño el perfeccionismo de mi presente. Podría decirse que los retratos que ahora presento y que deseo exhibir en una exposición son el resultado de esa combinación.

−P. ¿Cómo consiguió dar el salto de la Academia Peña a la vida profesional?

−R. Pues fue un golpe de suerte. Era una época en la que yo iba al Retiro a pintar. Un buen día Mingote, el empresario que inauguró la discoteca Joy Eslava, vio mi trabajo y le encantó. De ahí salieron muchas colaboraciones. Me animó en varios proyectos, como los retratos que hice de Pérez Llorca y de los presidentes de la Mutua, a tinta china. El resultado de ese trabajo se publicó en un libro titulado Los pilares de Granada, publicado por el Club Urbis.

−P. ¿Cómo calificaría el mercado del arte en la actualidad?

−R. Hoy las subastas fijan el precio de mercado y a menudo dañan el arte y al artista, determinando lo que hay que comprar y poniendo una tasación, en ocasiones, inferior al precio original de la obra; de forma que es imposible competir. Si alguien puede encontrar una pieza de un autor consagrado en una subasta por un precio de ganga, no suele lanzarse a invertir en otros autores menos conocidos.

−P. Su estilo ha sido calificado como hiperrealista, no sé si está de acuerdo…

R. Intento que mis retratos plasmen la psicología de la persona retratada. En ese sentido sí son hiperrealistas, porque van más lejos de la fotografía. Me esfuerzo en conocer un poco a mi “personaje” antes de plasmarlo. Yo lo denomino hiperrealismo simbólico, porque en cada retrato incluyo una o varias pistas sobre la personalidad de mi modelo.

P.¿Qué estilo pictórico o escuela diría que le ha influido más?

R. Durero es mi principal referencia en el retrato. Pero también, por supuesto, las tablas flamencas del siglo XV (del Quattrocento), como Van der Weiden, de quien me impresiona sobre todo El Descendimiento. También me gusta Rembrandt, Leonardo da Vinci y, evidentemente, Caravaggio, por su empleo del contraluz.

−P. Ahora su intención es exponer todo este trabajo. ¿Tiene alguna idea de lo que quiere hacer después?

−R. Aún no lo he pensado porque estoy muy centrada en el trabajo que quiero exponer ahora, pero, sin duda, cualquier nuevo proyecto implicará mucha autoexigencia, porque ésta forma parte de mi personalidad.


En la galería de fotos que acompaña este artículo se muestra el último trabajo de Covadonga Leyva, consistente exclusivamente en retrato al óleo.
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