Mirando por la ventana. Así es como suele pasar uno las horas finales del último día del año. Si la vida fuese como en las películas, nos estaría reservada alguna sorpresa, resuelta en un par de planos y con una iluminación que nos hiciera quedar como estrellas en la cúspide de nuestro talento interpretativo y fotogénico, que llenaría de alegría el cartón piedra que suele ser la realidad la mayor de las veces. Pero acaba siendo más satisfactorio perder un poco de tiempo apoyando la frente en el cristal. ¿Qué son esos minutos, esa media hora? Cantidades nimias en comparación a todo el año que ya se ha ido. Lo que se recoge, sin embargo, es un sutil entramado de comedia y serenidad —como ese grupo de amigos que corea villancicos y su música va deshaciéndose según doblan la esquina—, no descartando el matiz melancólico.
En esos instantes, la habitual vivacidad de las calles es sustituida por una quietud adecuada al atardecer que tiene prisa por ocupar el hueco del mediodía, en igualdad de palidez respecto a la luz. Alguien camina con prisa para ir a los preparativos de la cena después de haberse estado curtiendo el hígado con los colegas. Los intermitentes de un coche alejándose calle abajo como dos teas moribundas. Todo sigue, el mundo va. ¿Y nosotros, y uno? Bueno. Puede tener mayor valía no detenerse en los arqueos personales. Los que muestran los demás en las redes sociales son entretenidos, qué duda cabe. Te llevan a decir cuánto viaja la gente —mucho—, qué buena pareja hacen, cómo ha cambiado éste o aquel. ¿Se cambia de enero a diciembre? Sí y no, según la coraza de cada uno, supongo. Se añaden vivencias, anécdotas, pero cambiar me parece una palabra si no épica, trágica en cualquiera de sus variaciones. Uno deja de cambiar a cierta edad, cada uno en la que le conviene. Después no quedan sino los añadidos de gubia que van perfilando o quitando, y con el serrín caído la opción de regodearse en lo que se ha sido, escarbando en él, amontonándolo, o la de borrar de un soplo lo que no tiene remedio.
Si la calle no nos colma, y los programas de televisión tampoco llaman demasiado ni una película o una serie van a ser pasatiempos que nos saquen de ese particular aturdimiento que tiene el día de San Silvestre, se puede optar por repasar lo que se ha hecho a lo largo de la jornada, con el riesgo de incurrir en lo que se ha hecho a lo largo del año, y vuelta la burra al trigo con esas murrias. En la mañana de uno, lo gracioso estuvo en observar las visitas de una urraca a mi terraza, y a su vez en pensar que uno parece un jubilado prestando atención a estas cosas.
Son una raza de pájaros muy señoritingos. Les importa poco y nada las veces que intentes espantarlos, pues regresan con esa superioridad que los dignifica en su porte. Se posan en la barandilla de piedra, y se pasean con su olé y olé que parece sonarles en la cabeza cuando la echan adelante y atrás según avanzan sus patas. Las plumas negras y blancas les dan esa seguridad de quien se sabe elegante indiferentemente del comentario al respecto. Esta terraza es su gala y por ella han de lucirse. Las muy cabronas picotean las macetas, como sus comparsas mirlos —otros que tal bailan—, y lo dejan todo como si hubiera pasado Atila. Cuando se repite ese vals del yo te espanto y tú vuelves al rato y así seguimos en el undostrés, undostrés, uno entiende que está formando parte de su comedia, de su vacile clásico, en blanco y negro igual que su plumaje.
¿No se parece esa pelea inofensiva a la que podamos librar frente a las expectativas del año que se nos avecina? Convendría no crearse ninguna, ni para este próximo ni para el siguiente. Tampoco resignarse. Uno debería mirar, tan curioso como despejado —y esto en teoría siempre parece más fácil—, lo que nos echen. En el momento decidiremos si merece nuestra importancia, o si es simple condición de lo pasajero y eterno.