El cuervo fue el animal más significativo de la mitología vikinga, dentro de la cual tenían una presencia fundamental, y así, por ejemplo, si volaban alegres y con el pico abierto se entendía que se trataba de un pájaro de buen agüero, pero si permanecían quietos y estáticos, anunciaban una catástrofe. En España el refrán va por otro lado, pero también va: cuando el grajo vuela bajo hace un frío del carajo.
El cuervo fue también un animal de fábula entre los arúspices griegos y romanos, entre los franceses como La Fontaine, o entre los españoles como Samaniego. Pero sobre todo en la mitología escandinava ocupa un papel importantísimo por ir especialmente asociado al dios Odín, Dios de dioses, que -similar al Zeus griego, también Dios de dioses, este último acompañado imperturbablemente por sus musas- aparece siempre flanqueado por dos cuervos, Hugin, el pensamiento, y Munin, la memoria, los cuales ambos salían por la mañana apenas con el sol naciente para regresar a su puesta una vez cumplida su misión de tener perfectamente informado de todo a Odín, del que eran considerados sus ojos y sus oídos.
La función de ser ojos y oídos de Odín es también importantísima en las sectas políticas, pensemos en los carolingios missi dominici (plural de missus dominicus, enviado del señor), igualmente denominados “ojos y oídos del rey”, dos oficiales representantes del poder del rey o del emperador, cuya función era la de supervisar la administración de las regiones del reino o imperio, las cuales recibían una visita regular de dos missi dominici –un conde y un obispo– durante cuatro meses al año. Si lo hasta aquí dicho es conforme a la historia, entonces los políticos fueron y siguen siendo los cuervos peores de todos los córvidos, pues tienen todas las papeletas para que les toque la corvi/lotería, mientras a nosotros los simples súbditos de los imperios no nos taca nunca ni la pedrea, sólo y exclusivamente las pedradas.
Por si fuera poco, las valkirias, valientes guerreras protectoras de Odin, también estaban asociadas a los cuervos pues, bajo su apariencia, descendían del Valhalla para llevarse a los guerreros caídos en combate a vivir una vida llena de lujos en recompensa por las batallas que ellos habían peleado en sus guerras santas, un poco como en el islam. Según las numerosas sagas y leyendas nórdicas, existía también –de forma bastante parecida a lo que ocurría en la República de Platón- un Clan del cuervo, de aquí que algunos guerreros portasen orgullosamente en sus cabezas un tatuaje de semejante animal.
En otras mitologías, de las que se hacen eco Freud, Adler y muchos más, este ave carnívora que es el cuervo va asociada a la costumbre de comer hasta los últimos intersticios los cadáveres empezando por los ojos, lo cual servía y sirve aún para simbolizar la ingratitud de los desagradecidos que pagan con el mal el bien con que se les ha favorecido, de ahí que, a tenor del elevado número de ingratos, este refrán áureo recomendaba ser prudentes al hacer favores.
Si de la mitología genérica córvida descendemos más específicamente a la del cuervo concreto, es decir, hasta la arena olímpica de los políticos, el cuervo grande omnívoro sorprende por su oportunismo en lo referente a su régimen alimentario, ya que como parásito gira infatigablemente en torno a las carroñas. Como todos sabemos, también los políticos -no todos, obviamente- consumen las partes no digeridas de las heces animales y los residuos alimentarios procedentes del hombre. Pocos negarán que la clase política manifiesta también una preferencia especialísima por el disfrute de tal menú en sus congresos y celebraciones, como no podía ser menos.
El cuervo también posee uno de los cerebros más grandes de todas las especies de aves. Entre sus sorprendentes habilidades se encuentra la resolución intuitiva de problemas casi tan complejos como los llevados a cabo por los monos, llegando su liderazgo en este terreno a dirigir sabiamente a otros animales para que trabajen para ellos, por ejemplo, llamando a los lobos y a los coyotes al lugar donde se encuentra cualquier carroña y, una vez cumplida su misión correspondiente por esos cánidos, los cuervos carroñeros introducen sus curvos picos en sus entrañas para extraer con más facilidad el alimento. Dígase si este paralelismo no se encuentra entre la clase política de una forma muy especial.
En su voluntad depredadora, también son habilísimos para observar memorizar y robar los lugares donde otros cuervos ocultan su comida. Los cuervos grandes más rateros son conocidos por robar y ocultar objetos brillantes como guijarros, trozos de metal y pelotas de golf, algo que los biólogos interpretan como una curiosidad neo/fílica, es decir, sentida por las cosas nuevas y brillantes, especialmente por objetos redondos, dada su semejanza con los huevos ajenos. Tampoco en este terreno parece especialmente difícil hallar notables similitudes con los refinados políticos y gobernantes de todas las épocas. Olisquear la presa, robarla y devorarla en solitario, en cualquier paraíso fiscal es también una característica detacada de la mayoría de los políticos, que no conocen en sus propias personas la socialización de los bienes que predican teóricamente cuando llega la época de las elecciones, sino la apropiación misma de lo descoyuntado, cosa, por lo demás, propia de la naturaleza no sólo animal, sino también humana en general.
A diferencia de los cuervos mayores, los cuervos jóvenes son animales lúdicos, hasta el punto de estar entre los más jugadores de todas las especies de aves, hay que verlos deslizarse a lo largo de montones de nieve, al parecer por simple placer, e incluso jugar al ratón y al gato con otras especies como los lobos y los perros. Por si fuera poco, el cuervo es famoso por sus espectaculares acrobacias aéreas, aunque no sé si eso tendrá que ver mucho con la afición al esquí de los políticos en los centros alpinos más postineros. Desde luego, mis ojos (todavía preservados de la avidez de los cuervos, aunque no sé por cuánto tiempo) han visto cuervos y rapaces de alto standing deslizarse sobre la nieve en Andorra como Pedro por su casa.
Poco o nada les falta a estos córvidos especiales en su similitud con los politicastros experimentados. Los cuervos, en efecto, son un prodigio en la simulación y en la poliglosia engañadora gracias a sus gritos característicos como el crascitar, que suena como un rrok-rrok profundo y cavernoso, el toc-toc-toc, el kraa seco y ronco, graznido gutural bajo, así como varios gritos casi musicales y armoniosos que contrastan con lo anterior, algo parecido a las sirenas de Circe que arrastraban a Ulises al fondo del mar con la promesa de hacerle más feliz.
Para que nada falte, los cuervos grandes –como los políticos más populistas, vox populi vox Dei- pueden imitar a la perfección los sonidos de su medio ambiente, incluyendo la voz humana gracias su amplio abanico de vocalizaciones, entre ellas los gritos de alarma, los de vuelo y los de persecución. Y hasta su momentito lírico tienen, pues si desaparece un miembro de la pareja, el compañero reproduce sus gritos reclamando su regreso. Ya digo que el arte la simulación se abre una competencia muy delicada entre el córvido y el político.
Los políticos añaden a esta sinfonía algo más específicamente suyo, a saber, las lágrimas de cocodrilo, que es un animal diferente al cuervo, aunque todo se andará, dada la magnitud de sus voraces fauces.