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RESEÑA

Cadillac Ranch, de Antonio Tocornal: quince relatos escritos en estado de gracia

José Manuel López Marañón
miércoles 03 de enero de 2024, 08:32h
Cadillac Ranch , de Antonio Tocornal: quince relatos escritos en estado de gracia
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Es un placer inaugurar 2024 reseñando Cadillac Ranch, primer libro de cuentos de Antonio Tocornal. Con este autor gaditano, y su magistral novela Malasanta, dieron comienzo en setiembre de 2022 mis colaboraciones para EL IMPARCIAL. Antonio Tocornal, que ha vivido en París y reside en Mallorca, ha cursado estudios de Bellas Artes. Actualmente compagina su actividad como escritor con trabajos de asesoría literaria, edición y corrección de estilo.

La no muy original conclusión de que la literatura es una híbrida expresión del espíritu humano que se encuentra entre la fantasía y la realidad, cobra nuevo matiz con obras tan personalísimas como Cadillac Ranch. Aquí Tocornal se las ha arreglado para revelarnos cómo la realidad que los hombres viven objetivamente (sus actos, sus pensamientos, sus pasiones) y la que viven subjetivamente (exclusivo producto de sus creencias, sus pesadillas o su imaginación) confluyen en un realismo suigéneris, llamémosle «totalizador». Estas quince piezas maestras descubren confundidos, en mayor o menor grado, a sus narradores… pero también a sus propios fantasmas.

Estamos ante una forma de realismo nunca «demasiado realista»: al autor de Bajamares en efecto, con igual interés que lo existente, le tienta el lado invisible, el plano ilógico de la forma y del espíritu, sin el cual no está completa la verdad exterior… Pero tampoco el arte consciente y voluntariamente fantástico ajeno a apoyaturas en el entorno tiene mucho que ver con él. Semejante logro, –la competente mixtura de ambas preferencias–, irradia una luz nítida y sincera, tan extraña ya de apreciar pese a tanto libro y autor. El hálito surrealista en varios relatos de Cadillac Ranch también aporta lo suyo para que Tocornal alcance la cumbre en sus verdades de ficción, tan «ciertas».

Y es que la buena literatura nunca remite solo a ella misma. No es una realidad autosuficiente sino una organización fantaseada, con talento, de la confusión que resulta ser la vida que se vive sin poder tomar distancia ni perspectiva sobre ella. La buena literatura es un orden creado que, pese a su desbarajuste, da sentido, coherencia y cierta seguridad al individuo. Tocornal ha descartado la otra opción, tan recurrente todavía: la de prolongar ad nauseam el paradigma de cuento cerrado con finales efectistas; un efectismo cuya música –aparte de repetitiva– viene sonando a falsa desde hace tiempo.

Hoy, no importa su extensión, la ficción literaria bien trabada se manifiesta ante todo en su naturaleza plural que es, simultáneamente, cosas que antes se creían antinómicas: tradicional y moderna, localista y universal, imaginaria y realista. Otra expresión de logro artístico es su accesibilidad limitada, la facultad de quedar fuera del alcance del sujeto con entendedera corta. O del de esos devoradores de papel que se proveen en hornadas encajadas, con mérito indudable, entre cada centímetro cuadrado de las mesas de las librerías –donde la literatura ni está ni se le espera–. Tal grupo lector, numeroso y desnaturalizado, sólo atiende ya a la anécdota cruda servida a discreción por esa pléyade de eficaces pendolistas, fija en toda feria del libro que se precie.

Integrando a los narradores (mayoritariamente masculinos, solo tres relatos vienen referidos por mujeres) dentro de sus entornos para que, siempre en primera persona, reciban de nuestra parte igual grado de atención, y con un estilo que sabe cerrar la –para tantos insalvable– brecha entre el medio y el modelo, Antonio Tocornal levanta ante nuestros atónitos y entregados ojos otra viga esencial de su inigualable edificio literario.

Cinco relatos se desarrollan entre registros realistas y fantásticos: En «Cadillac Ranch» un español hace la iniciática Route 66. La sucesión de clichés (a la que no resultan ajena gasolineras, moteles y una autoestopista menor de edad que fuma marihuana) es rota por escarabajos con caras humanas que van reventando contra el parabrisas del conductor. «Ayúdeme a salir» presenta la repetida vida de un oficinista, alterada cuando una voz proveniente de un banco le solicita ayuda «para salir de allí». Narrado con inquietante toque fantasmagórico por una mujer «Cuarto cerrado» refiere la existencia de esa habitación a la que, durante generaciones, nadie entró. En «Ya no hay luciérnagas» la voz narradora corresponde a una misma mujer que alterna, según ocupe una de las plantas del dúplex donde reside, dos edades: los quince años y la menopausia. Y «Cundi macundi» es una crónica pesadillesca de otro español, en este caso en un pueblo de República Dominicana, que sueña con ataúdes, conoce lugareños ruinosos y se aloja en decrépitos hoteles. Una ardua disentería da como resultado el carnavalesco desenlace.

Lo fantástico tiene mayor peso en este grupo: «En el paréntesis del mundo» un separado se va a vivir a una covacha que empieza a ensancharse pasando a ser un loft de aceptables dimensiones y, después, una casa que sigue creciendo hasta convertirse en un desierto. «Un pueblo pequeño y pintoresco» relata cómo a su narrador le brota un diminuto pueblo en la palma de una mano. En «Ultramar», decidido a construir una piscina en su chalet, el propietario es convencido para llenarla con agua salada. A ese mar doméstico afecta las variaciones de las mareas y pronto se expande haciendo que el agua se desborde sin límite. Y en «Negros literarios» el autor de este libro –Antonio Tocornal– nos descubre cómo toda su obra (microrrelatos, cuentos y novelas) ha sido en realidad escrita por unos seres muy glotones... El tono humorístico frontal distingue al último relato de Cadillac Ranch.

La modulación realista se siente en la suma más poblada del libro: En «Hanami», tras ejercer la jardinería durante cuarenta años, el narrador se recluye rodeado por cientos de plantas. En «La misión» un representante de productos de ferretería que acude a un congreso de su ramo es confundido con un sicario. «Lo insólito» cuenta cómo, tras asistir a la eutanasia de su gata, su dueño busca convencer a la veterinaria para que proceda con él de igual manera. En «Los cacharritos» recuerdos de una feria, en la que la narradora no pudo ni siquiera rozar al joven del que estaba enamorada, se proyectan a su presente. En «Tal vez un hogar» el consejero delegado de un banco queda encerrado en su automóvil de lujo y sobrevive a base de kebabs y botellas de agua. Y en «Cara de mujer con tres ojos» un pintor de escasa fama aboceta el cuadro de una mujer que tras ser descubierto por su galerista lo convierte en un éxito mundial; obligado a dibujar mujeres con un ojo extra, la millonaria rutina desgasta espiritualmente al artista. «Tal vez un hogar» y «Cara de mujer con tres ojos» son lúcidas parábolas (narraciones simbólicas de las que se extraen enseñanzas morales) sobre el triunfo, tanto laboral como artístico.

Entre muchas virtudes, a Antonio Tocornal debemos sobre todo elogiar por su compromiso a la hora de ordenar una experiencia vivida del mundo y trasladarla, a tumba abierta, a la literatura. En Cadillac Ranch este esfuerzo creador viene resuelto con el ardor y entusiasmo requeridos para mantener durante quince cuentos su imparable estado de gracia.

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