En los primeros días del año, uno quiere buscarse un lugar alejado de la rareza que suponen estos, después de la espumosidad de las Navidades y la carrera espídica que nos damos para llegar al treinta y uno y de nuevo estar en la rutina, sin tiempo para notar si se ha producido algún cambio sustancioso. Salvo honrosas excepciones, no suele pasar, y entonces la búsqueda resulta necesaria.
La brevedad es un aliciente que puede ayudarnos en el cometido. Las grandes novelas, postuladas con fuerza, se descartan. Es el momento de esos libros raros que suelen pasar desapercibidos y no alcanzan su objetivo con el lector a menos que este sea el adecuado, pues son caprichosos en su contenido tanto como en escoger su destinatario. Esto es un rasgo primordial de la poesía, pero como género sigue despertando recelos si no se es asiduo a ella. La solución viene por hallar uno que tenga harinas de uno y otro costal, felizmente inclasificables.
El título, Sueño de un mediodía de verano, ya concede una sensación fantasiosa que nos sitúa fuera de los deberes y propósitos que estas semanas nos mantienen recuperando el ritmo aparcado. Pero también tiene que ver con esa recuperación de los afanes que se nos renuevan por causa de mayor gravedad. El autor, Yannis Ritsos, lo escribió durante su convalecencia en un sanatorio de tuberculosos a finales de los años treinta del siglo pasado. Una vez más, la literatura como necesidad de vía de escape, alargando el brazo para poder tocar lo placentero colocado a insufribles metros de nuestro abatimiento.
Sueño de un mediodía de verano es el libro ideal para quienes gusten de las enumeraciones agropecuarias, para quienes piensen que el campo es el lienzo idóneo en el que regodearseen sus innumerables detalles y repeticiones, que nunca son dos veces iguales. Es deliberadamente surrealista, pero importa tanto como en absoluto si lo meditamos detenidamente, subidos a estos versos —o estos escritos, pues no acierta uno a identificarlos con exactitud, y no debe— como ‘a las alas de las golondrinas’, para después descansar acurrucados ‘en el delantal de la primavera.’ Es deliberadamente naif también, y eso puede sacarnos del juego que se traza en cada página.
Esta obra de Ritsos es como una travesura infantil. Se ruega varias veces que no se desvele lo que se ha estado haciendo, que no se traicione la aventura que ha supuesto una amable desobediencia, prefiriendo los garbeos de los almendros a las orillas del mar en lugar de las monótonas clases que no vuelven sino más tentador el exterior, con los almiares brillando sobre las eras y la hora que huele a sudor y a resina mientras uno se queda admirando un rato más el cielo estrellado, suficientes razones que un adulto no comprenderá.
Fue de este modo la epifanía en Ritsos, que le llevó a escribir, queriendo regresar al paisaje de su infancia, un conciso tributo a lo que pensamos es algo ya idílico y perdido. Como se dice al final de uno de los textos: ‘Ahora pides poder pronunciar con los mismos labios aquellas mismas «gracias» que durante tantos años pediste olvidar.’