El término “ser humano” ha sido borrado de los vocabularios técnicos pasando a denominarse “ser des/humano”, que deja chiquito a lo “in/humano” Nos hemos vuelto supervivientes; antiguamente bastaba con no morir para sobrevivir, ahora hay que supervivir tras luchar a muerte cada día, pues a cada victimación primaria se añade una revictimización secundaria, y a ésta una terciaria. El luto se conjuga en gerundio, convertido en un “estar luteando” permanente, “luteo luego existo”; todos somos un poco el Lute robagallinas de hace casi medio siglo.
Caminar es patear el hormiguero. Cada una de las campañadas (champaña y uvas) del “feliz año nuevo” anuncia las subidas de todos los impuestos, “feliz año peor”. Antes podías acampar a las afueras, ahora gracias a la gentificación se te mete cualquier mochilero en cualquier rincón de tu tienda y la okupa, siendo más difícil aparcar tu soledad en la montaña que un camión de ocho ejes en el centro de la gran ciudad. Las vacaciones, los desplazamientos, los atascos agotan tanto que hacen falta unas vacaciones después de las vacaciones. A la desaparición de los lugareños le ha seguido el pueblerinismo de los abducidos mediáticamente, cámaras de eco, comiquillos, genios íncubos que no cesan. No se sabe qué es peor, si la delincuencia organizada o la delincuencia desorganizada.
Me dice hoy un amigo mexicano cuyo hijo adolescente tiene algunos problemas psicológicos: “yo lo estoy cauchando”. Entiendo que me habla en francés, pues la expresión aller se coucher quiere decir en tal idioma irse a la cama. Lo estoy cauchando, que maravilla de español destrozado, todo sea por la moderna psicología.
El psicólogo Steven Pinker, rara ave, ha mostrado en su obra Racionalidad (2021) que en la Universidad de Harvard y en sus campus el sesgo ideológico se lleva mucho más que la razón y la ciencia, algo especialmente demoledor en las secciones de Humanidades y de Ciencias Sociales donde funcionan los códigos de tribu, la ideología callejera y el empeño por opacar el sentido de la profesión y asfixiar la investigación y el progreso cultural. Un ejemplo patético donde los haya: Claudine Gay, rectora de Harvard, cuya tesis doctoral fue un plagio vergonzoso, respondió ante una comisión parlamentaria sobre la legitimidad del antisemitismo: “eso depende del contexto”. Afortunadamente todas sus necedades la obligaron a dimitir. La racionalidad ha sido sustituida en Humanidades y en Ciencias Sociales en la prestigiosa Harvard por el enfoque deconstructivista, que considera la historia, la ciencia y la razón instrumentos de dominación, en cuyo lugar se prioriza el desagravio a los colectivos identitarios oprimidos: mujeres, no blancos, LGTB, obesos y cuanto quepa imaginar. Su labor evangelizadora se sirve del lenguaje para crear palabras nuevas y desterrar otras consideradas opresoras por su interseccionalidad, es decir, por el fruto de la “combinación de varias opresiones”[1].
Se acabó también el poscolonialismo de la civilización occidental, a la que se debe culpabilizar de la situación sociopolítica del resto del mundo; la alfabetización o la medicina tradicional han venido siendo herramientas imperialistas perversas, por lo tanto volvamos al curanderismo y a la magia.
El sexo biológico es un constructo sociocultural ordenado a la opresión; contra la sociedad falocéntrica construida por y para el macho hay que borrar las categorías de hombre y mujer privando al sexo de identidad biológica, ahora toca hacer de la sexualidad un problema político, pues la Asociación Estadounidense de Psicología considera la masculinidad tradicional como una enfermedad mental. Según la abolición de los límites, cualquiera puede sentirse mujer u hombre, fluidamente. Gracias al poder creador del lenguaje todo puede abolirse[2]. Que el pene conceptual es un constructo social no biológico, sino un artefacto cultural para el dominio patriarcal, bebe de las fuentes ideológicas de filósofos modernos/posmodernos como Derrida, Foucault y seguidores, los santones disfálicos.
De acuerdo con este relativismo lo mismo vale la Sinfónica de Londres que un buen percutor de bongo, todo sea por los colectivos identitarios oprimidos y victimizados y por la transvaloración de todos los valores. Eso sí, a estos imbéciles hijos de papá se la sudan los pobres. Recordemos que un viejo apotegma futbolístico proclama que los delanteros ganan partidos y los defensas campeonatos, así que un buen catenaccio con el autobús delante de la portería nos hará ganar campeonato tras campeonato. Aunque yo no estoy muy seguro de ello, pues si no atacamos la causas reales vamos a perderlo todo, partidos y campeonatos, lo único que haremos será ganar campeonatos mundiales de genocidio.
Y hablando de genocidio. El juez español Pedraza ha renunciado por orden del gobierno socialista a investigar al hijo de Teodoro Obiang, su propio alevín y angelical discípulo, por secuestro y torturas de cuatro opositores guineanos con resultado de muerte de uno de ellos, y cede el caso a Guinea Ecuatorial afirmando que no duda de la “imparcialidad” de la justicia guineana. Parece que el presidente guineano, uno de los dictadores más crueles del mundo de cuyo país yo mismo tuve que salir echando leches tras una conferencia, se ha convertido en árbitro modélico en la impartición de justicia mundial. ¿Por qué alardeó España de haber juzgado al dictador chileno Pinochet y ahora confía en el apostolado de los verdugos de la excolonia española? El triángulo de las Bermudas España-Guinea Ecuatorial-Estados Unidos (ahora íntimos amigos del homicida Teodoro, que en griego significa “regalo de Dios”) genera tales filigranas del derecho internacional. Que a nadie le quepa duda de la “imparcialidad” de la justicia guineana; cuenten con el músculo y el sable de este alférez de complemento.
De lo demás, pues pa qué hablar, arriba el campo. En Tristán nos mostraba Armando Palacio Valdés la figura del paisano Baragán, un sastre, “hombre ilustradísimo”, autor de “unos artículos contra el celibato eclesiástico, que ha cogido afición a la teología y ahora se está documentando a conciencia para escribir un folleto contra Moisés”. En La regenta de Clarín, aquel ateo por antonomasia (“el” ateo) había hecho gala de serlo en una tertulia del Casino, y otro contertulio, con unas copas de más, le increpaba: “eres un teólogo patas arriba, pues sabes que en el mundo civilizado ya nadie habla de Dios, ni para bien ni para mal. La cuestión de si hay Dios o no lo hay no se resuelve, se disuelve. Tú, fanático de la negación, morirás en el seno de la Iglesia, del que nunca debiste salir. Amen dico bobis”.
[1]Cfr. Helen Pluckrose y James Lindsay: Teorías cínicas. Cómo el activismo académico hizo que todo girara en torno a la raza, el género y la identidad, y por qué esto nos perjudica a todos. Alianza Editorial, Madrid, 2019. La teoría crítica de las razas de Claudine Gay se basa en exaltar a las no blancas como forma de desmontar el patriarcado blanco heteronormativo: su cultura y su historia son mejores que “la blanca” y, si no han sobresalido más, ha sido por la opresión racial. Por eso Gay se victimizaba diciendo que su expulsión de Harvard no fue por relativizar el genocidio judío, sino por ser negra y mujer. Lo mismo pasa con la gordura, contra la opresión fascista del cuerpo perfecto. El feminismo gordo impugna la discriminación interseccional “feminista, gorda y bisexual”.
[2] Cfr. Díaz, C: De ilustrados a narcisos. Editorial PPC, Madrid, 2011.