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TRIBUNA

Lengua y nación

Alfonso M. Gañán Calvo
domingo 14 de enero de 2024, 19:49h

Tengo un colega catalán al que aprecio muy especialmente, de los de más de ocho apellidos catalanes y de una inteligencia extraordinaria -un rasgo no demasiado extraordinario en Cataluña-. Mi colega vivió, estudió y trabajó durante los años 90 en USA, donde tuvo dos hijos con su mujer, una catalana al menos tan inteligente como su marido y de aún más apellidos catalanes. Sin embargo -y lo digo sin doble intención- no enseñaron a sus dos hijos el español. Sólo les hablaban en catalán. Recuerdo a aquellas dos criaturas de mirada infantil brillante e inquisitiva, hablando en inglés, su lengua de relación con su entorno social y educativo, mezclado con catalán, su lengua, digamos, materna. Yo le decía a mi colega: ¿no ves que no enseñándoles español a tus hijos les estás limitando cuando queráis volver a España -cosa que hizo hace unos quince años- o peor aún, en su relación con una fracción muy significativa del mundo y la cultura? Pues no, en su mente y en la de su mujer no cabía tal argumento. Para ellos, inglés y catalán eran herramientas más que suficientes para que sus hijos tuvieran mejores oportunidades incluso que el resto de los españoles.

Inteligencia, oportunidad, y éxito conforman un espacio de tres parámetros en el que se mueve y discurre la existencia de cada ser vivo, cada individuo no sólo de nuestra especie. Sin embargo, si existe un mecanismo primario de interconexión neuronal (conectoma) que configura nuestra naturaleza humana y racional, éste es la lengua, nuestra lengua madre. A escala global, no sólo individual, cada lengua es una forma de lenguaje unificado, un sistema capaz de describir y transmitir realidades (físicas o imaginarias) de complejidad arbitraria y de manera codificada entre muchos individuos, mediante la encapsulación o codificación de realidades básicas (palabras) y el establecimiento de las reglas lógicas de su ensamblaje (gramática).

Codificación y unificación son dos realidades que merecen ser consideradas con especial atención.

El primer sistema universal complejo para codificar la realidad que desarrolló la naturaleza fue el código genético, un código constituido por “palabras moleculares” (nucleótidos) formados por un número muy limitado de “letras moleculares” (aminoácidos). Combinadas adecuadamente en largas secuencias o cadenas (polímeros) lineales construyeron un código físico que podía almacenar y trasmitir de generación en generación entre individuos, de forma acumulativa, todo un inmenso relato de historias evolutivas reales de éxito. Dichas historias quedan contenidas en proteínas capaces de realizar con éxito una infinidad de tareas bioquímicas y biomecánicas. Este código permitió la vida, que pudo así abrirse paso entre el caos, del que emergieron las formas más bellas y complejas del Universo. En realidad, la “gramática” que gobierna la generación del código genético es una realidad preexistente a éste: son las leyes de la fisicoquímica, y no son una realidad emergente. Sin embargo, la vida sí que lo es.

Una de las lecciones fundamentales que enseña la emergencia de la vida es que entre todas las “palabras moleculares” y “códigos” bioquímicos rudimentarios que empezaron a desarrollarse en la sopa prístina de los océanos primigenios del planeta Tierra, tales como moléculas complejas derivadas de la química del azufre y polímeros derivados, sólo sobrevivió un código, compartido por cualquier ser con vida: el código del ADN. Este código es generado, curiosamente, a partir de un número muy limitado de aminoácidos: ¡sólo cuatro! (adenina, tiamina, citosina y guanina). Sin embargo, esta aparente limitación contenía el secreto de su éxito: permitía una unificación óptima del lenguaje genético, el código de la vida. Tal fue su éxito que dio lugar a la emergencia de la inteligencia y la autoconsciencia.

El segundo sistema para codificar la realidad y transmitirla entre individuos y generaciones sucesivas la estableció, naturalmente, el Homo Sapiens: el lenguaje. Tal fue el éxito del lenguaje para codificar realidades percibidas que los Sapiens no sólo pudieron comunicarse eficazmente y transmitir esas realidades, sino que además pudieron describir realidades imaginadas o soñadas. Llegaron incluso a saber cómo fabricarlas, en bucles borrosos entre la imaginación y el lenguaje en los que es difícil discernir cuál es el motor del otro, como la poesía, la música, o la filosofía. Pero la máquina unificadora de la Naturaleza para conquistar nuevos dominios de complejidad no podía permanecer estática (¡jamás lo ha hecho!): la emergencia del lenguaje, como elemento diferenciador fundamental del Sapiens frente a los otros Homos con los que convivió durante casi medio millón de años, hizo que el resto del género sucumbiese bajo la presión demográfica y con seguridad violenta de aquél, el único superviviente de género Homo frente a su propio éxito.

Éstas de arriba son lecciones fundamentales en las que la Naturaleza exhibe su carácter inexorable. No se trata de ninguna lección moral, ética ni políticamente correcta; son hechos de categoría u orden superior. Se trata de la conquista de dominios cada vez más amplios y dinámicos de complejidad y orden, a través de la unificación de los mecanismos de éxito en esa conquista, como lo demuestra el código genético.

A partir de la aparición del lenguaje, la evolución se ha hecho independiente del código genético. La modificación sustancial de la biosfera y las capas superficiales del planeta Tierra que ha provocado el Homo Sapiens, con las herramientas que ha desarrollado mediante el lenguaje, así como su capacidad de manipular la Naturaleza hasta el propio código genético, atestiguan su poder. Sin embargo, como instrumento de codificación creado por el Sapiens, el lenguaje ha adoptado una multiplicidad de formas no universales, cada una de ellas capaz de cubrir matices diferenciales, o defender intereses particulares de unas u otras comunidades humanas. En definitiva, el lenguaje también ha reflejado la diferenciación y la división dentro de nuestra propia especie. Una diferenciación que no es emergente, sino muy posiblemente heredada, y por tanto inevitable, de la historia misma de nuestra especie. Entre las dos grandes teorías de desarrollo antropológico existentes, la teoría del entrecruzamiento y la teoría de la sustitución, la evidencia científica otorga cada vez mayor peso a la primera, a pesar de su fuerte carácter polémico, frente a la segunda, de carácter políticamente correcto. Por ejemplo, como resume Harari en “Sapiens”, las razas asiáticas orientales (chinos y coreanos) pudieron ser producto del entrecruzamiento casual del Sapiens y el Erectus, mientras las euroasiáticas pudieron serlo del entrecruzamiento más o menos acentuado del Sapiens con el Neanderthal. Esto necesariamente implicaría que el Sapiens resultante de cada fracción de entrecruzamiento con otras especies del género Homo tendría -y de hecho tiene en la actualidad- matices cognitivos diferenciales que por necesidad conducirían a diferencias sustanciales en las formas de lenguaje, o lenguas, utilizadas entre las diversas comunidades humanas.

Así, es muy posible que las principales diferencias entre las grandes ramas lingüísticas sean indistinguibles, en su origen y dinámica, de las diferencias genotípicas entre comunidades humanas. Los problemas éticos y políticos de esta insoslayable posibilidad, soportada científicamente por el análisis genético de los cada vez más numerosos restos óseos disponibles del género Homo, son más que evidentes. La historia de cada comunidad humana, y de la humanidad en su conjunto, es un relato de grandeza y de odio, como subtituló Varela su obra colosal en referencia a España. Un odio cuyas raíces se hunden en los albores de nuestra especie, cuya evolución cultural ha sido mucho más rápida que la genética. Es evidente que cuando ésta actúa a lo largo del suficiente número de generaciones, produce en los individuos un instinto de autoconfianza y superioridad reflejado en sus características corporales y de comportamiento, como les ocurre a leones, tigres, elefantes o águilas reales, que sólo matan por necesidades alimentarias o en defensa propia (incluyendo la de sus genes individuales). Sin embargo, los Sapiens no han tenido tiempo para que se borren sus terrores atávicos a otros animales de la macrofauna circundante, y que proyectan incluso en los de su misma especie.

La combinación de la inteligencia y el miedo en los Sapiens conduce a matar (o, socialmente, aislar o aislarse) ante la percepción de diferencias, no sólo ante otras especies, sino también entre comunidades o individuos de la misma especie. Aquí incluimos las diferencias de lengua. A escala global, tales rasgos no proveen beneficio alguno intra-especie a largo plazo. De hecho, el acervo cognitivo compartido es suficiente para que el desprecio, el odio y las cadenas de violencia (visible u oculta, mediante el empleo de todo tipo de instrumentos) entre los humanos nunca decaigan. El Medio Oriente es un ejemplo inmediato entre innumerables otros.

La historia reciente, sin embargo, contiene relatos de grandeza que permiten albergar esperanzas de unificación constructiva para el Homo Sapiens. Por ejemplo, existen lenguas, como el italiano, construidas o unificadas en paralelo a la unificación política con la aspiración de construir la comunidad más amplia y estable posible, es decir, una nación estructurada y compleja que provea los márgenes de libertad y seguridad más amplios posibles a cada uno de sus miembros. En esta línea, se puede afirmar sin complejos que el relato de mayor grandeza lo ha protagonizado a escala planetaria España, como nación. La nación española es la primera comunidad de humanos en la Historia documentada del planeta Tierra que, compartiendo una lengua -el español- y desplazándose a otros lugares lejanos donde encontraban otras comunidades, antes de considerar la obliteración de éstas, promovieron el uso del español como instrumento unificado de comunicación, transmisión de conocimiento, integración y estabilización.

Lengua, nación y unificación son realidades íntimamente ligadas. Si un ente racional extraterrestre estudiase la reciente historia de España, se preguntaría cómo es posible que al proponer las reglas de juego – una constitución – para superar un régimen de gobierno deficitario y acceder a otro de mayor integración social, libertad, igualdad, unificación y progreso, sus ponentes no establecieran el español como instrumento único y prioritario de comunicación, a todos los niveles del estado. En realidad, éste es un principio elemental compartido a lo largo de la historia por el resto de naciones, no sólo las democráticas, respecto a su propia lengua. Nuestro extraterrestre contemplaría atónito cómo en España, primer modelo de unificación lingüística universal -en sintonía con el mandato intrínseco de la Naturaleza- se pudo admitir, hace tan sólo 45 años, la preservación y promoción de las diferencias geopolíticas dotándolas del rango de nacionalidades, o incluso promover la inmersión lingüística en lenguas locales. Todo ello sin prever las obvias consecuencias a largo plazo que enseña la historia, y demostrando un insensato desprecio por nuestra propia historia.

Algunos dirán con sorna que afortunadamente no hay -o hay pocos- extraterrestres entre nosotros. Quizá aquéllos celebren la filtración actual del caos – tal como en el Génesis (Gen 11:1-9)- en un Parlamento cuyo principal mandato social y obligación es construir orden a través de leyes concebidas -no ha lugar para la traducción durante ningún proceso creativo- y codificadas en una lengua única. Y quizá se solacen en cómo ese Parlamento infiltrado por el caos, así como el gobierno sustentado por aquél, alteran los cimientos mismos de la lengua y su lógica para interpretar la norma según convenga. Sin embargo, defender en el estado la multiplicidad de lenguas, los matices cognitivos, o los principios relativos o interpretables desafía la lógica de la Naturaleza, y ésta -tarde o temprano, de una u otra forma - impondrá sus leyes inexorables.

Alfonso M. Gañán Calvo

Catedrático de Ingeniería Aeroespacial y Mecánica de Fluidos y Premio Nacional de Investigación. American Physical Society, Fellow

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