La inteligencia artificial se ha convertido en uno de los grandes miedos del siglo XXI, por si tuviéramos pocos, haciendo bueno a Hobbes “el día en que yo nací mi madre dio a luz dos gemelos, yo y el miedo”. De ella nos asusta la magnitud que puede llegar a alcanzar, pues ¿qué será del planeta Tierra cuando ya no esté regido por conciencias humanas, sino suprahumanas?, ¿cómo gestionará su casi omnipotencia?, ¿se convertirá en fin en sí misma? El pesimista responderá que, regido como lo está ahora por inteligencias humanas, este mundo es ya tan inhumano que lo mismo dará lo natural que lo artificial, pero no es posible comparar las inteligencias naturales con la artificial, que jugará en otra liga cuyas reglas de juego gramaticales no estaremos en condiciones de entender, ni quién tomará las decisiones arbitrales para nombrar ganadores. No hay término de comparación, ¡pobre Superhombre!
De todos modos, si el gran tamaño del cerebro de los gorilas contrasta con la estupidez de sus vidas, y al gran tamaño del cerebro de algunos científicos le ocurre a veces lo mismo, entonces los gorilas y los grandes científicos famosos destacan por lo mismo. En este cuadro incluimos también a la inteligencia artificial, la cual, por mucho que cuente con un infinito número de ceros a su derecha, tendrá el mismo valor que un solo cero a la izquierda cuando, habiendo desbancado al humano definitivamente, actúe de forma autónoma. No hay oráculo ni sibila ni augurio que puedan predecirlo.
Pero la inteligencia artificial va de consuno con la abolición del hombre, tan ansiada por la filosofía de mediados del siglo XX. ¿Qué fue lo que activó su valoración de la formicología? Cuando los filósofos parisinos repetían con Lévi-Strauss en El pensamiento salvaje que “hay que emprender la resolución de lo humano en lo no humano estudiando a los hombres como si fueran hormigas, ya que el fin último de las ciencias humanas no es constituir el hombre, sino disolverlo”, comencé a darme cuenta
de que tenía que estudiar psicología para ayudar a los salvajes que piensan como tales. Y, puesto que ya estamos en ello, a trabajar; como diría un castizo: enterao, que aquí va a haber un gran cisco.
Incluso la couchinología o cochinología triunfante entre ejecutivos estresados nos dice que lo que pensamos sobre nosotros mismos va a determinar lo que realmente seamos, y que no seremos lo que somos sino lo que queramos ser, fantástico: como siempre pensé que soy Albert Einstein, lo soy Qué forma tan sencilla de hacer el ridiculum mentis. Ya antes, el Oriente había definido con Patanjali al yoga como la “supresión de los estadios cambiantes de conciencia”, así que, aprovechando la crecida búdica, metamos la cabeza debajo del ala, algo deliciosamente imposible, al menos porque el cuerpo cambia, que se lo pregunten al mío! Una conciencia crionizada, catatónicamente desmayada, descodificada para la vida no despierta en mí inter/és alguno. Suprimir “los estados” de conciencia por un sistema cerrado, como la pescadilla que se muerde la cola, es el futuro. Por mí, que se muerdan la cola otros.
Lo dicho hasta aquí pone de relieve que tras la “muerte de Dios”, la “muerte del hombre”, y su “yo no me encuentro nada bien”, ha llegado a la desesperada el lema “¡la inteligencia ha muerto, viva la inteligencia sin yo!”. ¿Significa eso que también me robarán el yo subconsciente que ni siquiera conozco, y que por eso mismo no forma parte de mi yo con plenitud?, ¿expoliará el yo artificial mi entera razón, arrancará de cuajo mis afectos y mi moral y los superará computacionalmente por algoritmos matemáticos? ¡Amada libertad, siempre presente por su ausencia! Celebro los derechos que las personas dan a los animales no sólo porque sean derechos animales, sino sobre todo porque son deberes que las personas nobles se imponen libremente respecto de ellos.
¿Encontraremos algo de esa nobleza en el universo arácnido de las máquinas suprahumanas que comenzarán su andadura como “hombres de silicio” (¿habrá también mujeres de silicio?) al margen de los derechos humanos? El nazi Hans-Helmut Dietze escribía: “derecho es lo que los hombres arios consideran que es tal, no derecho lo que ellos desaprueban”. Las máquinas no van a molestarse siquiera en construir campos de exterminio ni en hacer jabón con nuestros cabellos, la suya es otra guerra; ni siquiera habrá lugar para la comparación entre nazis y máquinas artificiales inteligentes, sencillamente porque las vidas humanas no tendrán en la memoria de estas últimas el menor hueco para el pasado humano, pues ¿cómo podría interesarles sin mí la inteligencia contra mí? Por lo mismo, cuando la inteligencia artificial por hibridación intrasistémica entre las máquinas mismas exista a mil codos por encima de la humana, perderá todo sentido preguntarse qué será de esta última.
¿Y? ¿Entonces? ¿Qué? Pues yo me veo corriendo desaforadamente por las calles de Salamanca gritando atropelladamente, aunque no sirva para nada, por dignidad: “¡mi yo, mi yo, que me roban mi yo!”. Fervorosamente (fervor proviene de hervor) a su lado, allí estaré junto a don Miguel de Unamuno con todo mi ser debajo de la pancarta, llueva o truene, hasta que me caiga un rayo salido del intonso dedo de Pericles ahora devenido máquina.
En un momento dado Nietzsche hace decir a Zaratustra: “ahora me veo a mí mismo por debajo de mí”, pero entonces será cuando diste de estar en su momento más bajo al tomar conciencia de ello. Sí. Ahora es cuando hace falta gente bien bragada, perdóneseme este adjetivo que no desea suscitar ninguna rebeldía de género. Lo que precisamos es rebeldía de humanidad, aunque para ello tengamos que agarrar unos buenos mazos y derruir todos los nidos de cucaracha, todas las madrigueras, todas las redes de topos, construir barricadas y generar interferencias con nuestra humanidad. Matemos al Megatirano, a las barricadas, a desalambrar, a vivir con honra antes que morir con vilipendio, a llenar con belleza el apoyo mutuo poiético, creativo. Saquemos luego las sillas de paja a las puertas de nuestras casas a la caída de la tarde, que tenemos que hablar de muchas cosas, compañeros del alma, compañeros...