Gonzalo Puente Ojea, como es bien sabido en ciertos círculos culturales, fue un importante diplomático y un intelectual brillante español, todo ello al servicio de la causa atea, como queda bien patente en su libro Apología del ateísmo. No le conocía personalmente hasta aquel programa de Televisión, combate programado a tres bandas entre él, Cristina López Schlichting, y yo mismo. Como no podía ser de otro modo, lo que nos llevaba al ring era el específico tema de “cristianismo, Iglesia católica y sociedad española”, respecto de lo cual era bien conocida la posición del diplomático: “la sociedad española, contra lo que se dice, es todo menos tolerante, empezando por el Gobierno y siguiendo por la Iglesia, y en definitiva, por la población que es presa y víctima de esas actitudes de intolerancia”. Y eso lo decía y escribía siempre rezongando y aburriendo hasta las orejas, pero era un hombre con fondo que, por lo demás, como la mayoría de los intelectuales berrinchudos sedentarios, hacía wind-surf en la bañera olímpica.
Si la diplomacia al uso consistía en el arte de la ocultación y la mentira, a nadie pudo extrañarle la final ruptura poco diplomática del diplomático con el PSOE al que consideraba insuficientemente ateo; a decir verdad Puente Ojea llevaba a cabo una militancia de jabalí propia de temperamentos hidrocálidos. Hasta los mejores poetas se equivocan en estos temas, y así lo hicieron los dos míos favoritos: “naciste para dar dirección a los vientos”, expresó Miguel Hernández en su poema Pasionaria[1], y Antonio Machado escribió “a Líster, jefe en los ejércitos del Ebro: “tu carta, oh noble corazón en vela,/ español indomable, puño fuerte,/ tu carta, heroico Líster, me consuela./ Si mi pluma valiera tu pistola/ de capitán, contento moriría”, ¡Dios mío qué dolor tan grande! Y, ya que estamos hablando de poetas, lo más frecuente es que tampoco su percepción de la política sea demasiado brillante, como así lo recuerdan estas Coplas del renacentista Boscán, que poniendo sensatez a su vida, afirmó de sí mismo “que, según fue su grandeza, queriendo probar mi fuerza, fue probada mi flaqueza”.
El segundo personaje -de quien decir personaja conforme al canon posmoderno no me suena demasiado bien, así que entre ser fiel al género y serlo al sexo, me inclino por este último- subido a la palestra televisiva fue, como decíamos, la periodista Cristina López Schlichting, con quien colaboré durante algún tiempo en su programa como contertulio en Las tardes con Cristina, del cual terminé siendo ferozmente expulsado en pleno programa, con el consiguiente escándalo. Con independencia de aquel avatar, la tesis de la señora era, según me confesó paladinamente antes de subir al plató: “siempre repetir lo mismo, no ceder ante nada”, todo un programa numantino propio de quien habla más de lo que piensa y piensa menos de lo que habla, como si el miedo guardara la viña del Señor. Lo peor de semejante “espíritu dialógico”, además de no ser la primera virtud de una periodista, era su pertenencia a un sector de la Iglesia católica, Comunión y liberación, a decir verdad más escorado hacia la liberación a su modo que hacia la comunión.
No hará falta ser un lumbreras para comprender que aquel encuentro tenía el aspecto de un diálogo para besugos/besugas, en el cual me sentí como pulpo en caharrería, así que digo con Boscán: “porque después de venido,/ aunque es el gusto mayor, deja tan gran sinsabor/ que en saber que es fenecido/ memoria crece el dolor”. De todos modos, recuerdo que a la salida del programa Puente Ojea manifestó su complacencia por mi posición y que a mí la suya también me resultaba interesante para abrir un verdadero debate.
Pero qué difícil es, de verdad dialogar con voluntad de verdad y sin miedo. Obviamente, a todos nos sale lo peor de nosotros mismos (que no es poco) en esos contextos donde llueven palos de ciego, con todos mis respetos para los ciegos. Así que me apresuro a predicar de mí mismo que en aquella ocasión también yo “conocí la enfermedad/ de mi mal conocimiento,/ vi confuso al pensamiento,/ y suelta la voluntad, y atado al entendimiento, vi mi alma como va”.
Eso de buscar alegremente la verdad sin miedo parece casi imposible fuera de los foros ecumenistas, donde el irenismo sustituye al debate, como he comprobado en multitud de ocasiones, y el resultado es más o menos el mismo: miedo a la verdad e hipocresía. No está el mundo para debates de categoría. No es que eche de menos los cementerios de muertos en silencio bien repletos después de la batalla, pero le concedo su lugar a don José de Espronceda en esta cuestión: “de los hombres despreciables escoria,/ venid, doblad la envilecida frente,/ un cadáver no más es vuestra historia”[2]. Me muero sin desfanatizar, por lo cual podría decir con el estilo lingüístico de los renacentistas: yo soy desta mesma condición, indinamente; quédame tan solo estar contento en disconformidad conforme, como niño que no anda, mas anda por andar ya.
La nave espacial Peregrino, que despegó el 8 de enero desde Cabo Cañaveral a una semana de su lanzamiento y tras haber viajado 375.000 kilómetros no consiguió llegar a la Luna y tampoco ha regresado a la Tierra. El aparato se desintegró contra el escudo terrestre por encima de Australia, para no dejar más basura allá arriba. El pobre Peregrino que soy, preparado para el fracaso ¿llegará a la meta, o se evaporará antes?
Desde que supe lo que paso a relatar me resulta difícil quitarme de la cabeza a Salvador Dalí. Recordarán, mis queridos lectores, que el genial pintor tuvo un hermano mayor que falleció a los cinco años de meningitis, y que se llamaba Salvador Dalí. El día que llevaron al nuevo Salvador Dalí a ver la tumba de su hermano fue el más trágico de su vida. Su padre, un hombre con quien Dalí nunca se llevó bien, le dijo que él era la copia de su hermano muerto, lo cual provocó en el pintor durante toda su vida muchas crisis de identidad, llegando a obsesionarse con los bebés fallecidos. En revancha, el Dalí famoso envió a su padre un bote de esperma con un mensaje: “ya no te debo nada”.
Pida cada uno excusas con el renacentista Juan Boscán Almogávar (148-1542) y diga de sí mismo: “muchas veces he probado no quemarme en esta fragua”./“De mi penar me sustento,/mas soy a mí tan cruel,/ que de escaso y avariento/ no oso tener tormento,/ por no tener falta dél” (Mal de amor).
[1] Dolores Ibarruri Gómez Gallarta, Bizkaia, 1895-Madrid, 1989.
[2] Espronceda: Poesías. Editorial Montaner y Simón, Barcelona, 1941, p. 57.