Mientras empezaba a escribir este artículo, al otro lado de la ciudad comenzaban las talas que son fruto de las ocurrentes obras con las que los dirigentes procuran tenernos azuzados, para que no olvidemos que Madrid siempre ha sido, y será, me temo, un lugar sin descanso donde la construcción y la destrucción —la segunda promovida por la primera y viceversa— siguen desconociendo maneras diferentes de añadir y quitar del plano urbano sin que eso suponga un estrepitoso descalabro, como suele ser habitual.
Lamento que la nota política y de absoluto desencanto ciudadano haya sido la introducción a la hora de querer expresar el interés que me ha generado este libro, pero él mismo tiene mucho que ver con esa reescritura del paisaje —desde lo sensitivo— y dota de un significado más personal lo que ya ha sido mil veces mirado, reestructurado, saqueado impunemente, o falsamente protegido por el marbete del Patrimonio Nacional, que en uno de los versos se atreve el poeta a calificarlo de ‘monumental mafia polisinodial.’
Pero Juan de Salas, con el que ha sido su primer libro, no quería limitarse a unas críticas más o menos directas hacia las tropelías de los organismos urbanísticos, que también, sino conseguir mediante sus poemas la recuperación del encanto primigenio que tenían esos emplazamientos para engarzarlos con la experiencia que le han aportado, o imagina o intuye podrían suponer una singularidad a la que demostrar su estima, a pesar de no sorprendernos ya: ‘como desde hace unos años,/ la primavera […] ahí estaba, ahí los vencejos,/ bien,/ cosechemos.’
Los reales sitios, cuyo paseo se abre con una serie de grabados recortables a modo de suvenires de tales caprichos y deseos, prueba de las inclinaciones de su autor por el dibujo y la mirada que prefiere el deleite por la miniatura, son la reivindicación y la clausura del locus amoenus: se exaltan porque consiguen sobrevivirnos gracias a la memoria que poseen, y se cantan por haberlos perdido, se deba esto último a una historia sentimental rota o a las propias arquitecturas que decidieron ser más aparentes, pero menos hospitalarias. ‘En el silencio del granito y de la grava,/ creo que lo que quedaría, que no sé cómo se llamaría/ pero paisaje no, que no sería naturaleza original ni pureza/ porque no habría naturaleza no original, esa cosa,/ verde sin hambre, sólo eso haría justicia a tus ojos/ (aunque tú, mi amor, no estuvieras ahí para verlo).’
Quedan, afortunadamente, enclaves donde el humor, más cínico, más irónico, según el poema, nos salva de los desvaríos arquitectónicos de los que acabamos siendo extensiones, ‘bueyes y urbanistas/ pero nunca arquitectos, nunca’, de los sitios que ya no son conocidos, simplemente mencionados, vueltos de pasada, monolitos que conmemoran la inauguración de una decadencia, como dice en KM 297. Por estas resquebrajaduras, De Salas permite que crezcan los poemas elegíacos, que son lo mejor del libro además de sus Tres cuadros de una zarzuela para irse de la ciudad.
Cuando uno lee poemas como A-5, que termina en la desnuda evidencia del sinsentido que portaban esos días de cierta sumisión amorosa, o el número 12, evocando en uno algunas creaciones de Fernando Ortiz, hablando del intento de grandeza de un gesto frente al irremisible paso del tiempo, o Emilio un verano, donde el hambre —tan presente a lo largo del libro— no consigue perdonar que no fuese dicha toda la verdad, o Villa Jorgito, donde el corazón y el nombre se han secado por la falta de acogida, hasta llegar a Jardín nuevo, culmen de las ausencias, entiende que Los reales sitios no van a ofrecer consuelo alguno salvo que sean tomados como los aciertos y los errores, tan humanos, que solemos cometer, demostrando nuestra insistencia en los apegos y en los espacios donde fueron posibles, del mismo modo en que la pasión y la vida, cuando nos dejan cansados, coinciden en esa sensación de plenitud.
Hacen estos poemas ‘una parcela que sólo tiembla ante el tiempo./ Esperando los nuevos edificios para los próximos amigos./ Esperando la nueva ciudad para los solos de siempre./ Sólo un leve temblor, una impaciencia, pero que no cesa:/ algo en la ciudad crece cuando se va un amigo./ […] pero para entonces nosotros no estaremos/ y nos enterrarán en unos cementerios cada vez más céntricos./ Tendrán que mover más lejos las afueras, amor,/ dices./ Tendrán que mover más lejos las afueras.’
Y uno, entonces, ¿dónde podrá encontrar, dónde podrá inventar, lo que merezca esta presencia en el mundo?